– No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando.
– Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos.
– Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente.
– Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención. -¿Pero qué buscás con eso, Horacio?
– Derecho de ciudad.
– ¿Aquí?
– Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.
– ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?
– Cantidades heterogéneas -dijo Oliveira-. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siquiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza.
– Vos -dijo Gregorovius, mirando otra vez el suelo escondés el juego.
– Elucidá, hermano, me harás un favor.
– Vos -insistió Gregorovius- tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico.
– Ah -dijo Oliveira-. Los ojos a vos te sirven para algo, parece.
– Exactamente lo contrario -repitió Ossip-, pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico.
– Oh, las explicaciones, vos sabés… Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula?
No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendría que bastarte, montenegrino del carajo.
– Entiendo oscuramente. Entonces vos… No será una vía como el vedanta o algo así, espero.
– No, no.
– ¿Un renunciamiento laico, vamos a decirle así?
– Tampoco. No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un agujerito hay que ir sacando la tierra y tirándola lejos?
– Pero el derecho de ciudad, entonces…
– Exactamente, ahí estás poniendo el dedo. Acordate del dictum:
– ¿Una ambición de tabla rasa y vuelta a empezar, entonces?
– Un poquitito, una nadita de eso, un chorrito apenas, una insignificancia, oh transilvanio adusto, ladrón de mujeres en apuros, hijo de tres necrománticas.
– Vos y los otros… -murmuró Gregorovius, buscando la pipa-. Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales.
– Me honrás con esas calificaciones -dijo Oliveira-. Es la prueba de que vas entendiendo bastante bien.
– Bah, yo prefiero respirar el oxígeno y el hidrógeno en las dosis que manda el Señor. Mis alquimias son mucho menos sutiles que las de ustedes; a mí lo único que me interesa es la piedra filosofal. Una bicoca al lado de tus embudos y tus lavabos y tus sustracciones ontológicas.
– Hacía tanto que no teníamos una buena charla metafísica, ¿eh? Ya no se estila entre amigos, pasa por snob. Ronald, por ejemplo, les tiene horror. Y Etienne no sale del espectro solar. Se está bien aquí con vos.
– En realidad podríamos haber sido amigos -dijo Gregorovius- si hubiera algo de humano en vos. Me sospecho que Lucía te lo debe haber dicho más de una vez.
– Cada cinco minutos exactamente. Hay que ver el jugo que le puede sacar la gente a la palabra humano. Pero la Maga, ¿por qué no se quedó con vos que resplandecés de humanidad?
– Porque no me quiere. Hay de todo en la humanidad.
– Y ahora se va a volver a Montevideo, y va a recaer en esa vida de…
– A lo mejor se fue a Lucca. En cualquier lado va a estar mejor que con vos. Lo mismo que Pola, o yo, o el resto. Perdoná la franqueza.