Sietesoles atravesó la Pescadería. Las vendedoras gritaban desbocadas a los compradores, incitándolos, agitaban los brazos cargados de brazaletes de oro, se golpeaban, jurando, el pecho donde se reunían cadenas, cruces, pinjantes, cordones, todo de buen oro brasilero, así como los largos y pesados pendientes o aretes, arracadas ricas que valían la mujer. Pero, en medio de la sucia multitud, parecían milagrosa mente aseadas, como si ni siquiera las tocara el olor del pescado que removían a manos llenas. A la puerta de una taberna que quedaba al lado de la casa de los diamantes, compró Baltasar tres sardinas asadas, que, sobre la indispensable rebanada de pan, soplando y mordisqueando, comió mientras caminaba hasta el Terreiro do Paço. Entró en el matadero que daba a la plaza, regalando la vista ansiosa en las grandes piezas de carne, en los canales de buey y puerco, en los cuartos enteros colgados de ganchos. A sí mismo se prometió un festín de carne cuando el dinero le diera para tanto, no sabía entonces que allí iba a trabajar muy pronto, y que el empleo lo debería, al padrino, sí, pero también al gancho que llevaba en la alforja, tan práctico para tirar de un costillar, para sacar tripas, para arrancar unas capas de grasa. Fuera de la sangre, el lugar es limpio, con las paredes cubiertas de azulejos blancos, y si el de la balanza no engaña en el peso, con otros engaños nadie sale de allí, porque en lo de blandura y salud es muy verdadera la carne.

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