– Elisa, sé que es muy incómodo hablar de la propia familia, pero vimos los mensajes de correo electrónico que intercambiaron Harald y vuestro padre. No parecía que estuviesen demasiado cercanos el uno al otro. -Calló, pero enseguida añadió-: Y también tenemos la impresión de que su relación con vuestra madre era todo menos ejemplar.

Elisa bebió un sorbo de vino antes de responder. Miró a Þóra directamente a los ojos.

– Harald fue el mejor hermano que nadie puede imaginarse. Quizá no era como la mayoría de la gente, sobre todo en los últimos tiempos. -Sacó un poco la punta de la lengua y la dobló, como haciendo referencia a la lengua bífida de Harald-. Pero yo me habría sentido orgullosa de estar a su lado en cualquier ocasión. Era noble, y no sólo conmigo… llevaba en brazos a nuestra hermana; no había nadie que se portase con aquella inválida mejor que él. -Bajó la cabeza, entristecida y miró la copa de vino que estaba en la mesa delante de ella-. Mamá y papá, ellos… En realidad, no sé qué decir. Nunca dejaban a Harald gozar de las cosas con ellos. Mis primeros recuerdos de ellos son constantes abrazos, amor y cuidados hacia mí, pero nunca vi nada así cuando se trataba de Harald. Ellos… bueno, ellos, parecía que no le soportaban. -Se cubrió la cara con las manos, descorazonada-. No es que fueran malos con él o algo asi Simplemente, no le querían. No sé por qué, si es que se puede hablar de porqués en estas cosas.

Þóra intentó no dejar traslucir el poco aprecio que le merecía la familia Guntlieb. Sintió una corriente que la recorría: quería encontrar al que mató a aquel desdichado. No podía imaginarse nada más patético que crecer sin amor. La necesidad de cariño que tienen los niños la ve todo el mundo, y es un acto miserable negarles ese amor. No era de extrañar que Harald fuese un bicho raro. Þóra sintió de pronto que le apetecía la reunión del día siguiente con la madre.

– Sí -dijo para romper el silencio-. No suena demasiado bien, tengo que reconocerlo. Aunque quizá sea irrelevante para nuestros objetivos, creo que eso explica muchas cosas de la conducta de Harald. Pero supongo que no es algo de lo que te apetezca hablar con una desconocida, así que más vale que pasemos a lo que hicisteis los dos cuando estabas aquí.

Elisa sonrió aliviada.

– Como os dije antes, hablamos sobre todo de mí y de mil problemas. Harald se portó de maravilla, y en realidad no hicimos nada especial. Fue conmigo al balneario ese, la Laguna Azul, y a ver los geiseres. Por lo demás, paseábamos por el centro o nos quedábamos en casa a ver algún DVD, a cocinar o a no hacer nada.

Þóra intentó imaginarse a Harald en la Laguna Azul, pero no consiguió evocar una imagen convincente.

– ¿Qué visteis? -preguntó por curiosidad.

Elisa sonrió.

– El Rey León, por increíble que pueda parecer.

Matthew le hizo un guiño a Þóra. Lo de la película que había en el vídeo no era mentira.

– ¿Te contó algo sobre lo que estaba haciendo?

Elisa se quedó pensativa.

– No demasiado, estaba de un humor estupendo y se encontraba muy bien en este país. Por lo menos, yo le he visto pocas veces igual de contento. A lo mejor era porque estaba lejos de nuestros padres. O quizá por un libro que había encontrado.

– ¿Un libro? -preguntaron Þóra y Matthew a la vez.

– ¿Qué libro? -añadió Matthew.

Elisa estaba muy sorprendida por aquella reacción.

– Nada, un libro antiguo. El Malleus Maleficarum. ¿No está en su casa?

– No lo sé, ni siquiera sé de qué libro hablas -respondió Matthew-. ¿Te lo enseñó?

Elisa sacudió la cabeza.

– No, aún no lo tenía. -Calló de pronto-. A lo mejor no le llegó antes de que lo mataran. Porque eso pasó justo antes.

– ¿Sabes si pensaba ir a buscarlo a algún sitio? -inquirió Matthew-. ¿Mencionó algo al respecto?

– No -respondió la joven-. Claro que no le pregunté… ¿debería haberlo hecho?

– Eso no cambia nada -dijo él-. Pero ¿te dijo algo acerca de ese libro?

El rostro de Elisa se iluminó.

– Sí. Y además se trataba de una historia tremenda. Espera un momento, ¿cómo era? -Pensó un momento antes de volver a hablar-. Te acuerdas de las cartas antiguas del abuelo, ¿verdad? -Se dirigió a Matthew, que asintió con la cabeza. Þóra no quiso molestar preguntando de qué cartas estaban hablando, pero pensó que serían las cartas de Innsbruck que estaban en la funda de cuero-. Harald era igual que el abuelo -continuó Elisa-, estaba enamorado de ellas, las leía una vez y otra y otra. Estaba convencido de que el autor de las cartas le había hecho a Kramer algo espantoso para vengarse por cómo trató a su mujer. -Miró a Þóra-. Sabes quién era Kramer, ¿verdad?

Ahora le llegó a Þóra el turno de decir que sí con la cabeza.

– Claro que sí, incluso he llegado a leer su obra maestra, si se puede aplicar ese término al Martillo de las brujas.

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