Los actos y motivaciones de los ribetes azules son tan mezquinos que uno se lleva las manos a la cabeza. El delegado operativo* Senchenko le confiscó a un oficial arrestado el por-tamapas y la cartera de campaña y comenzó a hacer uso de ellas en su presencia. A otro arrestado le requisó unos guantes de fabricación extranjera valiéndose de una triquiñuela en el sumario. (Siempre que el ejército avanzaba, les reconcomía pensar que no eran los primeros en llegar al botín.) El agente del contraespionaje del 48º Ejército, que me detuvo a mí, se enamoró de mi pitillera, que ni siquiera era tal, sino una cajita de la intendencia alemana, eso sí, de un llamativo color carmesí. Y para poder quedarse con esta mierda se entretuvo en montar toda una maniobra administrativa: primero no la hizo constar en el acta («esto puede usted quedárselo»), luego ordenó que me cachearan de nuevo sabiendo de sobras que no llevaba nada más en los bolsillos. «Ah, ¿esto qué es? ¡Quitádselo!» Y para que yo no protestara: «¡Al calabozo con él!». (¿Qué gendarme zarista se habría atrevido a proceder así con un defensor de la patria?) A cada juez de instrucción se le asignaba cierta cantidad de cigarrillos para premiar a los que confesaban y mimar a los chivatos. Había jueces que se los quedaban todos. Incluso hacían trampas con las horas nocturnas, que les pagaban como extras: en las actas redactadas de noche habíamos observado que estiraban las horas ahí donde ponía «desde» y «hasta». El juez Fiódorov en persona (apeadero de Reshety, apartado de correos n° 235) robó un reloj de pulsera al practicar un registro en casa de Korzujin, que ni siquiera estaba arrestado. Durante el cerco de Leningrado, el juez Ni-kolái Fiódorovich Kruzhkov le dijo a Yelizaveta Víktorovna Strájovich, esposa del acusado K.I. Strájovich: «Necesito una manta acolchada. ¡Tráigamela!». Ella respondió: «La habitación donde guardo la ropa de abrigo está precintada». Entonces fueron los dos a la casa y, sin romper los precintos de plomo, el juez destornilló el tirador de la puerta («¡Así trabaja el NKVD!», le decía alegremente) y empezó a sacar la ropa de invierno, metiéndose de paso en el bolsillo alguna pieza de cristalería (a su vez, Y.V. sacó también tantas cosas como pudo, al fin y al cabo eran suyas. «¡Basta de llevarse cosas!», la frenó el juez, mientras él seguía arramblando).

En 1954 esta mujer enérgica e implacable testificó en el juicio contra Kruzhkov (aunque el marido lo había perdonado todo, incluso su condena a muerte, e intentó convencerla de que desistiera). Como sea que no era el primer caso en que Kruzhkov había procedido así, y ello perjudicaba los intereses de los órganos, lo condenaron a veinticinco años. ¿Los cumplió?

Casos como éste son innumerables, podrían publicarse mil «Libros blancos» (empezando en 1918). Bastaría con entrevistar sistemáticamente a los antiguos presos y a sus esposas. Es posible que hubiera o que siga habiendo ribetes azules que nunca robaran ni se apropiaran de nada, ¡pero decididamente no soy capaz de imaginármelos! No me cabe en la cabeza que con su forma de pensar puedan sentir algún reparo si una cosa les gusta. A principios de los años treinta, cuando nosotros vestíamos el uniforme del Komsomol y trabajábamos para el primer Plan Quinquenal, ellos se pasaban las tardes en salones aristocráticos al estilo occidental —como ocurría en el piso de Koncordia Iossé— y sus damas se pavoneaban con atavíos extranjeros, ¿de dónde salía todo esto?

¡Y qué apellidos! ¡No parece sino que los reclutasen por el apellido! Por ejemplo, a principios de los años cincuenta en la Seguridad del Estado de Kemerovo el fiscal se llamaba Trút-nev [zángano], el jefe de la sección de instrucción era el comandante Shkurkin [pellejo], su adjunto era el teniente coronel Balandin [bodrio] y el juez de instrucción se apellidaba Sko-rojvátov [agarrapronto]. ¡Ni que lo hubieran hecho a posta! ¡Y todos en un mismo sitio! (Ya hemos hablado antes de Gra-bíschenko [saqueador] y Volkopialov [revientalobos].) ¿Cómo no van a querer decir nada tantos apellidos así y tan concentrados?

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