En junio, Klaus Haas convocó mediante llamadas telefónicas una conferencia de prensa en el penal de Santa Teresa a la que asistieron seis periodistas. La conferencia la había desaconsejado su abogada, pero Haas por aquellos días parecía haber perdido el control de los nervios que hasta entonces había exhibido y no quiso escuchar ni un solo argumento en contra de su plan. Tampoco, según su abogada, le reveló a ésta el tema de la conferencia. Sólo le dijo que ahora estaba en posesión de un dato del que antes carecía y que quería hacerlo público. Los periodistas que fueron no esperaban ninguna declaración nueva ni mucho menos algo que iluminara el pozo oscuro en el que se había convertido la aparición regular de muertas en la ciudad o en el extrarradio de la ciudad o en el desierto que circundaba Santa Teresa como un puño de hierro, pero fueron porque al fin y al cabo Haas y las muertas eran su noticia. Los grandes periódicos del DF no mandaron a sus representantes.
En junio, pocos días después de que Haas, telefónicamente, les prometiera a los periodistas una declaración, según sus propias palabras, sensacional, apareció muerta cerca de la carretera a Casas Negras Aurora Ibánez Medel, cuya desaparición había sido reportada hacía un par de semanas por su marido.
Aurora Ibáñez tenía treintaicuatro años y trabajaba en la maquiladora Interzone-Berny, tenía cuatro hijos de edades comprendidas entre los catorce y los tres años y llevaba casada desde los diecisiete años con Jaime Pacheco Pacheco, mecánico, quien en el momento de la desaparición de su mujer estaba desempleado, víctima de una reducción del personal de talleres de la Interzone-Berny. Según el informe forense, la muerte había sido causada por asfixia y en el cuello de la víctima, pese al tiempo transcurrido, aún se apreciaban lesiones típicas de estrangulamiento.
El hioides no estaba roto. Probablemente Aurora había sido violada. El caso lo llevó el judicial Efraín Bustelo, con asesoramiento del judicial Ortiz Rebolledo. Tras hacer algunas averiguaciones en el entorno de la víctima se procedió a arrestar a Jaime Pacheco, quien después de ser sometido a un interrogatorio confesó su crimen. El móvil, dijo Ortiz Rebolledo a la prensa, fueron los celos. No por un hombre en particular, sino por todos los hombres con los que ella hubiera podido cruzarse o por la situación, que era nueva e inaguantable. El pobre Pacheco pensó que su mujer lo iba a dejar. Preguntado por el medio de transporte que utilizó para llevar, engañada, a su mujer hasta más allá del kilómetro treinta de la carretera a Casas Negras, o para deshacerse del cadáver en dicha carretera, en el supuesto de que la hubiera matado en otro lugar, punto sobre el que Pacheco no quiso hablar pese a la dureza del interrogatorio, declaró que un amigo le prestó su carro, un Coyote del año 87, amarillo con dibujos de llamas rojas en los costados, amigo que la policía no encontró o no buscó con la dedicación que el caso ameritaba.
Junto a Haas, mirando al frente, rígida, como si por su cabeza pasaran las imágenes de una violación, estaba su abogada, y alrededor los reporteros de
Los periodistas se lo agradecieron y casi todos se decidieron por una lata, salvo Haas y su abogada, que prefirieron tomar agua. Durante unos minutos nadie dijo nada, ni la más mínima observación, y todos bebieron.