– Supongo que podemos empezar -dijo Sara, pensando que un examen interno le proporcionaría un material más concluyente.
– ¿No quieres esperar a Brock?
– Probablemente algo le ha retenido -lo disculpó Sara-. Empecemos, ya haremos una pausa cuando llegue.
Sara puso en marcha el dictáfono y procedió con la autopsia de William Dickson, enumerando los hallazgos habituales, examinando cada órgano y cada fragmento de piel bajo la lupa hasta que estuvo segura de que no podía hacer nada más. A excepción de un hígado adiposo y un reblandecimiento del cerebro debido a la constante ingestión de drogas desde hacía mucho tiempo, no había nada destacable en el muchacho, exceptuando la manera en que había muerto.
Acabó el dictado con la misma conclusión que le había comunicado antes a Jeffrey.
– La muerte se ha debido a la oclusión de las arterias carótidas con hipoxia cerebral.
Apagó el micrófono y se quitó los guantes.
– Nada -resumió Jeffrey:
– Nada -coincidió Sara, poniéndose otro par de guantes. Estaba cosiendo el pecho con un punto normal de pelota de béisbol cuando se oyó el montacargas que había junto a las escaleras.
Carlos se marchó antes de que se abrieran las puertas.
– Hola, señora -dijo Brock, empujando una camilla de acero inoxidable hacia el interior del depósito-. Siento llegar tarde. De pronto aparecieron algunas personas de luto reciente y tuve que atenderlas. Le podría haber dicho a mamá que llamara, pero ya sabéis. -Le sonrió a Jeffrey, a continuación a Sara, incapaz de confesar que no podía confiar en su propia madre-. De todos modos, me figuré que no perderíais el tiempo.
– No pasa nada -le aseguró Sara, acercándose al congelador.
– A éste no me lo llevo -dijo Brock, señalando a Dickson-. Parker está en Madison y los recogerá.
La camilla se enganchó en una baldosa rota y Brock trastabilló.
– ¿Puedo echarte una mano? -le preguntó Jeffrey.
Brock soltó una risita, enderezándose.
– Llevo el carné de conducir y los papeles del coche, jefe -como si Jeffrey le hubiera detenido por saltarse una señal de tráfico. Sara sacó el cuerpo de Andy Rosen y comenzó a ayudar a Brock a moverlo.
– ¿Necesitas la bolsa? -preguntó Brock.
– Tráemela mañana -dijo Sara. Pero enseguida se acordó de Carlos y cambió de opinión-. De hecho, ¿te importaría usar una de las tuyas?
– Soy como los boy scouts -dijo Brock.
Metió la mano bajo la camilla y sacó una bolsa verde oscuro para cadáveres con el emblema de Brock e Hijos impreso a un lado en letras doradas.
Sara tiró de la cremallera mientras colocaba la bolsa sobre la camilla.
– Bonita incisión -observó Brock-. Puedo pegarlo y luego meterle un poco de algodón encima, no hay problema.
– Bien -le contestó Sara, sin saber qué más decir.
– Ayer, cuando estuve aquí, le eché un vistazo sólo para ver cómo le embalsamaría. -Exhaló un suspiro de resignación-. Supongo que puedo utilizar un poco de masilla para remendarle la cabeza. Pero este cabrón goteará como me llamo Brock.
Sara dejó lo que estaba haciendo.
– ¿Goteará? ¿El qué?
Brock le señaló la frente.
– El agujero. Creía que lo habías visto, Sara. Lo siento.
– No -dijo Sara, agarrando la lupa.
Apartó el pelo de Andy Rosen y encontró una pequeña perforación en el cuero cabelludo. El cuerpo llevaba ya muchas horas en decúbito, y la piel había tenido tiempo de contraerse. Ahora el agujero se veía sin lupa.
– No puedo creer que se me pasara por alto -dijo Sara.
– Le examinaste la cabeza -dijo Jeffrey-. Te vi hacerlo.
– Ayer por la noche estaba tan cansada -se disculpó Sara, aunque le pareció una excusa muy pobre-. Maldita sea.
Brock se quedó visiblemente sorprendido por la exclamación. Sara sabía que debía disculparse, pero estaba demasiado enfadada.
La perforación que había en la frente de Andy Rosen era debida, sin duda, a una aguja. Alguien le había puesto una inyección en el cuero cabelludo, con la esperanza de que la pequeña herida quedara oculta por los folículos pilosos. De no habérsela señalado Brock, nunca la hubiera visto.
– Necesito a Carlos. Vamos a volver a tomar muestras de sangre y tejido.
– ¿Le queda sangre? -preguntó Jeffrey.
– Nosotros no… -dijo Brock.
– Claro que queda sangre -le interrumpió Sara. A continuación, para sí misma, añadió-: Quiero extirpar esta zona de alrededor de la frente. ¿Alguien sabe decirme qué más se me ha pasado por alto?
Se quitó las gafas, tan furiosa que se le nubló la vista.
– Maldita sea -repitió-. ¿Cómo se me pudo pasar?
– Yo tampoco lo vi -dijo Jeffrey.
Sara se mordió el labio inferior para no explotar.
– Lo necesito durante al menos otra hora.
– Oh, vale -dijo Brock, ansioso por marcharse-. Llámame cuando acabes.