El doctor Leandro de Melo está abrumado al pie del monte, desmedido accidente que se empina más alto que las paredes que aún han de ser, y siendo su oficio sólo corregidor de Torres Vedras, se acoge al amparo del ingeniero de las minas, que por ser andaluz e hiperbólico, habla claro, Aunque fuera la Sierra Morena, yo la arrancaría con mis brazos y la precipitaría al mar*, que traducido viene a ser, Déjenme a mí, que en poco tiempo armo aquí una plaza que va a dejar pálida a la del Rossío de Lisboa. Durante todos estos años, once van ya vencidos, se han sobresaltado los ecos de las quebradas de Mafra con las continuas cargas de pólvora, espaciadamente en los últimos tiempos, sólo cuando un renitente espolón de piedra se interpone en el suelo ya rendido. Un hombre nunca sabe cuándo la guerra acaba. Dice, Mira, se acabó, y de repente no se acabó, vuelve a empezar, y viene diferente, la muy puta, aún ayer eran floreos de espada y son hoy cañonazos, aún ayer se derrumbaban murallas y hoy se desmoronan ciudades, aún ayer se exterminaban países, y hoy se revientan mundos, aún ayer morir era una tragedia y hoy es una banalidad el que se evapore un millón, no va a ser éste el caso de Mafra, donde nunca veremos reunida tanta gente, que si ya era mucha, más, y para quien se había habituado a oír unos cincuenta, cien estampidos por día, resulta ahora el fin del mundo el tremebundo resonar de mil cargas entre el amanecer y la puesta del sol, en rosarios de veinte, con tal violencia tirando tierras y piedras al aire que tenían los trabajadores de la obra que abrigarse tras las paredes o acogerse a la protección de los andamios, e incluso así algunos quedan heridos, por no hablar de aquellas cinco minas que hicieron explosión inesperadamente y destrozaron a tres hombres.