Me di una ducha, me cambié de ropa, preparé la maleta. Cuando dieron las seis bajé a desayunar al restaurante, que a esa hora aún estaba cerrado. Uno de los empleados del hotel, sin embargo, se metió en las cocinas y me preparó mi naranjada y mi ración de café cargado. Traté de comer, pero no pude. A las siete un taxi me llevó al aeropuerto. Al pasar por algunos barrios de la ciudad pensé en Kelly, en lo que Kelly había pensado al contemplar lo mismo que yo contemplaba ahora, y entonces supe que volvería. Lo primero que hice al volver al DF fue ir a ver a un amigo que había trabajado en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y pedirle que me recomendara a un buen detective, un hombre fuera de toda sospecha, un tipo que tuviera lo que hay que tener. Mi amigo me preguntó cuál era el problema. Se lo conté. Me recomendó a Luis Miguel Loya, que había trabajado en la Procuraduría General de la República.

¿Por qué no sigue allí?, le pregunté. Porque gana más en la empresa privada, dijo mi amigo. Yo me quedé pensando que mi amigo no me había contado todo lo que tenía que contarme, ¿porque desde cuándo la empresa privada y la empresa pública son incompatibles en México? Pero me limité a darle las gracias y le hice una visita al tal Loya. Éste, por supuesto, había sido avisado por mi amigo y me esperaba. Loya era un tipo extraño.

Más bien chaparro, pero con pinta de boxeador, sin un gramo de grasa, aunque cuando lo conocí debía tener más de cincuenta años. Buenos modales, bien vestido, la oficina era grande y tenía trabajando para él por lo menos a unas diez personas, entre secretarias y tipos con pinta de matones profesionales. Volví a contarle lo de Kelly, le hablé del banquero Salazar Crespo, de sus tratos con los narcos, de la actitud de las autoridades de Santa Teresa. No me hizo preguntas estúpidas. No tomó notas.

Ni siquiera cuando me preguntó a qué número de teléfono podía llamarme. Supongo que lo estaba grabando todo. Cuando me marché, al darme la mano, me dijo que en tres días tendría noticias suyas. Olía a un aftershave o a una colonia que yo no conocía. Una mezcla de espliego y lavanda, con un ligero aroma de fondo, pero muy ligero, de café de importación. Me acompañó hasta la puerta. Tres días. Cuando me lo dijo me pareció muy poco tiempo. Vivirlos, esperar que transcurran, puede convertirse en una eternidad. Volví, desganada, a mi trabajo.

Al segundo día de espera recibí la visita de un grupo de feministas a quienes mi actitud tras la desaparición de Kelly había parecido digna y congruente en una mujer. Eran tres y, por lo que pude entender, su grupo no era demasiado numeroso. De buena gana las hubiera sacado a patadas de mi oficina, pero probablemente estaba deprimida, sin saber con claridad lo que tenía que hacer, y las invité a quedarse un rato conmigo. Si no hablábamos de política, hasta simpáticas podían resultar. Una de ellas, además, había estudiado en el mismo colegio de monjas en donde estudiamos Kelly y yo, aunque dos cursos por debajo, y teníamos recuerdos comunes. Tomamos té, hablamos de hombres, de nuestros respectivos trabajos, las tres eran profesoras universitarias y dos de ellas estaban divorciadas, me preguntaron por qué no me había casado nunca, yo me reí, porque en el fondo, les confesé, yo soy más feminista que ninguna.

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