FRAY LORENZO.-¿Cuándo puede ir la novia a la iglesia?
CAPULETO.-Sí irá, pero para quedarse allí. En vísperas de boda, hijo mío, vino la muerte a llevarse a tu esposa, flor que deshojó inclemente la Parca. Mi yerno y mi heredero es el sepulcro: él se ha desposado con mi hija. Yo moriré también, y él heredará todo lo que poseo.
PARIS.-¡Yo que tanto deseaba ver este día, y ahora es tal vista la que me ofrece!
SEÑORA DE CAPULETO.-¡Infeliz, maldito, aciago día! ¡Hora la más terrible que en su dura peregrinación ha visto el tiempo! ¡Una hija sola! ¡Una hija sola, y la muerte me la lleva! ¡Mi esperanza, mi consuelo, mi ventura!…
AMA.-¡Día aciago y horroroso, el más negro que he visto nunca! ¡El más horrendo que ha visto el mundo! ¡Aciago día!
PARIS.-¡Y yo burlado, herido, descasado, atormentado! ¡Cómo te mofas de mí, cómo me conculcas a tus plantas, fiera muerte! ¡Ella, mi amor, mi vida, muerta ya!
CAPULETO.-¡Y yo despreciado, abatido, muerto! Tiempo cruel, ¿por qué viniste con pasos tan callados a turbar la alegría de nuestra fiesta? ¡Hija mía, que más que mi hija era mi alma! ¡Muerta, muerta, mi encanto, mi tesoro!
FRAY LORENZO.-Callad, que no es la queja remedio del dolor. Antes vos y el cielo poseíais a esa doncella: ahora el cielo solo la posee, y en ello gana la doncella. No pudisteis arrancar vuestra parte a la muerte. El cielo guarda para siempre la suya. ¿No queríais verla honrada y ensalzada? ¿Pues a qué vuestro llanto, cuando Dios la ensalza y encumbra más allá del firmamento? No amáis a vuestra hija tanto como la ama Dios. La mejor esposa no es la que más vive en el mundo, sino la que muere joven y recién casada. Detened vuestras lágrimas. Cubrir su cadáver de romero, y llevadla a la iglesia según costumbre, ataviada con sus mejores galas. La naturaleza nos obliga al dolor, pero la razón se ríe.
CAPULETO.-Los preparativos de una fiesta se convierten en los de un entierro: nuestras alegres músicas en solemne doblar de campanas: el festín en comida funeral: los himnos en trenos: las flores en adornos de ataúd… todo en su contrario.
FRAY LORENZO.-Retiraos, señor, y vos, señora, y vos, conde Paris. Prepárense todos a enterrar este cadáver. Sin duda el cielo está enojado con vosotros. Ved si con paciencia y mansedumbre lográis desarmar su cólera.
MUSICO 1°.-Recojamos los instrumentos, y vámonos.
AMA.-Recogedlos sí, buena gente. Ya veis que el caso no es para música.
MUSICO 1°.-Más alegre podía ser.
PEDRO.-¡Oh, músicos, músicos! “la paz del corazón.” “la paz del corazón.” Tocad por vida mía “la paz del corazón”.
MUSICO 1°.-¿Y por qué “la paz del corazón”?
PEDRO.-¡Oh, músicos! porque mi corazón está tañendo siempre “mi dolorido corazón”. Cantad una canción alegre, para que yo me distraiga.
MUSICO 1°.-No es ésta ocasión de canciones.
PEDRO.-¿Y por qué no?
MÚSICO 1°.-Claro que no.
PEDRO.-Pues entonces yo os voy a dar de veras.
MUSICO 1°.-¿Que nos darás?
PEDRO.-No dinero ciertamente, pues soy un pobre lacayo, pero os daré que sentir.
MUSICO 1°.-¡Vaya con el lacayo!
PEDRO.-Pues el cuchillo del lacayo os marcará cuatro puntos en la cara. ¿Venirme a mí con corchetes y bemoles? Yo es enseñaré la solfa.
MUSICO 1°.-Y vos la notaréis, si queréis enseñárnosla.
MUSICO 2°.-Envainad la daga, y sacad a plaza vuestro ingenio.
PEDRO.-Con mi ingenio más agudo que un puñal os traspasaré, y por ahora envaino la daga. Respondedme finalmente:
MUSICO 1°.-¡Toma! Porque el sonido de la plata es dulce.
PEDRO.-Está bien, ¿y vos, Hugo Rabel, qué decís a esto?
MUSICO 2°.-Yo digo “música argentina”, porque el son de la plata hace tañer a los músicos.
PEDRO.-Tampoco está mal. ¿Y qué dices tú, Jaime Clavija?
MUSICO 3°.-Ciertamente que no sé qué decir.
PEDRO.-Os pido que me perdonéis la pregunta. Verdad es que sois el cantor. Se dice “música argentina” porque a músicos de vuestra calaña nadie los paga con oro, cuando tocan.
MUSICO 1°.-Este hombre es un pícaro.
MUSICO 2°.-Así sea su fin. Vamos allá a aguardar la comitiva fúnebre, y luego a comer.
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Calle de Mantua
(ROMEO y BALTASAR)