—Veintitrés —dijo ella—. En el último mes se han denunciado los robos de veintitrés camiones refrigerados. Los chicos de tráfico dicen que la mayoría acaban hundidos en canales, incendiados para cobrar el dinero del seguro. Nadie se toma demasiadas molestias para encontrarlos. De forma que nadie los busca, ni piensan hacerlo.

—Bienvenida a Miami.

Deborah suspiró y me quitó la lista de las manos. Se repanchigó en la silla como si se hubiera quedado sin huesos.

—No hay forma humana de seguir el rastro de todos, al menos no yo sola. Me llevaría meses. Maldita sea, Dex. ¿Qué hacemos ahora?

Sacudí la cabeza.

—Lo siento, Deb. Me temo que sólo podemos esperar.

—¿Eso es todo? ¿Esperar?

—Exacto —dije.

Y así fue. Durante dos semanas fue lo único que hicimos. Esperamos.

Y entonces...

Desperté empapado en sudor, sin saber muy bien dónde estaba y absolutamente seguro de que iba a cometerse otro asesinato. En algún lugar, no muy lejos, él buscaba su siguiente víctima, deslizándose por la ciudad como un tiburón entre pececillos. Estaba tan convencido que casi podía oír el crujido de la cinta aislante. Estaba ahí fuera, alimentando a su Oscuro Pasajero, y éste hablaba con el que yo llevaba dentro. Y había estado moviéndome con él en sueños, una rémora fantasmal que dibujaba círculos grandes y lentos.

Me senté en mi cama individual y me zafé del amasijo de sábanas. El reloj de la mesilla indicaba que eran las 03:14. Habían pasado cuatro horas desde que me acosté y me sentía como si hubiera estado surcando la jungla con un piano cargado a la espalda. Estaba sudoroso, entumecido y atontado, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera esa certeza de que algo estaba ocurriendo sin mí.

El sueño se había acabado por esa noche, no cabía duda. Encendí la luz. Tenía las manos húmedas y temblorosas. Me las sequé con la sábana, pero no sirvió de nada. Las sábanas estaban igual de húmedas. Fui al cuarto de baño a lavármelas. Las puse debajo del chorro de agua. El grifo soltaba un chorro cálido, a temperatura ambiente, y por un instante era como si me lavara las manos con sangre y el agua se volvió roja; fue sólo un segundo, en la semipenumbra del cuarto de baño, pero del grifo brotó sangre. Cerré los ojos.

Y el mundo cambió de posición.

Tenía la intención de librarme de este truco fruto de la luz y de mi cerebro somnoliento. Cierra los ojos, ábrelos, y la ilusión se habrá desvanecido y lo que tendré delante será simplemente agua. En su lugar, fue como si al cerrar los ojos hubiera abierto otros en otro mundo.

Había regresado a mi sueño, flotaba como la hoja de un cuchillo sobre las luces del boulevard Biscayne, un vuelo frío y acerado, concentrado en un objetivo y...

Volví a abrir los ojos. El agua era sólo agua.

¿Pero qué era yo?

Sacudí la cabeza con fuerza. Tranquilo, chico; no te hundas, Dexter, por favor. Inspiré profundamente y me miré en el espejo: tenía el aspecto que debía tener. Rasgos cuidadosamente compuestos. Ojos azules serenos y burlones, una perfecta imitación del ser humano. Aparte del pelo, tan revuelto como el de Stan Laurel, no había señal alguna de lo que acababa de pasar por mi cerebro medio dormido y me había sacado del sueño.

Con cuidado volví a cerrar los ojos.

Oscuridad.

Pura y simple oscuridad. Sin vuelos, sin sangre, sin luces de la ciudad. Sólo el bueno de Dexter delante del espejo con los ojos cerrados.

Los abrí de nuevo. Hola, chico, qué alegría verte. ¿Pero dónde diablos te has metido?

Ésa era la pregunta, claro. He pasado la mayor parte de mi vida sin sueños molestos y, por supuesto, sin alucinaciones. No he sufrido visiones del Apocalipsis, ni iconos junguianos rebotados de mi subconsciente, ni recurrentes imágenes misteriosas filtrándose en la historia de mi inconsciente. Nada perturba las noches de Dexter. Cuando me voy a dormir, todo mi ser duerme.

Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Por qué se me aparecían estas imágenes?

Me lavé la cara con vigor y me aplasté el cabello. Esto no respondía a la pregunta, por supuesto, pero me hizo sentir un poco mejor. ¿Cómo podían ir mal las cosas con el pelo debidamente peinado?

Lo cierto era que no lo sabía. Las cosas podían ir muy mal. Podía estar perdiendo el juicio. ¿Y si llevaba años hundiéndome en la locura, y este asesino había sido sólo el último empujón hacia la demencia total? ¿Cómo podía medirse la cordura en alguien como yo?

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