Yo me monto en su lomo, y el bastardo comienza a relinchar, yo no soy buen jinete, y él sigue, rebufando, relinchando, corre conmigo por el pasillo para abajo, yo sigo agarrándome de sus crines, de sus estribos, de sus colmillos, y cruzando por Texas, New Mexico, Arizona, el muy puerco, puerco, me deja tirada en las dunas del desierto. Yo me levanto con aspavientos, y sin poder respirar.

— Well believe me, if Jabi comes back and tú te montas en su lomo, bueno que te pase por hacerle caso a sus rebudios. You can shrivel up in the Waste Land where he dumped you. Yes, I know your tactics. My house, ah, te quería llevar de mi casa. First, ha, I overstayed my welcome in your house, and now all of a sudden, it’s my house when you want me to rescue you from the desert dunes. The boar breaks into my private property to rape my little pussydog. How did you know it was him? ¿Tenía su cara, su voz o qué?

— Por qué iba a tener su cara. Era un puerco, un verdadero puerco. We’ve called him Jabalí so many times that he became a boar. I don’t even mention his name anymore. Why should I? He is a pig.

–¿Cuál es peor: la muerte del amado o el desdén amoroso?

— Que me dejara — y se quedara vivo. Imperdonable. Que me dejara y se muriera — an improvement. But to leave me cold blooded is to kill me. Si el killer had killed himself as well, it wouldn’t be so bad. Pero no se murió. Siguió vivo, free to kill again.

— La muerte del amado siempre es peor porque all hope of reconciliation is gone.

— Sí, pero el muerto se sublimiza, se pone en un pedestal. Mientras que cuando te dejan, aunque sigues sintiendo el amor, no lo puedes sublimizar. ¿Cómo puede ser que esa persona fuera mi amante? Me engañó. I woke up from one reality into another and became a stranger to myself and to others. Pasaron más de diez años, pasaron. Pasarán más de diez años, pasarán, así que pasen siete años. Pasaron siete y los diez. Y yo me seguía diciendo en voz baja: cuándo volverá Jabalí. Y si alguien hubiera visto detrás de mis ojos, infinitamente repetidas y duplicadas, se repetían las escenas y las mitologías en que mi memoria sacaba de contexto el hecho de que Jabalí me había pegado cuernos. Este verano fui a una exhibición de pinturas. Me asomé por las puertas giradoras, lo vi, estaba ahí, enterito. Mi corazón empezó a palpitar, al ritmo en que se me encendían las mejillas, y una sonrisa se me abría, no, los que se me despegaban, descarnosos, eran mis labios.

— Lo saludo o no lo saludo. Vírale la cara. No le vires la cara. Sí, hazlo.

Pasaron más de diez años, pasaron. Entro por la giradora de cristal y Jabalí me mira, estaba a punto de saludarme como un viejo amigo que se acaba de enterar de la tragedia, serio, compasivo, tenía que demostrar que sentía mucho el pésame de la muerte de mi hermano. Le miré a los ojos, reconociéndolo, y al reconocerlo, le di el virón de cara más virada, un desconocido.

— Como si no existiera, como si no existiera, como si nunca hubiera nacido, ignóralo como hizo su padre. Y como él me hizo a mí.

Se le metió una pajita en el ojo, y parpadeó—tanto amor, tanto tiempo. Movió la lengua, tragó en seco. Sonó la sequedad en el tímpano de mi oreja. Tocaban un bolero. Yo rebufaba y él rebudiaba — un rebudio de Jabalí—leche condensada — y agua que no desemboca. Al acercármele tan cerca y tan cerca, en vez de pegármele, y hablarle, miré a través de la distancia que nos separaba, y tragando en seco, miré de lado, atravesé su cuerpo — la aparición de mis quimeras—él sabía que todavía le quería, pero qué podía hacer ahora que tanto tiempo había pasado, y que tanta mentira me había acuchillado, excepto mirarlo por delante de la distancia y acuchillarlo con el silencio:

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