Piensa, piensa… respiró hondo. ¿Cómo iban a enterarse? Nadie lo sabía, por lo menos ella no se lo había contado a ningún bicho viviente. Sólo la razón le había impedido ponerse a presumir delante de su mejor amiga. Y Harald difícilmente habría hablado de aquello. Él no tenía necesidad de presumir: siempre había un montón de mujeres jóvenes subiendo a su apartamento. Si tuviese necesidad de alardear de su vida sexual, siempre podía presumir de ellas. Se pensó mejor el asunto… aquel «montón» eran en realidad principalmente dos chicas, una alta y pelirroja, la otra menudita y rubia. De lo otro difícilmente se habría puesto a hablar, por lo menos la policía no se había olido nada en absoluto. Había hablado brevemente con ellos varias veces y nunca salió nada, ni en lo que dijeron ellos ni en una insinuación que pudiese indicar que no viesen su relación con Harald como la habitual entre casera e inquilino. Además, y.i se había acabado todo. Harald le había dicho que no podía continuar, que tenía una serie de cosas pendientes. Al recordarlo hizo una mueca. Habría preferido ser ella quien rompiera la relación… no él. En realidad, el que le diera las gracias tan efusivamente por las horas que habían pasado juntos no impidió dejarla tirada. Enrojeció al pensarlo. Pobrecita inocente. Le había fastidiado tanto saber qué era lo que pasaba y que él no dijese nada. Y es que había empezado con una novia. Gurra los había visto entrando y saliendo del apartamento varias veces, la semana antes del asesinato. Era una chica nueva que no había ido nunca antes al piso de Harald; por lo menos que Gurra supiese. Hablaban alemán entre ellos, de modo que la chica debía de ser compatriota suya… a lo mejor, a la hora de la verdad, las islandesas no le resultaban suficientemente buenas. Su cólera creció con la hipocresía de Harald; no había nada malo en que ella siguiese engañando a su marido, pero él era demasiado bueno para engañar a su mierda de novia.
Y qué, ya estaba acabado todo, y lo que había que hacer ahora era no darle vueltas a una cosa que quizá no llegaría nunca a salir a la superficie. Se dirigió hacia el lavadero. Hacía tiempo desde que pasó por allí la última vez. Daba al pasillo y se podía entrar desde su propia casa y desde la puerta de la calle del apartamento de Harald. Aquél era uno de los pocos cambios que hicieron en la casa cuando decidieron comprarla y alquilar el piso de arriba. Quitó el pestillo y entró. Claro que sí, aquí sí que podía encontrar algo que hacer. Aún había restos de los sabuesos que lo recorrieron todo husmeando en busca de drogas. Por suerte no encontraron nada de eso: Gurra no sabía si aquello los hubiera convertido en sospechosos a Alli y a ella, o si los hubieran puesto en una lista, caso de encontrarse droga en aquel espacio común. Por lo menos pidieron que les dejaran estar presentes en el registro. Y no es que hubieran tocado nunca las drogas, al menos ella. Quién sabe si Alli la había probado en alguno de sus interminables viajes. En cualquier caso no sucedió nada: la policía puso a los perros a olisquear por allí dentro y cuando parecieron satisfechos, el grupo entero se marchó sin decir ni una palabra más. Habían mirado dentro de la secadora y la lavadora, más por curiosidad que por cualquier otro motivo. Pero tampoco hicieron las cosas demasiado a fondo.