Permanecer en la diminuta habitación de cuidados intensivos con Tessa, sintiendo cómo Eddie y Cathy la culpaban aunque no lo hubieran expresado con palabras, había sido excesivo para ella. Incluso Devon evitó hablar con Sara, y se había quedado en un rincón, los ojos muy abiertos ante la impresión por lo ocurrido a su amante y a su hijo. Sara estaba a punto de hacerse añicos, pero no había nadie cerca que pudiera volver a recomponerlos.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, intentando recordar lo último que su hermana le había dicho. En el helicóptero, Tessa se hallaba en estado postictal y no podía comunicarse. La última cosa coherente que comentó había sido en el coche, cuando le dijo a Sara que la quería.

A pesar de que no tenía hambre, Sara mordió el KitKat.

– Buenas noches, señora -dijo un anciano, saludando a Sara con el sombrero al pasar.

Sara se obligó a sonreír, y le observó subir las escaleras. El hombre tendría la edad de Eddie, pero tenía el pelo cano. La piel era traslúcida a la luz artificial de la clínica y, aunque sus pantalones azul oscuro y su camisa azul clara parecían limpios, dejó a su paso un olor a grasa o a aceite lubricante. Podía ser un mecánico o el encargado del mantenimiento del hospital, o a lo mejor tenía a alguien arriba que se agarraba desesperadamente a la vida, igual que Tessa.

Un grupo de médicos se detuvo delante de las puertas de la cafetería; llevaban los pantalones arrugados y las batas manchadas de diversas sustancias. Eran jóvenes, probablemente estudiantes o internos. Tenían los ojos inyectados en sangre, y parecían hastiados, sus rostros reflejaban el hastío que Sara identificaba de su época en el Grady.

Era obvio que esperaban a alguien mientras hablaban entre ellos; sus voces eran un tenue murmullo. Sara miró la chocolatina que tenía en la mano, y sus ojos no llegaron a enfocar la etiqueta, mientras les oía intercambiar chismes del hospital, discutiendo actividades en las que les gustaría involucrarse.

– ¿Sara? -preguntó una voz masculina.

Sara siguió mirando la etiqueta, suponiendo que el hombre se dirigía a otra Sara.

– ¿Sara Linton? -repitió la voz.

Ella alzó los ojos hacia el grupo de internos, preguntándose si alguno de sus pacientes de la Clínica Infantil Heartsdale trabajaba ahora en Emory. Se sintió vieja al observar aquellas caras juveniles hasta que divisó a un hombre mayor, alto, que estaba detrás de ellos.

– ¿Mason? -preguntó, reconociéndole por fin-. ¿Mason James?

– Ése soy yo -dijo, abriéndose paso entre el grupo de internos. Le puso la mano en el hombro-. Me topé con tus padres arriba.

– Oh -fue lo único que se le ocurrió decir a Sara.

– Ahora trabajo aquí. Traumatología pediátrica.

– Exacto.

Sara asintió como si se acordara. Había salido con Mason cuando trabajaba en el Grady, pero desde que se volviera a Grant no había sabido nada el uno del otro.

– Cathy me dijo que habías bajado a comer algo.

Sara le enseñó el KitKat.

Mason soltó una carcajada.

– Veo que tus gustos culinarios no han cambiado.

– Se les había acabado el filet mignon -dijo Sara, y Mason volvió a reír.

– Estás estupenda -dijo Mason, una evidente mentira que su buena educación y sus modales le ayudaron a decir con convicción.

El padre de Mason había sido cardiólogo, y también su abuelo. Sara siempre pensó que el hecho de que Mason se sintiera atraído por ella se debía en parte a que Eddie era fontanero. Mason, educado en un mundo de internados y clubes de campo, no tenía mucho contacto con la clase obrera, aparte de firmar el cheque de su servicio doméstico.

– Esto… cómo… -Sara se esforzó por decir algo-. ¿Cómo te va?

– Estupendamente -dijo-. Me he enterado de lo de Tessa. En urgencias no se habla de otra cosa.

Sara sabía que incluso en un hospital tan grande como el Grady un caso como el de Tessa llamaría la atención. Cualquier hecho violento que afectara a un niño se consideraba mucho más horrible.

– Me pasé a ver cómo estaba. Espero que no te importe.

– No -dijo Sara-. Claro que no.

– Su médico es Beth Tindall -dijo Mason-. Una excelente cirujana.

– Sí -dijo Sara.

Él le sonrió con afecto.

– Tu madre está tan guapa como siempre.

Sara intentó devolverle la sonrisa.

– Estoy seguro de que se ha alegrado de verte.

– Bueno, dadas las circunstancias… -concedió-. ¿Saben quién lo hizo?

Sara negó con la cabeza, estaba a punto de perder la compostura.

– Ni idea.

– Sara -dijo, rozándole el dorso de la mano con los dedos-, lo siento.

Ella apartó la mirada, deseando no llorar. Nadie había intentado consolarla desde que apuñalaran a Tessa. Cuando él la tocó se le puso la piel de gallina, y se sintió una idiota por hallar consuelo en un gesto tan nimio.

Mason percibió el cambio. Le ahuecó la mano en la cara, haciéndole levantar la vista.

– ¿Te encuentras bien?

– Debería volver arriba.

Mason la cogió por el codo y le dijo:

– Vamos.

Ambos echaron a andar por el pasillo.

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