– Transhabitados, más bien. Mirá, esto no va a durar siempre.
– Estúpido -dice Talita besándolo en la oreja-. Esto no va a durar siempre, esto no va a durar siempre… Esto no debería durar ni un minuto más.
– Las amputaciones violentas son malas, después te duele el muñón toda la vida.
– Si querés que te diga la verdad -dice Talita- tengo la impresión de que estamos criando arañas o ciempiés. Las cuidamos, las atendemos, y van creciendo, al principio eran unos bichitos de nada, casi lindos, con tantas patas, y de golpe han crecido, te saltan a la cara. Me parece que también soñé con arañas, me acuerdo vagamente.
– Oílo a Horacio -dice Traveler, poniéndose los pantalones-. A esta hora silba como loco para festejar la partida de Gekrepten. Qué tipo.
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– Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor -había citado por cuarta vez Traveler, templando la guitarra antes de proferir el tango
Don Crespo se interesó por la referencia y Talita subió a buscarle los cinco actos en versión de Astrana Marín. La calle Cachimayo estaba ruidosa al caer la noche pero en el patio de don Crespo, aparte del canario Cien Pesos no se oía más que la voz de Traveler que llegaba a la parte de
– Qué sentimiento -dijo la señora de Gutusso-. Hablan mal del tango, pero no me lo va a comparar con los calipsos y otras porquerías que pasan por la radio. Alcánceme los porotos, don Horacio.
Traveler apoyó la guitarra en una maceta, chupó a fondo el mate y sintió que la noche iba a caerle pesada. Casi hubiera preferido tener que trabajar, o sentirse enfermo, cualquier distracción. Se sirvió una copa de caña y la bebió de un trago, mirando a don Crespo que con los anteojos en la punta de la nariz se internaba desconfiado en los proemios de la tragedia. Vencido, privado de ochenta centavos, Oliveira vino a sentarse cerca y también se tomó una copa.
– El mundo es fabuloso -dijo Traveler en voz baja-. Ahí dentro de un rato será la batalla de Actium, si el viejo aguanta hasta esa parte. Y al lado estas dos locas guerreando por porotos a golpes de siete de velos.
– Son ocupaciones como cualquiera -dijo Oliveira-. ¿Te das cuenta de la palabra? Estar ocupado, tener una ocupación. Me corre frío por la columna, che. Pero mirá, para no ponernos metafísicos te voy a decir que mi ocupación en el circo es una estafa pura. Me estoy ganando esos pesos sin hacer nada.
– Esperó a que debutemos en San Isidro, va a ser más duro. En Villa del Parque teníamos todos los problemas resueltos, sobre todo el de una coima que lo traía preocupado al Dire. Ahora hay que empezar con gente nueva y vas a estar bastante ocupado, ya que te gusta el término.
– No me digas. Qué macana, che, yo en realidad me estaba mandando la parte. ¿Así que va a haber que trabajar?
– Los primeros días, después todo entra en la huella. Decime un poco, ¿vos nunca trabajaste cuando andabas por Europa?
– El mínimo imponible dijo Oliveira-. Era tenedor de libros clandestino. El viejo Trouille, qué personaje para Céline. Algún día te tengo que contar, si es que vale la pena, y no la vale.
– Me gustaría -dijo Traveler.
– Sabés, todo está tan en el aire. Cualquier cosa que te dijera sería como un pedazo del dibujo de la alfombra. Falta el coagulante, por llamarlo de alguna manera: zás, todo se ordena en su justo sitio y te nace un precioso cristal con todas sus facetas. Lo malo -dijo Oliveira mirándose las uñas- es que a lo mejor ya se coaguló y no me di cuenta, me quedé atrás como los viejos que oyen hablar de cibernética y mueven despacito la cabeza pensando en que ya va a ser la hora de la sopa de fideos finos.
El canario Cien Pesos produjo un trino más chirriante que otra cosa.
– En fin -dijo Traveler-. A veces se me ocurre como que no tendrías que haber vuelto.