María Bárbara tiene diecisiete años cumplidos, cara de luna llena, picada de viruelas como se dijo, pero es una buena chica, musical al máximo que pueda serlo una princesa, por lo menos no cayeron aquí en saco roto las lecciones de su maestro Domenico Scarlatti, que la seguirá a Madrid, de donde no volverá. La espera un novio que tiene dos años menos que ella, el tal Fernando, que será el sexto del orden real de España y de rey poco más tendrá que el nombre, información apenas de paso dicha, para que no se insinúe que estamos interfiriendo en cuestiones internas del país vecino. Del cual, y queda así excelentemente expuesta la vinculación a la historia de este nuestro, del cual, repetimos, vendrá Mariana Victoria, una chiquilla de once años que, pese a su escasa edad, tiene ya una dolorosa experiencia de la vida, basta decir que estuvo a punto de casarse con Luis XV de Francia y fue por él repudiada, palabra que parece excesiva y nada diplomática, pero qué otra se ha de usar si una criatura, a la tierna edad de cuatro años, va a vivir a la corte francesa a fin de educarse para dicho casamiento, y dos años después es enviada a casa porque de repente le dio la fiebre al prometido, o a los intereses de quien lo orientaba, de tener rápidamente herederos de la corona, necesidad que la pobrecilla, por dificultades fisiológicas, no podría satisfacer hasta transcurridos unos ocho años. Vino devuelta la infeliz, flacucha y delicada, que comía como un pajarito, con el mal inventado pretexto de visitar a los padres, el rey Felipe y la reina Isabel, y se quedó en Madrid, a la espera de que le buscaran novio con menores urgencias, y resultó ser nuestro José, ahora con quince años por cumplir. De los placeres de María Victoria no hay mucho que decir, le gustan las muñecas, adora los confites, nada raro, está en la edad, pero es ya habilísima cazadora y, creciendo, apreciará la música y la lectura. Hay quien gobierna más sabiendo menos.

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