Soy yo. Órale, cabrón, cómo le va, dijo la voz. Parecía como si viniera de muy lejos, pensó Sergio. ¿Quién es?, preguntó. ¿Ah, chingados, no me reconoce?, preguntó la voz con un dejo de asombro. ¿Klaus Haas?, dijo Sergio. En el otro lado de la línea escuchó una risa y luego una especie de viento metálico, el ruido del desierto y el ruido de las cárceles en la noche. El mismo, cabrón, ya veo que no me ha olvidado. No, no lo he olvidado, dijo Sergio. ¿Cómo podía olvidarlo? Tengo poco tiempo, dijo Haas. Sólo quería decirle que no es verdad esa bola de que yo he pagado a los Bisontes. Mucha galleta tendría que tener para pagar tantas muertes. ¿Galleta?, dijo Sergio. Dinero, dijo Haas.

Soy amigo del Tequila, un bato loco al que llaman así, y el Tequila es hermano de uno de los Bisontes. Pero eso es todo. No hay más, se lo juro por ésta, dijo la voz con acento extranjero.

Cuénteselo a su abogada, dijo Sergio, yo ya no escribo sobre los crímenes de Santa Teresa. Al otro lado Haas se rió. Es lo que todo el mundo me dice. Cuéntelo por aquí, cuéntelo por allá.

Mi abogada ya lo sabe, dijo. Yo no puedo hacer nada por usted, dijo Sergio. Mire por dónde, yo creo que sí, dijo Haas. Luego Sergio volvió a escuchar el ruido de tuberías, rasguños, un viento huracanado que llegaba por rachas. ¿Qué haría yo si estuviera encerrado?, pensó Sergio. ¿Me refugiaría en un rincón, tapado con mi colcha, como un niño? ¿Temblaría? ¿Pediría ayuda, lloraría, intentaría suicidarme? Me quieren hundir, dijo Haas. Aplazan el juicio. Me temen. Me quieren hundir. Luego escuchó el ruido del desierto y algo que le parecieron los pasos de un animal. Todos nos estamos volviendo locos, pensó.

¿Haas? ¿Sigue usted allí? Nadie le contestó.

Tras la detención en enero de la banda de los Bisontes, la ciudad se dio un respiro. El mejor regalo de Reyes, tituló La Voz de Sonora la noticia del apresamiento de los cinco pachucos.

Ciertamente, hubo muertos. Murió apuñalado un ladrón habitual cuyo teatro de operaciones eran las calles del centro, murieron dos tipos vinculados al narcotráfico, murió un criador de perros, pero nadie encontró a ninguna mujer violada y torturada y después asesinada. Eso en el mes de enero. Y en el mes de febrero se repitió lo mismo. Las muertes habituales, sí, las usuales, gente que empezaba festejando y terminaba matándose, muertes que no eran cinematográficas, muertes que pertenecían al folklore pero no a la modernidad: muertes que no asustaban a nadie. El asesino en serie oficialmente estaba entre rejas. Sus imitadores o seguidores o empleados también. La ciudad podía respirar tranquila.

En enero, el corresponsal de un periódico de Buenos Aires, de paso a Los Ángeles, se detuvo tres días en Santa Teresa y escribió una crónica sobre la ciudad y los asesinatos de mujeres.

Intentó visitar a Haas en la cárcel, pero el permiso le fue denegado.

Asistió a una corrida de toros. Estuvo en el burdel Asuntos Internos y se acostó con una puta llamada Rosana. Visitó la discoteca Domino’s y el bar Serafino’s. Conoció a un colega periodista de El Heraldo del Norte y consultó, en el mismo periódico, el dossier sobre mujeres desaparecidas, secuestradas y asesinadas.

El periodista del Heraldo le presentó a un amigo el cual le presentó a otro amigo que decía haber visto una película snuff. El argentino le dijo que él quería verla. El amigo del amigo del periodista le preguntó cuántos dólares estaba dispuesto a pagar. El argentino le dijo que él no daba ni medio mango por una cochinada de esas características, que sólo quería verla por interés profesional y también, tenía que reconocerlo, por curiosidad. El mexicano le dio una cita en una casa de la parte norte de la ciudad. El argentino tenía los ojos verdes y medía un metro noventa y pesaba casi cien kilos. Acudió a la cita y vio la película. El mexicano era chaparro y tirando a gordito y mientras veían la película estuvo muy quieto, sentado en un sofá al lado del argentino, como una señorita. Durante todo lo que duró la película el argentino estuvo esperando el momento en que el mexicano le iba a tocar la pinga. Pero el mexicano no hizo nada, salvo respirar ruidosamente, como si no quisiera perderse ni un centímetro cúbico de oxígeno previamente respirado por el argentino. Cuando la película acabó el argentino le pidió, con buenas maneras, una copia, pero el mexicano no quiso ni oír hablar de eso. Esa noche se fueron a tomar cervezas a un local llamado El Rey del Taco. Mientras bebían el argentino, por un instante, creyó que todos los camareros eran zombis. Le pareció normal. El local era enorme, lleno de murales y pinturas alusivas a la infancia del Rey del Taco y sobre las mesas flotaba un aire denso, de pesadilla detenida.

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