El día de su desaparición, según el viejo que vendía los billetes y el chofer y las pocas personas que viajaban a diario, Hernández lo mismo hubiera podido abordar el autobús como podía no haberlo abordado. Antes de abandonar Sonoita Mary-Sue quiso ver una vez más la casa del periodista. Todo estaba en su sitio, no se veían huellas de violencia, el polvo se acumulaba en los escasos muebles. Mary-Sue le preguntó al sheriff si había encendido el computador de Hernández. El sheriff le contestó que no. Mary-Sue lo encendió y se puso a revisar, más bien al azar, los archivos del periodista y poeta de La Raza de Green Valley. No encontró nada interesante. Una novela iniciada, aparentemente de misterio, escrita en spanglish. Artículos publicados. Semblanzas de la vida diaria de los braceros y de los peones de los ranchos del sur de Arizona. Los artículos sobre Haas, casi todos de carácter sensacionalista. Y poca cosa más.

El diez de diciembre unos empleados del rancho La Perdición informaron a la policía del hallazgo de una osamenta en los terrenos situados en las lindes del rancho, a la altura del kilómetro veinticinco de la carretera a Casas Negras. Al principio creyeron que se trataba de un animal, pero al encontrar la calavera se dieron cuenta de su error. Según el informe forense se trataba de una mujer, y las causas de la muerte, debido al tiempo transcurrido, quedaron sin determinar. A unos tres metros del cuerpo se encontró un pantalón tipo malla y unos tenis.

En total estuve dos noches en Santa Teresa, durmiendo en el Hotel México, y aunque todo el mundo se mostraba dispuesto a consentirme hasta el más mínimo capricho, en realidad no avanzamos nada. El tal Ortiz Rebolledo parecía un coprero. El licenciado José Refugio de las Heras parecía del otro bando.

El subprocurador parecía muy viernes casi llegando a sábado.

Todos incurrieron en mentiras e incongruencias. Por lo pronto, me aseguraron que nadie había denunciado la desaparición de Kelly, cuando fehacientemente yo sabía que su socia lo había hecho. El nombre de Salazar Crespo no salió a relucir ni una sola vez. Nadie me habló de las desapariciones de mujeres, que ya eran de dominio público, ni mucho menos relacionó a Kelly con estos lamentables casos. La noche antes de marcharme llamé a los tres periódicos locales y anuncié que iba a dar una conferencia de prensa en mi hotel. Allí conté el caso de Kelly, que luego salió reproducido en la prensa nacional, y dije que como política y feminista, además de como amiga, no iba a cejar en mi empeño de llegar hasta el descubrimiento de la verdad.

Para mis adentros pensaba: no saben con quién se han metido, bola de cobardes, se van a mear en los pantalones.

Aquella noche, después de dar mi rueda de prensa, me encerré en la habitación del hotel y me dediqué a hacer llamadas. Hablé con dos diputados del PRI, amigos de confianza, que me dijeron que contaba con su apoyo para lo que fuera. Ciertamente no esperaba menos. Luego llamé a la socia de Kelly y le dije que estaba en Santa Teresa. La pobre muchacha, tan fea, tan rematadamente fea, se puso a llorar y, no sé por qué, me dio las gracias. Después llamé a mi casa y pregunté si alguien me había telefoneado durante esos días. Rosita me leyó el parte de las llamadas. Nada fuera de lo corriente. Todo estaba igual que siempre. Intenté dormir, pero no pude. Durante un rato estuve mirando por la ventana los edificios oscuros de la ciudad, los jardines, las avenidas por las que apenas transitaba de vez en cuando un coche último modelo. Di vueltas por la habitación.

Me fije en que había dos espejos. Uno en un extremo y el otro junto a la puerta y que no se reflejaban. Pero si una adoptaba una determinada postura, entonces sí que un espejo aparecía en el azogue del otro. La que no aparecía era yo. Qué curioso, me dije, y durante un rato, mientras me ganaba el sueño, estuve haciendo comprobaciones y ensayando posturas. Así me dieron las cinco de la mañana. A más estudiaba los espejos, más inquieta me sentía. Comprendí que a esa hora era ridículo acostarse.

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