Aquellos dos años habían fortalecido muchísimo su lealtad a Occidente. Ahora tenía una fe ciega en Occidente, no quería reconocer sus debilidades, consideraba invencibles los ejércitos occidentales, e infalibles a sus políticos. No quiso creernos cuando le contamos que, durante su reclusión, Stalin se había atrevido a bloquear Berlín y que Occidente le había dejado salirse con la suya. El pálido cuello de Erik y sus mejillas cremosas enrojecían de indignación cuando nos burlábamos de Churchill y de Roosevelt. Tanto menor era su duda de que Occidente no consentiría que él, Erik, siguiera encarcelado; de que los servicios secretos tendrían noticia de la prisión de tránsito de Kúibyshev y descubrirían que no se había ahogado en el Spree, sino que estaba prisionero en la Unión Soviética, de que pagarían un rescate o lo canjearían. (Esta creencia en la peculiaridad de su propiodestino frente al del resto de presos recordaba a la fe de los buenos comunistas que habían ido a dar con sus huesos en prisión.) Pese a nuestras acaloradísimas discusiones, nos invitó a Panin y a mí a Estocolmo si se presentaba la oportunidad («Allí nos conoce todo el mundo», decía con una sonrisa cansina, «mi padre mantiene a la Casa Real, o poco menos»). Pero entretanto, el hijo del multimillonario no tenía con qué secarse, y yo le regalé una toalla desgarrada que tenía de sobras. No tardaron en llevárselo de traslado. [281] 57

¡Y mientras tanto, el trasiego prosigue infatigable! Llegan nuevos reclusos, se llevan a otros, ya sea de uno en uno o en partidas, y los mandan por etapas hacia alguna parte. Pero bajo esa apariencia expedita y planificada, la irracionalidad llega a tal extremo, que hasta cuesta de creer.

En 1949 se crearon los Campos Especiales y por designio de las altas esferas mandaron enormes contingentes de mujeres de los campos del norte europeo y del este del Volga, hacia Siberia, Taishet y Ozior-lag con tránsito en la prisión de Sverdlovsk. Pero llegado 1950, ese Alguien pensó que era más práctico confinar a las mujeres no en Ozior-lag, sino en Dubrov-lag, en Temniki (Mordovia). Y estas mismas mujeres, con todas las comodidades propias de los desplazamientos dentro del Gulag, tuvieron que volver a pasar por la misma prisión de tránsito de Sverdlovsk, esta vez en dirección oeste. En 1951 se crearon nuevos Campos Especiales en la región de Kemerovo (Kamysh-lag), ¡o sea que finalmente se habían decidido por un sitio para ponerlas a trabajar! Pues bien, de nuevo martirizaron a esas pobres mujeres enviándolas esta vez a los campos de Kemerovo, pasando por Sverdlovsk y su maldita prisión de tránsito. Llegó entonces la época de las excarcelaciones, ¡pero no para todas! Y a las mujeres que continuaron cumpliendo condena, a pesar de que con Jruschov se había suavizado el régimen, fueron martirizadas enviándolas otra vez de Siberia a Mordovia, pasando por Sverdlovsk. Les parecía más seguro tenerlas a todas en el mismo sitio.

A fin de cuentas, la nuestra es una economía autártica, todos los islotes son nuestros y los rusos no se arredran ante las grandes distancias.

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