Por las calles oscuras fueron subiendo hasta el alto de la Vela, aquél no era el camino para la aldea de Paz, obligado para el norte que el cura lleva, pero era como si tuvieran que alejarse de los lugares habitados, aunque en todos estos chamizos esté la gente durmiendo, o despertándose ya, son construcciones de fábrica precaria, lo más que hay por aquí son cavadores, gente de mucha fuerza y poco regalo, volveremos a pasar por estos sitios de aquí a unos meses, mejor aún si fueran años, y encontraremos una gran ciudad de tablas, mayor que Mafra, quien viva lo verá, esto y otras cosas, por ahora bastan los toscos aposentos para en ellos descansar sus huesos los fatigados hombres del pico y el azadón, pronto sonarán las cornetas, que también aquí hay tropa, ya no anda muriendo en la guerra, y lo que hace es guardar a estas groseras legiones, o ayudar donde no sufra desdoro el uniforme, en verdad apenas se distinguen los guardas de los guardados, rotos unos, desgarrados los otros. El cielo está ceniciento y perla por el lado del mar, pero sobre las lomas de enfrente se extiende lentamente un color de sangre aguada, después viva y vivísima, y pronto vendrá otro día, oro y azul, que la estación corre hermosa. Blimunda nada ve, tiene los ojos bajos, en el bolsillo el mendrugo que aún no puede comer, Qué querrán de mí.

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