Se puso los guantes. El cadáver sólo presentaba otra señal: una penetrante puñalada sobre el pecho izquierdo. La hendidura era lo bastante grande para que cupiera la hoja del cuchillo que le había mostrado Jeffrey, pero los bordes no habían sido provocados por una navaja serrada. El atacante de Chuck probablemente le había cortado el cuello y luego le había apuñalado en el pecho. La herida del pecho había sido hecha en ángulo, lo que indicaba que el agresor estaba de pie, a más altura que Chuck, cuando se la hizo.

– ¿No es el mismo sitio donde apuñalaron a Tessa? -preguntó Jeffrey.

Sara no hizo caso de la pregunta.

– ¿Puedes ayudarme a ponerlo de lado?

Jeffrey cogió un par de guantes del dispensador de la pared. Frank se ofreció.

– ¿Queréis que os ayude?

– No -dijo Sara-. Gracias.

Frank se dio unos golpecitos en el pecho, visiblemente aliviado. Sara se dio cuenta de que la piel, de los nudillos tenía cortes y magulladuras. Frank vio que ella se había dado cuenta, y se metió la mano en el bolsillo con una sonrisa de disculpa.

– ¿Lista? -preguntó Jeffrey. Sara asintió, esperando.

Como la cabeza de Chuck estaba prácticamente separada del cuerpo, moverle era una tarea difícil. Para complicar aún más las cosas, el cadáver aún estaba rígido. Las piernas resbalaron hacia el borde de la mesa, y Sara tuvo que reaccionar rápidamente para impedir que el cadáver cayera al suelo.

– Lo siento -se disculpó Jeffrey.

– No pasa nada -dijo Sara, y la cólera que había experimentado hasta ahora desapareció. Señaló la bandeja-. ¿Puedes pasarme el escalpelo?

Jeffrey sabía que eso no era lo habitual.

– ¿Qué estás buscando? -preguntó.

Sara calculó la trayectoria de la hoja antes de hacer una pequeña incisión en la espalda de Chuck, debajo del hombro izquierdo.

– ¿La única arma que encontraste fue el cuchillo? -preguntó Sara para aclarar ese punto, señalando otro instrumento de la bandeja.

– Sí -dijo Jeffrey, entregándole unas pinzas de acero inoxidable.

Sara hundió las pinzas en la herida, hurgando con la punta hasta que encontró lo que buscaba.

– ¿Qué estás haciendo? -quiso saber Jeffrey. Como respuesta, Sara sacó un trozo de metal.

– ¿Qué es esto? -preguntó Frank. Jeffrey parecía mareado.

– La punta del cuchillo -dijo. -Se rompió al chocar contra el omóplato -informó Sara. La perplejidad de Frank era evidente.

– El cuchillo de Lena no estaba roto. -Cogió la bolsa de plástico-. La punta ni siquiera está doblada.

Jeffrey estaba pálido, y su expresión afligida hizo que Sara lamentara todo lo que le había dicho antes.

– ¿Qué demonios está pasando? -preguntó Frank.

– No se trataba del cuchillo de Lena -dijo Jeffrey, la voz ronca por la emoción-. No fue Lena.

<p>14</p>

Lena se despertó sobresaltada, incorporándose con la ayuda de las dos manos. Le dolían las costillas cada vez que respiraba, y la muñeca le palpitaba, a pesar de que se la habían inmovilizado con fibra de vidrio. Se incorporó, miró a su alrededor, en torno a la pequeña celda, e intentó recordar cómo había llegado hasta allí.

– No pasa nada -dijo Jeffrey.

Estaba sentado en el camastro, delante de ella, los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas delante de él. Estaba en el calabozo de la prisión provisional, separada de los que se hallaban a la espera de juicio. La celda era oscura, y la única luz procedía de la cabina de vigilancia que había al final del pasillo. La puerta de la celda estaba abierta, pero Lena no sabía cómo interpretarlo.

– Tienes que tomarte la otra píldora -le dijo Jeffrey. Junto a él, en la cama, había una bandeja metálica con un vaso de plástico y dos píldoras. Jeffrey lo cogió y se lo ofreció como si fuera un camarero-. La pequeña es para que no sientas náuseas.

Lena se llevó las píldoras a la boca y las engulló con un trago de agua fría. Intentó volver a poner el vaso en la bandeja, pero le falló la coordinación y tuvo que hacerlo Jeffrey. El agua se le derramó sobre los pantalones, pero no pareció darse cuenta.

Lena se aclaró la garganta varias veces antes de preguntar:

– ¿Qué hora es?

– Las doce menos cuarto -dijo Jeffrey.

«Quince horas», se dijo Lena. Llevaba quince horas bajo custodia.

– ¿Puedo traerte algo? -preguntó Jeffrey. La luz le dio en la cara cuando se inclinó para dejar la bandeja en el suelo, y Lena vio que apretaba la mandíbula-. ¿Te encuentras bien?

Ella intentó encogerse de hombros, pero los tenía demasiado sensibles. Las partes de su cuerpo que no estaban insensibles le dolían y las sentía agarrotadas. Hasta los párpados le dolían al cerrarlos.

– ¿Cómo va el corte de la mano?

Lena se miró el dedo índice, que le sobresalía de la fibra de vidrio. Se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde que se cortó intentando volver a colocar la parrilla del aire acondicionado. Había transcurrido una eternidad. Ya ni tan sólo era esa persona.

– ¿Fue así como manchaste de sangre el cuchillo? -preguntó Jeffrey, inclinándose de nuevo hacia la luz-. ¿Cuándo te cortaste la mano?

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