La joven no compartía ninguno de los rasgos de su madre, pero el aspecto general era básicamente el mismo. Tenía la fisonomía oscura como su padre, y en general se parecía bastante a él, a juzgar por las fotos de familia que Þóra había visto. Todo en su talante carecía del menor asomo de ostentación, el largo cabello liso se mantenía apartado del rostro con una goma, e iba vestida con unos elegantes pantalones negros y una camisa negra que a Þóra le pareció de seda. El único objeto de aspecto valioso era un anillo de diamante en el dedo anular de la mano derecha, la misma joya que Þóra había visto en la foto de la cocina. Le llamó la atención lo delgada que era, y al darle la mano notó que la muchacha debía de ser aún más delgada de lo que parecía con aquella ropa. A Matthew lo recibió de una forma mucho más íntima: Elisa le abrazó y se besaron en la mejilla.

– ¿Cómo lo llevas? -preguntó Matthew después de quitar sus manos de los hombros de Elisa. Þóra se dio cuenta de que no la trataba de usted como había esperado, pues a fin de cuentas era un empleado de la familia. Evidentemente, Matthew estaba muy próximo a aquellas personas y debía de tener un puesto en la empresa muy superior al que Þóra había supuesto.

Elisa se encogió de hombros y esbozó una débil sonrisa.

– No demasiado bien -respondió la joven-. Ha sido bastante difícil. -Se volvió hacia Þóra-. Habría venido mucho antes si hubiese sabido que queríais hablar conmigo. No se me había ocurrido en absoluto que mi visita a Harald pudiese ser importante.

A Þóra aquello le pareció extraño, a fin de cuentas la chica había estado en casa de su hermano justo antes de que lo asesinaran; pero se limitó a decir:

– Bueno, ahora estás aquí y eso es lo principal.

– Sí, compré un billete nada más llamar Matthew. Quiero ayudar -dijo, y pareció decirlo con total sinceridad. Y añadió enseguida-: Y mamá también.

– Bien -respondió Matthew con un tono inhabitualmente alto, y Þóra pensó si tendría miedo de que fuera a decir algo inconveniente.

– Sí, muy bien -le imitó Þóra, para demostrarle que no había pensado nada por el estilo.

– ¿Por qué no nos sentamos? -preguntó Elisa-. ¿Os puedo invitar a un café o a un vino? -Þóra se había vuelto abstemia, así que aceptó un café, mientras los otros dos pidieron sendas copas de vino blanco.

– Bueeeno -dijo Matthew echándose hacia atrás en la butaca-. ¿Qué puedes contarnos de tu visita?

– ¿No es mejor que esperemos al vino? Creo que conviene empezar relajándonos un poco -propuso Elisa, mirando interrogante a Matthew.

– Naturalmente -le respondió, y se echó hacia delante para darle un apretoncito en la muñeca, que tenía apoyada en el brazo del sofá.

Elisa miró a Þóra como pidiendo disculpas.

– No puedo explicarlo bien, pero me resulta insoportable el recuerdo de esa visita. Aún tengo problemas con mis propios sentimientos, siento que fui una egoísta, que no hablé con él nada más que de mí misma. Si hubiese sabido que no volvería a verle nunca más, le habría dicho tantas cosas sobre mis sentimientos hacia él. -Se mordió el labio inferior-. Pero no lo hice, y ya nunca podré hacerlo.

Llegó el camarero con las bebidas y brindaron por nada especial. Þóra se arrepintió de haberse hecho abstemia en cuanto tomó el primer sorbo de café y los vio a ellos saborear el vino. Decidió volver a la primera oportunidad… no podía pedir un vino inmediatamente.

– Quizá esté bien que os cuente por qué vine a ver a Harald -dijo Elisa tras dejar la copa sobre la mesa. Þóra y Matthew asintieron-. Como sabes, Matthew, estoy en una especie de crisis con mamá y papá. Quieren que estudie comercio y que entre en el banco, como casi todo el mundo que conozco. Harald fue la única persona que me dijo siempre que hiciera lo que me gusta: tocar el cello. Todo el mundo piensa que debería dedicarme al banco y tocar por mi propio placer. Pero Harald comprendía que no se trata de eso, aunque él no fuera músico. Comprendía que cuando uno ha alcanzado cierto nivel y cierta capacidad, es eso o nada.

– Entiendo -dijo Þóra, aunque en realidad no era así.

– Por eso hablamos sobre todo de mí cuando estuve aquí -explicó Elisa-. Vine a verle en busca de alguien que me insuflara fuerzas, y eso es lo que conseguí. Harald me aconsejó que pasara de papá y mamá y siguiera tocando. Dijo que no era demasiado difícil encontrar una corbata con cabeza que fuera capaz de dirigir un banco, pero que había pocos capaces de tocar un instrumento musical con auténtico talento. -Y añadió a toda prisa-: «Corbata con cabeza» son palabras suyas… él lo dijo así.

– Si puedo preguntar, ¿qué decidiste? -inquirió Þóra con curiosidad.

– Seguir tocando -respondió la joven, y sonrió ampliamente-. Pero me he matriculado en Comercio y voy a empezar enseguida la carrera. Uno decide una cosa y hace lo contrario.

– ¿Y tu padre no está contento? -preguntó Matthew.

– Sí, claro, pero sobre todo están los dos aliviados. Es difícil estar contento en esta familia. Sobre todo ahora.

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