Antes de la guerra, en esta misma prisión de tránsito de Kotlás, el trabajo no era más suave que en los campos. En un día de invierno, seis o siete presos extenuados, enganchados con arreos a un remolque-trineo para tractor (!), debían arrastrarlo doce kilómetros por el Dvina hasta la desembocadura del Vychegda. Se encenagaban, caían en la nieve, se atoraba el trineo. ¡Al parecer, era imposible idear un trabajo más agotador! Pues resulta que no era en esto en lo que consistía el trabajo, sino que se trataba de un ejercicio para desentumecerse. Al llegar a la desembocadura del Vychegda debían cargar en el remolque diez metros cúbicos de leña, y arrastrar el trineo hasta la prisión —¡hogar, dulce hogar!— con el mismo tiro, ni un solo hombre más. (Repin se nos fue y a los nuevos pintores ya no les parece éste un tema pictórico, sería un burdo apunte del natural.) ¡Así que no me hablen de los campos! Antes de llegar a los campos ya habremos estirado la pata. (En estos trabajos hacía de jefe de cuadrilla Kolupayev; y de remonta de caballos, el ingeniero eléctrico Dmitriev, el teniente coronel de intendencia Beliá-yev, nuestro antiguo conocido Vasili Vlásov y otros más que ya no es posible recordar.)
Durante la guerra, en la prisión de tránsito de Arzamás agasajaban a los presos con hojas de remolacha, pero a cambio de ello, el trabajo había tomado carta permanente. Había talleres de costura y de abatanado para la fabricación de botas (trataban la lana en una mezcla de agua caliente y ácidos).
En el verano de 1945, en Krásnaya Presnia nos ofrecíamos voluntarios para el trabajo con tal de salir de aquellas celdas sofocantes y enrarecidas; por gozar del derecho a respirar aire puro el día entero; por poder sentarnos sin prisas ni impedimentos en la plácida cabaña de tablas que servía de retrete (¡vean qué estímulo más eficaz y sin embargo qué pocas veces lo tienen en cuenta!) recalentado por el sol de agosto (eran los días de Potsdam y de Hiroshima), [284]atento al pacífico zumbido de una abeja solitaria; por fin, por el derecho a recibir cien gramos más de pan al acabar la jornada. Nos conducían hasta un muelle en el río Moskva donde se descargaba madera. Debíamos coger los troncos de una pila, arrastrarlos hasta otra y amontonarlos de nuevo. El jornal no compensaba en modo alguno las fuerzas que gastábamos, y sin embargo disfrutábamos con ello.
A menudo hay recuerdos de mis años jóvenes que me hacen enrojecer (años que pasaron en el Gulag). Pero siempre podemos aprender de nuestro pesar. Habían bastado dos años de mimar y mecer sobre mis hombros los galones de oficial para que mi huero costillar se llenara de un ponzoñoso polvo dorado. En aquel muelle de carga fluvial —también un pequeño campo penitenciario, con su zona cercada y sus torres alrededor—, nosotros éramos forasteros de paso, obreros temporeros, y no había conversación ni rumor alguno que pudiera hacernos pensar que fuéramos a permanecer en aquel campo a cumplir condena. No obstante, cuando nos formaron por primera vez y el capataz recorrió la fila buscando con la mirada a los que iban a ser —provisionalmente— jefes de cuadrilla, mi nimio corazón batía como si quisiera saltárseme de aquella camiseta militar de lanilla: ¡A mí! ¡A mí! ¡Escógeme a mí!
No me escogieron. ¿Pero por qué lo deseaba? En realidad, no me habría servido más que para acumular nuevos errores vergonzosos.
¡Oh, qué difícil es deshabituarse al poder! Hay que saberlo comprender.
* * *
Hubo un tiempo en que Krásnaya Presnia era poco menos que la capital del Gulag, en el sentido de que fueras donde fueras era imposible evitarla, lo mismo que Moscú. De la misma manera que, en la Unión Soviética, para ir de Tashkent a Sochi o de Chernigov a Minsk lo más práctico es pasar por Moscú, también los presos eran enviados desde todas partes a través de Krásnaya Presnia. Mi conocimiento de la prisión es precisamente de esa época, cuando el exceso de reclusos sobrecargaba las dependencias y hubo que construir un edificio auxiliar. Moscú sólo la pasaban de largo los trenes con vagones de ganado, que llevaban a los condenados por los servicios de contraespionaje. Estos trenes directos pasaban por el ferrocarril de circunvalación, justamente al lado de Presnia, a la que quizás enviaban saludos con sus silbatos.