Llamaron ligeramente a la puerta con los nudillos. -Sí. -Está al teléfono el señor Ardizzone. ¿Qué le digo? -preguntó Giovanni. -Voy enseguida -contestó levantándose. El viejo Ardizzone, tras ser condenado por asociación con la mafia, se había retirado oficialmente de los negocios, que habían pasado a su hijo Mario. Pero era bien sabido que detrás de todas las iniciativas de Mario estaba siempre su padre. ¿Qué podían querer de él?
Apenas había colgado cuando el teléfono volvió a sonar. Era Adele. -Perdona, pero esta mañana he olvidado decírtelo. Estaba muy atareada. Quería avisarte de que ahora mismo van a llevar a casa un televisor con su correspondiente mesita. -¿Has cambiado el viejo? -El viejo funciona muy bien; todavía no es hora de cambiarlo. Este nuevo lo he comprado para ti. Diles que te lo coloquen en el dormitorio o en el estudio, donde prefieras. -Pero ¡si no lo necesito! -Puede serte útil. -¡Si ya está el de abajo! -Mira, el otro día decidimos que las reuniones de la asociación se celebrarán siempre en casa. Por eso el salón estará ocupado a menudo por la noche. Con el televisor nuevo podrás ver tranquilamente tus programas. Adiós, cariño. Pero ¡qué detalle por su parte! De esa manera, su lugar en el sofá podría ocuparlo Daniele.
Llamaron a la puerta.