Llevaban, según Pérez Mejía, un año y pocos meses de matrimonio, y nunca se habían peleado. Cuando le fue mostrado el calzoncillo manchado de sangre, Pérez Mejía lo reconoció como suyo, o parecido a uno que tenía, y Juan de Dios Martínez pensó que se derrumbaría. Pero el marido, pese a llorar amargamente tras ver su calzoncillo, lo que a Juan de Dios no dejó de parecerle extraño, pues un calzoncillo no es una foto ni una carta sino sólo eso, un calzoncillo, no se derrumbó. De todas maneras, quedó detenido a la espera de nuevos acontecimientos, los que no tardaron en llegar. Primero apareció un testigo que dijo haber visto a un hombre merodeando en las cercanías de la casa de Aurora Cruz. El merodeador, según este testigo, era un tipo joven con pinta de deportista que tocaba los timbres de las casas y pegaba la cara a las ventanas como si quisiera cerciorarse de que estaban vacías. Al menos eso fue lo que hizo en tres casas, una de ellas la de Aurora Cruz, y luego desapareció. ¿Qué pasó después?, el testigo no lo sabía, pues se había ido a trabajar, no sin antes advertir a su mujer y a la madre de su mujer, que vivía con ellos, la presencia del intruso.

Según la mujer del testigo, poco después de que su marido se marchara ella se pasó un rato delante de la ventana, pero no vio nada. Al cabo de un rato ella también se fue a trabajar y en la casa sólo quedó la suegra, quien, al igual que antes hiciera su yerno y su hija, durante un rato estuvo espiando la calle desde la ventana, sin ver ni notar nada sospechoso, hasta que sus nietos se levantaron y ella tuvo que ocuparse de que desayunaran antes de mandarlos a la escuela. Nadie más en el barrio, por otra parte, vio al merodeador de aspecto deportivo. En la maquiladora donde trabajaba el marido de la víctima varios trabajadores atestiguaron que Rolando Pérez Mejía había llegado como cada mañana, poco antes de que empezara su turno. Según el dictamen del forense, Aurora Cruz había sido violada por los dos conductos. El violador y asesino, según el forense, era una persona de gran energía, un tipo joven, sin duda, y completamente desbocado. Preguntado por Juan de Dios Martínez qué quería decir con desbocado, el forense contestó que la cantidad de semen encontrado en el cuerpo de la víctima y en las sábanas era anormal. Pueden haber sido dos personas, dijo Juan de Dios Martínez. Puede, dijo el forense, aunque para asegurarse ya había enviado muestras a la policía científica de Hermosillo para confirmar, si no el ADN, sí al menos el tipo de sangre del agresor. Por los desgarros anales, el forense se inclinaba a creer que las violaciones por este conducto se produjeron cuando la víctima ya era cadáver. Durante unos días, sintiéndose cada vez más enfermo, Juan de Dios investigó a algunos jóvenes del barrio relacionados con pandillas juveniles.

Una noche tuvo que ir al médico, quien le confirmó que padecía una gripe y le recetó descongestionantes y paciencia. La gripe se le complicó al cabo de unos días con placas bacterianas en la garganta y tuvo que tomar antibióticos. El marido de la víctima estuvo una semana en los calabozos de la comisaría n.o 2 y luego lo pusieron en la calle. Las muestras de semen enviadas a Hermosillo se perdieron, no se sabía muy bien si en el camino de ida o en el de vuelta.

Florita en persona les abrió la puerta. Sergio no esperaba que fuera tan vieja. Florita saludó con un beso a Reinaldo y José Patricio y a él le extendió la mano. Venimos muertos de aburrimiento, oyó que decía Reinaldo. La mano de Florita estaba cuarteada, como si fuera la mano de una persona que pasaba mucho tiempo entre productos químicos. La sala era pequeña, con dos sillones y un aparato de televisión. En las paredes colgaban fotos en blanco y negro. En una de las fotos vio a Reinaldo y a otros hombres, todos sonrientes, vestidos como para salir de picnic, alrededor de Florita: los adeptos de una secta alrededor de su sacerdotisa. Le ofrecieron té o cerveza.

Sergio pidió una cerveza y le preguntó a Florita si era verdad que ella podía ver las muertes ocurridas en Santa Teresa. La Santa parecía cohibida y tardó un poco en contestar. Se arregló el cuello de la blusa y la chaquetita de lana, tal vez demasiado estrecha. Su respuesta fue vaga. Dijo que en ocasiones, como todo hijo de vecino, veía cosas y que las cosas que veía no necesariamente eran visiones sino imaginaciones, cosas que le pasaban por la cabeza, como a todo hijo de vecino, el impuesto que dizque había que pagar por vivir en una sociedad moderna, aunque ella era del parecer de que todo el mundo, viviera donde viviera, podía en determinado momento ver o figurarse cosas, y que ella, en efecto, últimamente sólo se figuraba asesinatos de mujeres. Una charlatana de buen corazón, pensó Sergio.

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