<p>IV. ABURGUESAMIENTO</p><empty-line></empty-line><p>22. EL PEZ CAZADOR</p>

– ¡Que te has llevado su coche! -exclamó Sean.

– Sólo ordené que lo hicieran -respondió Whitey-. No es lo mismo.

Mientras se alejaban del tráfico de la hora punta de la mañana y se dirigían hacia la rampa de salida de East Buckingham, Sean le preguntó:

– ¿Con qué pretexto?

– Con el de que estaba abandonado -contestó Whitey, silbando alegremente mientras doblaba la esquina de la calle Roseclair.

– ¿Dónde? -preguntó Sean-. ¿Delante de su casa?

– ¡No! -exclamó Whitey-. Encontraron el coche en la alameda de Rome Basin. Por suerte, dicha alameda se encuentra bajo jurisdicción estatal, ¿no es verdad? Según parece, alguien lo robó, fue a dar una vuelta, y luego lo abandonó. Esas cosas pasan muy a menudo, ¿sabes?

Esa mañana, Sean se había despertado de un sueño en el que sostenía a su hija en brazos y había pronunciado su nombre, a pesar de que no lo sabía, y no podía recordar lo que había dicho en el sueño; por lo tanto, aún se sentía un poco confuso.

– Hemos encontrado sangre -declaró Whitey.

– ¿Dónde?

– En el asiento delantero del coche de Boyle.

– ¿Cuánta?

Whitey, separando un poco el dedo pulgar del índice, contestó:

– Un poco, pero hemos encontrado más en el maletero.

– En el maletero -repitió Sean.

– En efecto, ahí hemos encontrado mucha.

– ¿Y bien?

– Pues que está en el laboratorio.

– No -replicó Sean-, lo que te quiero decir es qué pasa si han encontrado sangre en el maletero. A Katie Marcus nunca la pusieron en ningún maletero.

– Sí, claro, eso dificulta las cosas.

– Sargento, le reprenderán por haber examinado el coche.

– No.

– ¿No?

– El coche fue robado y abandonado bajo jurisdicción estatal. Lo hice puramente por motivos del seguro y, además, podría añadir que, para mayor beneficio del propietario…

– Ha llevado a cabo una investigación y ha redactado un informe.

– ¡Qué rápido eres, chico!

Aparcaron delante de la casa de Dave Boyle. Whitey apagó el motor y dijo:

– Tengo suficientes pruebas para llevarlo a comisaría e interrogarlo. En este momento es lo único que quiero.

Sean asintió con la cabeza, a sabiendas que era inútil tratar de discutir con él. Whitey se había convertido en sargento del Departamento de Homicidios a causa de su incansable tenacidad con respecto a sus corazonadas. Uno no tenía más remedio que soportarlas.

– ¿Qué han dicho los de Balística? -preguntó Sean.

– Los resultados también son un tanto extraños -contestó Whitey mientras observaban la casa de Dave desde el coche, ya que el sargento no parecía tener ninguna prisa en salir de allí-. La pistola era una Smith del 38, tal y como nos habíamos imaginado. Era parte del armamento que le robaron a un traficante de armas de New Hampshire en el ochenta y uno. La misma pistola que mató a Katherine Marcus fue utilizada en un atraco que se produjo en una tienda de licores en el ochenta y dos. Aquí mismo en Buckingham.

– ¿En las marismas?

Whitey negó con la cabeza y añadió:

– En Roman Basin, en un lugar llamado Looney Liquors. Lo atracaron dos hombres y ambos llevaban caretas de goma. Entraron por la puerta trasera después de que el propietario cerrara las puertas de delante, y el primer tipo que entró disparó una bala de aviso que atravesó una botella de whisky de centeno y quedó incrustada en la pared. El robo se produjo sin ningún otro altercado, pero recuperaron la bala. Los de Balística han verificado que procedía de la misma pistola que mató a Katie Marcus.

– Eso cambia el rumbo de la investigación, ¿no crees? -insinuó Sean-. En el ochenta y dos Dave tenía diecisiete años y acababa de empezar a trabajar para Raytheon. No creo que por aquel entonces se dedicara a atracar tiendas.

– Eso no implica que la pistola hubiera podido caer en sus manos. ¡Joder, tío, ya sabes con qué facilidad pasa de un lado a otro! -Whitey no parecía tan seguro como la noche anterior-. ¡Vamos a por él! -abrió la puerta del coche de golpe.

Sean salió del coche y ambos se encaminaron hacia la casa de Dave; Whitey manoseaba las esposas que le colgaban de la cadera como si albergara la esperanza de encontrar una excusa para poder usarlas.

Jimmy aparcó el coche y atravesó el aparcamiento de alquitrán descascarillado con una bandeja de cartón repleta de tazas de café y una bolsa de donuts, en dirección al río Mystic. Los coches pasaban a toda velocidad entre las arcadas metálicas del puente Tobin. Katie estaba arrodillada junto a la orilla con Ray Harris, y los dos observaban el río de cerca. Dave Boyle también estaba allí, con la mano tan hinchada que parecía un guante de boxeo. Dave estaba sentado en una tumbona junto a Celeste y Annabeth. Celeste tenía una especie de cremallera en la boca y Annabeth fumaba dos cigarrillos a la vez. Los tres llevaban gafas de sol negras y ninguno miraba a Jimmy. Miraban fijamente la cara inferior del puente, y despedían cierto aire que parecía indicar que preferirían que nadie les molestara y que les dejaran solos en las tumbonas.

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