Para aturdir al recién llegado, lo metían en un calabozo donde debía estar de pie. Era tan estrecho que, sí te fallaban las fuerzas, había que sostenerse apoyando las rodillas en la pared, no había otra manera. En ese calabozo le tenían a uno más de veinticuatro horas, para que su espíritu se sometiera. En Sujánovka daban una comida delicada y sabrosa, como en ninguna otra parte del MGB, porque la traían de la casa de reposo de arquitectos y no disponían de cocina aparte para preparar bazofias de cerdo. Pero lo que se comía un arquitecto —las patatas asadas y las albóndigas— aquí alcanzaba para doce personas. Por eso, además de andar siempre con hambre, como en todas partes, el preso sentía una exasperación más dolorosa.

Las celdas del antiguo monasterio estaban calculadas para dos personas, pero a los encausados sometidos a instrucción solían tenerlos a razón de uno por celda. Las celdas eran de metro y medio por dos. [115] 3En el suelo de piedra había empotradas dos pequeñas sillas redondas, como troncos cortados. El vigilante abría una cerradura de gorjas y sobre cada silla caía de la pared —para las siete horas nocturnas (es decir, para las horas de interrogatorio, pues de día nunca llevaban a instrucción)— un estante con un jergón de paja de talla infantil. De día el asiento quedaba libre, pero estaba prohibido sentarse en él. Además, había una especie de tabla de planchar sobre cuatro tubos verticales: era la mesa. El ventanuco de ventilación estaba permanentemente cerrado y el vigilante sólo lo abría por la mañana durante diez minutos valiéndose de una clavija. La pequeña ventana era de cristal armado. Paseos no los había nunca, el retrete sólo a las seis de la mañana, es decir, cuando ningún vientre lo necesita, y por la noche no había retrete. Para cada sección de siete celdas, dos vigilantes. Por esto le observaban a uno por la mirilla con tanta frecuencia como poco tiempo necesitaba el vigilante para pasar ante dos puertas y pararse a la tercera. Éste era el objetivo de la silenciosa Sujánovka: no permitirle a nadie ni un minuto de sueño, ni un minuto robado para la vida privada. Constantemente observados, constantemente a su merced.

Pero si superabas este duelo con la locura y todas las tentaciones de la soledad, si no sucumbías, ¡entonces eras digno de tu primera celda! Entonces tu alma podía cicatrizar.

Pero aunque te hubieras rendido enseguida, aunque hubieras cedido en todo y traicionado a todos, igualmente estabas maduro para tu primera celda, si bien habría sido mejor que no llegases a ese instante feliz, sino haber muerto victorioso en los sótanos sin haber echado una sola firma.

En la celda, ves por primera vez otros hombres que no son enemigos. Coincides por primera vez con otros hombres vivos [116] 4que siguen tu mismo camino y con quienes puedes fundirte en una gozosa palabra: nosotros .

Sí, esta palabra, que quizá llegaste a detestar en la calle porque la utilizaban para suplantarte como individuo («¡Todos nosotros, como un solo hombre!» «¡Nosotros ardemos de indignación!», «¡Exigimos!», «"Juramos...!»), ahora descubres en ella un sabor dulce: ¡No estás solo en el mundo! ¡Aún quedan seres inteligentes, con alma: aún quedan personas !

* * *

Tras cuatro días enteros de duelo cuerpo a cuerpo con mi juez de instrucción, el vigilante, habiendo esperado a que sonara el toque de retreta y me tendiera bajo la cegadora iluminación eléctrica del box, empezó a abrir mi puerta. Yo lo oía perfectamente, pero antes de que dijera: «¡Levántese! ¡A declarar!», quería permanecer tendido tres centésimas de segundo más, con la cabeza sobre la almohada e imaginarme que dormía. Pero esta vez el vigilante se salió de lo aprendido: «¡Levántese! ¡Recoja la cama!».

Desconcertado y disgustado, pues era el momento más preciado del día, me envolví los pies con los peales, me calcé las botas, me puse el capote, el gorro de invierno y abarqué el colchón de una brazada. De puntillas, haciéndome constantemente señas para que no metiera ruido, el carcelero me condujo por el pasillo —silencioso como una tumba— del tercer piso de la Lubianka. Pasamos ante la mesa del vigilante del pabellón, ante los brillantes números de las celdas y las tapas verde oliva abatidas sobre las mirillas, y me abrió la celda n° 67. Entré y él cerró de inmediato la puerta a mi espalda.

Apenas habría pasado un cuarto de hora desde el toque de retreta, pero los presos disfrutan de un tiempo de sueño tan frágil e inseguro, además de escaso, que, a mi llegada, los habitantes de la celda n° 67 ya dormían en sus camastros metálicos con las manos por encima de la manta.

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