En la celda había también una mesa. Sobre ésta, en el lugar más visible, una tetera, un ajedrez y Una pila de libros. (Entonces no sabía por qué estaban puestos justo en el lugar más visible. Resultó que, de nuevo, se debía a la normativa de la Lubianka: el vigilante debía cerciorarse, observando cada minuto por la mirilla, de que no se abusaba de tanta generosidad de la Administración, que no se hacían boquetes en la pared con la tetera, que nadie se tragara las piezas de ajedrez y dejara como saldo un ciudadano menos de la URSS, que nadie prendiera fuego a los libros con la intención de incendiar la cárcel. Las gafas de los presos se consideraban un arma tan peligrosa que ni en la mesa permitían dejarlas de noche; la Administración las recogía hasta la mañana siguiente.)

¡Qué vida más confortable! Ajedrez, libros, camas de muelles, buenos colchones y ropa limpia. No recordaba haber dormido tan bien en toda la guerra. Suelo de parquet encerado. De la puerta a la ventana se podía dar un paseo de casi cuatro pasos. Digan lo que digan, la prisión política central era un auténtico balneario.

Y no caían proyectiles... Recordaba cómo susurraban punzantes al pasar sobre nuestras cabezas, su creciente silbido y el crujido de la explosión. Y el suave silbar de las minas de mortero. Y cómo se estremecía la tierra con las cuatro cargas del chirriador. [119]Recordaba el fango líquido de Wormditt, donde me habían arrestado y donde ahora los nuestros chapoteaban en el barro y la nieve fundida para impedir que los alemanes levantaran el cerco.

¡Al diablo! ¿Ya no queréis que combata? Pues maldita la falta que me hace.

* * *

Entre las muchas pautas de referencia que hemos perdido está también la grandeza de quienes, antes que nosotros, hablaron y escribieron en ruso. Resulta extraño, pero apenas fueron descritos en una literatura anterior a la revolución que sólo muestra personas superfluas, [120]o bien unos blandengues soñadores inadaptados. Con nuestra literatura del siglo XIX resulta prácticamente imposible comprender cómo pudo mantenerse Rusia en pie durante diez siglos, con qué cimientos humanos contaba. Por lo demás, ¿acaso no ha logrado superar Rusia los últimos cincuenta años gracias a estos hombres? Con mucha más razón que antes.

Y también los soñadores. Habían visto demasiadas cosas para quedarse con una sola. Tenían demasiada tendencia a lo sublime como para tocar de pies en el suelo. Cuando una sociedad está a punto de desplomarse suele aparecer un sabio estrato de gente que piensa, que piensa y nada más. ¡Mas cómo se mofaron de ellos! ¡Cómo los ridiculizaron! No merecieron más apodo que el de podredumbre.Esos hombres eran flores prematuras de fragancia excesivamente sutil, y por eso las segaron de raíz. Se encontraban especialmente indefensos, sobre todo en su vida privada: no sabían doblegarse, fingir ni amoldarse; cada palabra suya era una opinión, un impulso, una protesta. Esos son los que recoje la guadaña. Esos son los que acaban triturados como balas de paja. [121] 5

Habían pasado por estas mismas celdas que ahora ocupábamos. Pero sus muros —ya sin empapelado, rebozados, blanqueados y pintados más de una vez— ya no podían transmitirnos nada del pasado (al contrario, desde ellos nos espiaban con micrófonos). En ninguna parte ha quedado nada escrito ni dicho acerca de quienes poblaron estas celdas, de las conversaciones que ahí se produjeron, de los pensamientos con que salían al paredón o a las Solovki. Seguramente, ya nunca verá la luz una obra así, tan sólo un volumen valdría tanto como cuarenta vagones de nuestra literatura.

Y los que aún viven nos cuentan toda clase de nimiedades: que si los camastros eran de madera y los jergones de paja, que si allá por 1920, antes de poner bozales [122]en las ventanas, los cristales estaban embadurnados de yeso hasta arriba. Que los bozales sin duda ya estaban en 1923 (mientras que todos nosotros, sin excepción, los atribuíamos a Beria). En los años veinte, según dicen, en esta prisión se toleraba la comunicación por golpes en la pared, porque aún perduraba esa ridicula tradición de las cárceles zaristas: si un preso no daba golpes en la pared, ¿qué otra cosa podía hacer? Y algo más: en los años veinte todos los celadores, absolutamente todos, eran letones (fusileros letones, además de otros) y la comida la repartían unas letonas rechonchas.

Serán nimiedades, pero dan que pensar.

A mí me hacía muchísima falta dar en la Lubianka, el penal político más importante de la Unión, y desde aquí mil gracias a quienes hasta ella me trajeron. Pensaba mucho en Bujarin, quería hacerme una idea de todo aquello. Sin embargo, tenía la sensación de que nosotros éramos paja menuda y que nuestro lugar estaba más bien en cualquier prisión interior de provincias. [123] 6Estar en ésta era un excesivo honor.

Era imposible aburrirse con las personas que allí encontré. Había a quién escuchar y con quién comparar.

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