¿Desde el principio? Me parecía más llevadera la muerte que empezar todo aquello de nuevo. Pese a todo, aún tenía algún tipo de vida por delante. (¡Si hubiera sabido qué vida!) Y además, estaba aquello del lugar donde encerraban a los Po-lizei.No convenía irritarlo, de ello dependía el tono con que redactaría el auto de procesamiento.

Y firmé. Firmé admitiendo también lo del punto 11 (pues el texto de nuestra «Resolución» me acusaba en esa dirección). No conocía entonces su verdadero peso, sólo me indicaron que no alargaba la pena. Por culpa del punto 11 fui a parar a un campo de trabajos forzados. Por culpa del punto 11 fui desterrado a perpetuidad después de que me hubieran puesto en libertad, sin que hiciera falta un nuevo juicio.

Quizás haya sido mejor así. Sin lo uno ni lo otro no hubiera podido escribir este libro...

Mi juez de instrucción no me aplicó más procedimiento que el del insomnio, la mentira y la intimidación, métodos completamente legales. Por eso no necesitó —como hacen otros jueces más bribones que quieren guardarse las espaldas— hacerme firmar también, según el 206, el compromiso de no divulgación: yo, Fulano de Tal y Tal, quedo obligado bajo pena de castigo penal (no se sabe por qué artículo) a no desvelar los métodos que se utilizaron en la instrucción del sumario.

En algunos centros regionales del NKVD, esta medida se aplicaba en serie: el impreso de no divulgación se presentaba a la firma del acusado junto con la sentencia de la Comisión Especial. (Y más tarde, al ser puesto en libertad, firmabas que no ibas a hablar con nadie sobre el funcionamiento de los campos.)

¿Cómo podría ser? Pues porque nuestro hábito de sumisión, nuestro espinazo encorvado (o roto), no nos permitían sino acatar esta forma bandidesca de borrar las huellas. Ni tampoco indignarnos.

Hemos perdido la medida de la libertad. No tenemos forma de saber dónde empieza ni dónde termina. Nos exigen firmas, firmas y más firmas, tantas como quieran, en un interminable compromiso de no divulgación.

Ya no estamos seguros de si tenemos o no derecho a contar nuestra propia vida.

4. Los ribetes azules [98]

Quien atraviesa este tren de laminado, quien pasa entre las muelas del Gran Establecimiento Nocturno —donde se trituran las almas y la carne pende como jirones a un pordiosero— sufre demasiado, está demasiado sumido en el propio dolor para mirar, con ojos penetrantes y proféticos, a los pálidos verdugosque le están dando tormento. De no haber sido por ese sufrimiento que nos rebosaba hasta nublar la vista, ¡menudos cronistas habrían tenido nuestros torturadores!, porque, lo que es a ellos, nunca se les va a ocurrir hablar de sí mismos contando la verdad. Mas, por desgracia, aunque todo ex preso recuerda detalladamente la instrucción de su sumario, cómo lo coaccionaban y qué inmundicias le sacaron, es frecuente que del juez no recuerde ni siquiera el apellido, y si no se acuerda ni de eso, ¿cómo pretender que se hubiera detenido a estudiarlo como persona? Yo mismo, por ejemplo, puedo recordar más cosas y cosas más interesantes de cualquier compañero de celda que del capitán de la Seguridad del Estado Yézepov, ante el cual tantas veces estuve sentado a solas en su despacho.

Sin embargo, todos compartimos un recuerdo, único y fiel a la realidad: era un pudridero, un espacio completamente infectado de podredumbre. Pasadas unas décadas, sin ningún rescoldo ya de rencor o de rabia, con el corazón reposado, conservamos esta firme impresión: eran hombres malvados, indignos, indecorosos, y, tal vez, descarriados.

Conocida es la ocasión en que Alejandro II —un zar fustigado por los revolucionarios, a quien por siete veces intentaron dar muerte— visitó la prisión preventiva de la calle Shpa-lérnaya (tía de la Casa Grande) y mandó que lo encerraran en el calabozo 227, donde permaneció más de una hora. Quería comprender qué pasaba por la cabeza de aquellos a quienes tenía allí encerrados.

No se puede negar que, partiendo del monarca, se trataba de un gesto moral, de una necesidad e intento de ver la cuestión desde un punto de vista espiritual.

Pero sería imposible imaginar a ninguno de nuestros jueces de instrucción, desde Abakúmov hasta el mismo Beria, deseando, aunque sólo fuera por una hora, meterse en la piel de un preso, encerrarse y reflexionar en solitario.

Su cargo no les exige ser personas instruidas, de amplia cultura y espíritu abierto, y no lo son. No se les exige pensar de forma lógica, y no lo hacen. Su cargo sólo exige que cumplan minuciosamente el reglamento y que sean insensibles al sufrimiento ajeno. Eso sí saben hacerlo. Quienes hemos pasado por sus manos nos sofocamos sólo de pensar en ese colectivo, carente hasta tal punto de nociones comunes a todo el género humano, que está en los mismos cueros.

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