Han pasado ya dos meses desde que mi madre falleciera y en esos dos meses he sido incapaz de sentarme frente al ordenador y acabar lo que empezó siendo una carta para ti, Amanda, continuó siendo una especie de diario y, sinceramente, no sé en qué acabará. He escrito sobre muchas otras cosas, he redactado innumerables artículos sobre drogas y adicciones para todo tipo de publicaciones: para revistas femeninas (Elle: «La droga no está de moda») o juveniles (Ragazza: «Cómo y por qué decir no»), para boletines de organizaciones feministas (Emakunde: «Género y drogadicción: Marginación dentro de la marginación»), para gacetas gratuitas de la Comunidad de Madrid (In Juve: «Adolescentes y drogas: Medidas útiles de prevención»), hojas universitarias (Información del Campus: «Éxtasis o ésta no: qué lleva realmente una pastilla») o semanarios de información política (Tiempo: «Droga, el negocio del siglo»)… En fin, he aceptado todos los encargos que me han ido ofreciendo, incluyendo algunos que nada tenían que ver con las drogas (un reportaje para Gentleman sobre comida y sexo, una entrevista para Marie Claire a Laia Marull, una serie de críticas de libros para la revista de Club Cultura, y no te sigo haciendo la relación porque no acabaría nunca). Y cuando empezaba a redactarlos todo fluía con facilidad, los dedos tamborileando ágiles sobre el teclado, haciendo ese ruidito familiar que con probabilidad empezará a sonarte a música conocida porque normalmente cuando trabajo tú estas cerca de mí, en tu cuna, jugando con tu sonajero o mordisqueando tu manojo de llaves de plástico, entonando extrañas cancioncitas de tu invención a gorgorito pelado. Dice la pediatra que puedo estar contenta de que chilles de esa manera, que eso significa que no eres sorda, que estás ensayando las capacidades de tu propia voz, preparándote para hablar. Dice también que eres una niña precoz, aunque eso no hacía falta que me lo dijera: ya lo sabía yo. Es cierto que a veces pensaba que todo era pasión de madre, que quizá yo te viera más lista de lo normal porque eres hija mía y que el hecho de que tú hicieras muchas más cosas de lo que los manuales de pediatría decían que estabas capacitada para hacer podía deberse a que éstos estaban anticuados o a que yo veía donde no había, que exageraba tus capacidades y tus logros llevada por el orgullo o el deseo. Hasta que una tarde bajé a la plaza de Lavapiés a pasearos al perro y a ti, y mientras el bicho corría a su bola yo me senté al sol y llegaron entonces otras dos chicas con sus niños, las dos ecuatorianas, las dos muy jóvenes, mucho más que yo según calculé a primera vista, y se sentaron a mi lado. Una traía dos críos, una niña de dos años y un rorro de seis meses, y la otra sólo uno, un bebé de cinco. Sé la edad porque las madres me lo dijeron, no porque sea fácil calcular por su aspecto la edad. Y comparé. Tú, que acababas de cumplir los cuatro meses, reías cuando yo te hacía morisquetas, agarrabas el manojo de llaves al vuelo si te lo agitaba por delante de las narices, mirabas al perro cuando te lo señalaba y lo seguías con la mirada mientras él correteaba detrás de los otros chuchos, me tirabas del pelo en cuanto tenías oportunidad y subrayabas con enfervorizados grititos cada uno de tus triunfos. Eras activa, en resumidas cuentas, y te interesabas por las cosas y te comunicabas, mientras que los otros dos bebés, mayores que tú, se limitaban a permanecer plácidamente en sus carritos, adormilados al sol como los viejos, y apenas sonreían sino muy de cuando en cuando y después de muchos esfuerzos por parte de sus madres, que tenían que recurrir al halago exagerado, a las cancioncitas entonadas con voz de pito o a las palmas palmitas.

Pues eso, yo tecleo y tú cantas, el ruido de mi teclado acompaña al de tus trinos y ahora hay una música de fondo en la casa que parece jazz experimental, y en todo este tiempo nos hemos acostumbrado la una a la otra, y has estado escuchando este constante teclear que nos da de comer a ti y a mí. Pero este ruido sincopado, esta extraña percusión que acompaña a tus canciones, nada tuvo que ver con esta carta, porque durante dos meses no te he escrito, y eso que si alguna vez hubo una musa interesante, ésa has sido tú, la más linda, la más dulce, la más inspiradora de todas. Pero yo no he podido dedicarte mis palabras, porque la carta que empecé para ti acabó demasiado ligada a la muerte de mi madre. Y ya no podía volver a eso.

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