Lena se cubrió la cicatriz sangrante de la mano y le dijo a Jeffrey:
– Más vale que tengas una orden.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Jeffrey.
– ¿Dónde está la orden?
– ¿Te ha hecho daño? -inquirió Jeffrey en voz baja.
Lena no contestó. Miraba el edredón limpio, se fijó en que apenas estaba arrugado. La tela era de un color burdeos oscuro, y cualquier mancha se hubiera notado a la legua. Respiró al saber que aquella noche no había pasado nada entre ella y Ethan. Como si lo que ella sabía que había ocurrido no fuera bastante. Lena cruzó los brazos y dijo:
– Salid todos de mi casa. Esto es allanamiento de morada.
– Hemos recibido una llamada -le contestó Jeffrey, y lo dijo como si hubiera venido dispuesto a echar la puerta abajo. Se acercó y miró las fotos que Lena tenía expuestas en el espejo del tocador-. Alboroto doméstico.
Lena sabía que eso era una bola. Su habitación quedaba al extremo del edificio, y su vecino más cercano era un profesor que estaba en un congreso. Aun cuando alguien hubiera telefoneado, Jeffrey no podía haber llegado tan deprisa. Probablemente él y Frank estaban cerca de la residencia y se había servido de la discusión entre Ethan y ella como excusa para derribar la puerta.
– Muy bien -dijo Jeffrey-. ¿Cuál es el problema?
– No sé de qué me hablas -contestó Lena, mirándole fijamente.
– Para empezar, tu ojo. ¿Te ha pegado? -preguntó Jeffrey.
– Me di contra el lavamanos cuando derribaste la puerta. -Se excusó con una irónica sonrisa-. El ruido me asustó.
– Muy bien -dijo Jeffrey. Señaló a Ethan con el pulgar-. ¿Y él?
Lena miró a Ethan, y él le devolvió la mirada por el rabillo del ojo. Lo que había ocurrido entre ellos esa noche era sólo… cosa de ellos dos.
Jeffrey insistió.
– ¿Lena?
– Supongo que se lo hizo Frank al entrar -le dijo, sin responder a la severa mirada que aquél le lanzó.
Antes de que la echaran, habían sido compañeros, y conocía a Frank lo bastante para saber que acababa de destruir esa relación. Había quebrantado el código. Tal como se sentía ahora, casi se alegraba.
Jeffrey abrió uno de los cajones superiores del tocador, echó un vistazo y, a continuación, miró fijamente a Lena. Sabía que observaba su funda tobillera, pero no había ninguna ley que impidiera guardar un cuchillo envainado en el cajón de los calcetines.
– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó Lena cuando Jeffrey cerró el cajón de golpe.
Abrió el siguiente cajón, donde Lena guardaba las bragas, y metió la mano, apartando lo que había. Sacó un tanga de algodón negro que Lena no había llevado en años y le lanzó la misma mirada penetrante antes de dejarlo otra vez en el cajón. Lena sabía que estaba buscando prendas similares a la encontrada en la habitación de Andy, tan seguro como que jamás se volvería a poner ninguna de las prendas que Jeffrey había tocado en aquel cajón.
Lena intentó no levantar la voz al preguntar:
– ¿Para qué has venido?
Jeffrey cerró el cajón con otro golpe.
– Te lo dije ayer. Hemos encontrado pruebas que te relacionan con un crimen.
Ella extendió los brazos, atónita ante su sangre fría.
– Arréstame.
Jeffrey retrocedió, como ella había supuesto que haría.
– Sólo queremos hacerte un par de preguntas, Lena.
Lena negó con la cabeza. Jeffrey no tenía pruebas suficientes para arrestarla, pues, de lo contrario, estaría sentada en el coche patrulla.
– Podemos llevárnoslo a él -dijo Jeffrey, señalando a Ethan.
– Hazlo -le desafió Ethan.
Lena susurró:
– Ethan, cállate.
– Arréstame -le dijo Ethan.
Frank lo aplastó contra la pared. Ethan tragó aire, pero no se quejó.
Jeffrey parecía pasárselo bien. Se acercó a Ethan y le puso los labios en la oreja.
– ¿Qué tal, señor Testigo Ocular? -preguntó.
Ethan forcejeó, pero Jeffrey le sacó la cartera con facilidad. Pasó unas cuantas fotos que había delante y sonrió.
– Ethan Nathaniel White -leyó.
Lena intentó no delatar su sorpresa, pero no pudo evitar que se le separaran los labios.
– Bueno, Ethan -dijo Jeffrey, poniéndole la mano en la nuca y apretándosela-. ¿Qué te parecería pasar la noche en la cárcel? Le susurró algo al oído que Lena no oyó. Ethan se puso tenso, como un animal dispuesto a atacar.
– Basta -le pidió Lena-. Déjale en paz.
Jeffrey agarró a Ethan por el cuello de la camisa y lo arrojó sobre la cama.
– Ponte los zapatos, chico -le ordenó, sacando de una patada sus botas negras de debajo del camastro.
– No tienes ningún cargo contra él -dijo Lena-. Te he dicho que me golpeé con el lavamanos.
– Le llevaremos a comisaría y veremos qué pasa. -Se volvió hacia Frank-. El chaval tiene pinta de culpable, ¿no crees?
Frank soltó una risita.
– No puedes arrestar a alguien por tener pinta de culpable -replicó Lena estúpidamente.
– Ya encontraremos algo para retenerlo.
Jeffrey le guiñó el ojo. Que Lena supiera, Frank nunca se había aprovechado de la ley hasta ese punto. Ahora se daba cuenta de que había ido hasta allí para llevársela a ella, tanto daba quién se entrometiera.
– Suéltale -pidió Lena-. Dentro de media hora empiezo a trabajar. Podemos hablar luego.
– No, Lena -negó Ethan, poniéndose en pie.