– Mira, no me jodas -le dijo Lena-. Mi vida está demasiado llena de mierda para que venga un memo y me oculte información. -Se controló, sabiendo que Ethan era su mejor opción para recabar datos sobre Andy Rosen-. ¿Tienes algo que contarme o no?

Ethan apretó la boca, pero no contestó.

– De acuerdo -dijo ella, haciendo ademán de marcharse, con la esperanza de que Ethan no viera que se trataba de un farol.

– Esta noche hay una fiesta -cedió Ethan-. Algunos de los amigos de Andy estarán presentes. También el chico en que estoy pensando. Era muy amigo de Andy.

– ¿Dónde está?

Ethan la miraba con aire de superioridad.

– ¿Crees que puedes aparecer así sin más y empezar a hacer preguntas?

– ¿Qué crees que vas a conseguir de mí? -preguntó Lena, porque siempre había algo. ¿Qué quieres?

Ethan se encogió de hombros, pero ella leyó la respuesta en sus labios. Era evidente que ella le atraía, pero también que le gustaba controlarlo todo. Lena podía entrar en el juego; tenía más experiencia que un mocoso de veintitrés años.

Se reclinó en la silla y dijo:

– Dime dónde se celebra la fiesta.

– No hemos empezado bien -replicó Ethan-. Siento lo de la muñeca.

Lena se miró la mano: se le estaba formando un moratón allí donde los dedos habían apretado el hueso.

– No es nada -repuso ella.

– Me tienes miedo.

Lena le miró incrédula.

– ¿Por qué iba a tenerte miedo?

– Porque te he hecho daño -dijo, señalando de nuevo la muñeca-. Vamos, no era mi intención. Lo siento.

– ¿Crees que después de lo que me pasó el año pasado me da miedo que un chaval me agarre la manita? -Soltó una risa desdeñosa-. No me das miedo, capullo.

La expresión de su rostro sacó otra vez a pasear a Jekyll y Hyde, y la mandíbula de Ethan se movió como la pala de un bulldozer.

– ¿Qué? -preguntó Lena, deseosa de saber hasta dónde podía provocarle.

Si intentaba agarrarle la muñeca otra vez, lo patearía y lo dejaría sangrando en el suelo.

– ¿He herido tus pobres sentimientos? -le provocó Lena-. ¿El pequeño Ethie va a echarse a llorar?

Su voz no se alteró.

– Vives en el colegio mayor.

– ¿Me estás amenazando? -Lena se echó a reír-. Sabes dónde vivo, ¿y qué?

– Estaré allí a las ocho y media.

– ¿Estás seguro? -preguntó ella, intentando averiguar adónde quería llegar.

– Te recogeré a las ocho -dijo Ethan, poniéndose en pie-. Iremos a ver una peli y luego a la fiesta.

– Vaya -comenzó a decir ella, como si eso fuera un chiste-. No lo creo.

– Creo que necesitas hablar con el amigo de Andy para quitarte a ese poli de encima.

– ¿Ah, sí? -dijo ella, aunque sabía que era cierto-. ¿Y por qué?

– Los polis son como los perros; tienes que andarte con ojo con ellos. Nunca sabes cuál está rabioso.

– Estupenda metáfora -dijo Lena-. Pero sé cuidar de mí misma.

– De hecho, es un símil. -Se echó la bolsa de gimnasia al hombro-. Péinate con el pelo hacia atrás.

Lena se negó.

– Ni hablar.

– Péinate hacia atrás -le repitió-. Te veré a las ocho.

<p>7</p>

Sara estaba sentada en el vestíbulo principal del Hospital Grady, contemplando el flujo ininterrumpido de gente que entraba y salía por la gran puerta principal. El hospital se había construido hacía cien años, y Atlanta lo había ampliado desde entonces. Lo que comenzó con unas pequeñas instalaciones pensadas para asistir a los indigentes de la ciudad, con un puñado de habitaciones, contenía ahora casi mil camas y preparaba al veinticinco por ciento de médicos de Georgia.

Desde que Sara trabajara allí, se añadieron al edificio principal varias secciones, pero no se había hecho gran cosa para mezclar lo viejo y lo nuevo. El vestíbulo nuevo era enorme, y parecía la entrada a un centro comercial. Había mármol y cristal por todas partes, pero casi todos los pasillos que de él partían estaban forrados de azulejo verde aguacate en las paredes y de un agrietado amarillo en el suelo, que se remontaban a los años cuarenta y cincuenta, de modo que pasar del vestíbulo a cualquier pasillo era como viajar en el tiempo. Sara imaginó que la dirección del hospital se había quedado sin dinero antes de completar la reforma.

En el vestíbulo no había bancos, probablemente para que no los ocuparan los vagabundos, pero Sara tuvo la suerte de conseguir una silla de plástico que alguien había dejado cerca de la entrada. Desde donde estaba sentada, podía ver entrar y salir a la gente a través de las grandes cristaleras. Aun cuando la vista daba a uno de los aparcamientos de varias plantas de la Universidad Estatal de Georgia, era visible el perfil de la ciudad y las nubes oscuras que se deslizaban sobre los tejados como gatos en lo alto de una valla. Algunos estaban sentados en las escaleras de acceso, fumando o charlando, matando el tiempo antes de que empezara el turno o llegara su autobús.

Перейти на страницу:

Похожие книги