No tuvo tiempo de ser un simple capataz: desde el principio tuvo a su mando a decenas de ingenieros y millares de obreros; se convirtió en el ingeniero jefe de unas gigantescas construcciones en las afueras de Moscú. Como es natural, desde el comienzo de la guerra quedó excluido de la movilización y fue evacuado con todo su glavkom* a Alma-Ata, donde dirigió obras aún mayores en el río Ilí. La única diferencia era que ahora quienes estaban a sus órdenes eran presidiarios. La vista de aquellos hombrecillos grises le interesaba entonces muy poco, no le invitaba a recapacitar ni atraía su atención. En su brillante trayectoria lo único importante eran las cifras de cumplimiento del plan, y para ello a Z-v le bastaba con señalar un proyecto, un campo de presos y un maestro de obras. El resto ya lo harían ellos con sus propios medios, ya conseguirían que se cumplieran las cuotas; cuántas horas trabajaban y qué ración recibían eran particularidades en las que él no se metía.

¡Los años de guerra en la profunda retaguardia fueron los mejores años en la vida de Z-v! Ésta es una eterna y universal condición de las guerras: cuanto más dolor se concentra en un polo, más gozo brota por el otro. Z-v no sólo tenía una mandíbula de bulldog, sino también una garra rápida, precisa y práctica. Se acopló rápida y hábilmente al nuevo ritmo económico impuesto por la guerra: todo para la victoria. ¡Zumba y dale, y tras la guerra borrón y cuenta nueva! La única concesión que hizo al esfuerzo de guerra fue renunciar a trajes y corbatas. Se puso de caqui, se hizo unas botas de cabritilla y se agenció una guerrera de general, la misma con la que ahora aparecía ante nosotros. Estaba de moda, de esta manera iba vestido todo el mundo en la retaguardia, así no despertabas la irritación de los inválidos ni las miradas reprobadoras de las mujeres.

De todos modos, las miradas que con más frecuencia le lanzaban las mujeres eran de otro jaez: acudían a él en busca de comida, calor y diversión. El dinero corría a espuertas por sus manos, su cartera para gastos abultaba como un barril, se desprendía de los billetes de a diez como si fueran cópeks y los de mil los soltaba como rublos. Z-v no escatimaba, no ahorraba, no contaba. La única contabilidad que llevaba era la de las mujeres que había catado, y en lista aparte las que él mismo había descorchado. Esa cuenta era su deporte. En la celda nos aseguró que con el arresto se había quedado en doscientas noventa y tantas, que era una lástima que no le hubieran dejado llegar a las trescientas. Eran tiempos de guerra y las mujeres estaban solas, y él, además de poder y dinero, tenía un vigor varonil digno de Rasputin, de modo que quizá se le pudiera creer. Además, se moría de ganas de contarnos todas y cada una de sus proezas, sólo que nosotros no estábamos dispuestos a prestarle oídos. Aunque ningún peligro lo amenazaba por ninguna parte, los últimos años los había pasado asiéndose febrilmente a las mujeres, exprimiéndolas y echándolas a un lado, del mismo modo que se coge un cangrejo del plato, se muerde, se chupa, y a por otro.

¡Estaba tan acostumbrado a la ductilidad de la materia, a trotar firme como un jabalí por los sembrados! (En los momentos de gran excitación corría por la celda igual que un enorme jabalí, capaz de tronchar un roble en estampida.) ¡Estaba tan acostumbrado a codearse con otros jefes, cuando todos son de la casa y no hay asunto al que no se le pueda quitar hierro y echar tierra! Pero olvidó que cuanto mayor es el éxito, mayor es la envidia. Ahora se enteraba, en la instrucción, de que ya en 1936 le habían abierto un expediente por un chiste que contó despreocupadamente en una tertulia de borrachos. Luego fueron filtrándose algunas pequeñas denuncias y también informes de los agentes (a las mujeres había que llevarlas de restaurantes, ¡a la vista de todo el mundo!). Hubo también una denuncia según la cual en 1941 no se había dado ninguna prisa en evacuarse de Moscú, como si esperara a los alemanes (efectivamente, se había demorado, pero, al parecer, fue por un lío de faldas). Z-v siempre se había preocupado especialmente de que sus combinaciones financieras fueran irreprochables, pero olvidó que también existía el Artículo 58. Y pese a todo, este peñasco habría podido estar mucho tiempo sin caerle encima de no ser porque, para darse aires, le denegó a un fiscal unos materiales para construirse una dacha. Fue entonces cuando resucitaron su expediente y, puesto en movimiento, rodó montaña abajo. (Otro ejemplo de que los procesos judiciales empezaban por la codicia de los de azul...)

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