– ¡Toma!-exclamó sin darse cuenta.

Matthew se sobresaltó y la velocidad del coche se redujo aún más.

– ¿Qué?

– La camiseta -dijo Þóra exaltada, golpeando con un dedo sobre la página abierta-. La camiseta esta es la que vi en las fotos de la operación de la lengua. 100% Silicon. Eso pone.

– ¿Y? -preguntó él sin comprender.

– En las fotos se veía una camiseta en la que ponía 100 y luego …ilic… o algo por el estilo. Aquí dice que la camiseta que se encontró en el armario de Hugi tenía la inscripción 100% Silicon. La sangre ha quedado fuera de juego. -Satisfecha consigo misma, cerró de golpe la carpeta.

– Él tendría que recordarlo -dijo Matthew-. Uno no se mancha la ropa con la sangre de otro todos los días.

– Tú y yo quizá no -respondió Þóra-. ¿Recuerdas que Hugi dijo que no había visto nunca la camiseta? Quizá no recordaba ya nada de aquello.

– Quizá -convino él. Continuaron en silencio un rato pero al atravesar el puente del río Ýtri Rangá, en Hella, dejó escapar de pronto-: Las dos llegan mañana.

– ¿Las dos? ¿Quiénes?

– Amelia Guntlieb y su hija Elisa -dijo Matthew sin apartar los ojos de la carretera.

– ¿Eh? ¿Que vienen? -preguntó Þóra perpleja-. ¿Por qué?

– Tenías razón. La hermana de Harald estuvo en su casa justo antes del crimen. Quiere hablar con nosotros… tengo entendido, según me contó su madre, que Harald le había hablado de en qué andaba trabajando. Aunque desde luego no en detalle.

– Ah, vaya -dijo Þóra-. Comprendo lo de la hermana… ¿pero y la madre? ¿Viene a hacer de carabina mientras hablamos con su hija?

– No. Viene para charlar contigo. En privado. De madre a madre… son sus propias palabras. Ya sabes que tenía intención de hablar contigo. ¿Creías que iba a ser por teléfono?

– Sí, claro. ¿De madre a madre? ¿Para comparar nuestros libros de educación de los hijos? -Nada le apetecía a Þóra menos que verse en persona con aquella mujer.

Matthew se encogió de hombros.

– No lo sé; yo no soy madre.

– ¡Cojonudo! -exclamó ella dejándose caer sobre el respaldo del asiento. Empezó a reflexionar, pero volvió a tomar la palabra con prudencia-. La hermana… ¿puede estar involucrada en el caso de alguna forma?

– No. Excluido.

– Si se me permite preguntar: ¿por qué está excluido?

– Porque está excluido. Elisa no es así. Además, dice que regresó el viernes; cogió un vuelo de Keflavík a Francfort.

– ¿Y eso te basta? ¿Que lo diga ella? -preguntó la abogada, extrañada por la simpleza de Matthew.

Éste miró un instante a Þóra y luego otra vez a la carretera.

– No del todo. Lo comprobé y, créeme, cogió ese vuelo.

Þóra se quedó sin saber qué decir. Al final resolvió que era preferible no hacer más observaciones hasta hablar con la chica personalmente. Quizá Matthew tenía razón. También podía ser que ella no entrara en cuestión como posible asesina. Se percató de un cartel que decía «Hótel Rangá».

– Allí. -Þóra le indicó una desviación a la derecha al lado del cartel, que conducía hacia el hotel. Siguieron la pista en dirección al río y llegaron a un gran edificio de madera.

– ¿Sabes? Creo que hace dos años que no me alojo en un hotel -dijo mientras salía del coche y entraba en el edificio con su maletín-. Desde que me divorcié.

– Naturalmente, estás bromeando -dijo Matthew cogiendo su propia bolsa.

– No, te lo juro -respondió ella, y a nadie le pasaría desapercibido que estaba deseosa de romper aquella rutina-. Hicimos un último intento de salvar nuestro matrimonio con un viaje de vacaciones a París hace dos años, y desde entonces no he salido al extranjero. Curioso, ¿no?

– ¿El viaje a París no tuvo efectos beneficiosos? -preguntó Matthew mientras le abría la puerta. Þóra resopló.

– Ninguno. Estábamos en nuestro intento final de salvar nuestra relación, y en lugar de sentarnos frente a unas copas de vino para charlar del tema… para encontrar un clavo ardiendo al que agarrarnos… él se pasó el tiempo pidiéndome que le hiciera fotos junto a un monumento tras otro. Fue una auténtica sentencia de muerte.

En la puerta, o justo al lado de ella, encontraron un gigantesco oso blanco… erguido sobre las patas traseras y dispuesto a atacar. Matthew fue hacia él y se colocó a su lado.

– Hazme una foto. En serio, venga.

Þóra hizo una mueca y se acercó al mostrador de recepción. Detrás del monitor del ordenador estaba sentada una mujer de mediana edad con chaqueta oscura de uniforme y camisa blanca. Sonrió a Þóra, que le informó de que habían reservado dos habitaciones y dio los nombres. La mujer tecleó algo en el ordenador, cogió dos llaves y les indicó dónde se encontraban las habitaciones. Þóra echó mano al bolso y estaba a punto de marcharse cuando decidió comprobar si la mujer recordaba que Harald se hubiese hospedado allí. A lo mejor había preguntado alguna dirección o alguna información que pudiera ponerlos a Matthew y ella en el buen camino.

– El otoño pasado se alojó aquí un amigo nuestro, su nombre es Harald Guntlieb. ¿Quizá podría usted recordarlo?

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