– Bogi se acordaba muy vagamente. En realidad estaba trabajando en una investigación referente a la fundación del obispado de Selandia y su influencia en la historia eclesiástica de Islandia. Eso sucedió bastante después de la fecha de la carta en cuestión, de modo que no la estudió con detenimiento. Sí que recordaba que no era muy comprensible, algo sobre el infierno, la peste y la muerte de un emisario. Fue lo único que conseguí sacarle sin que sospechara por dónde iban las cosas.
– Estaré en contacto -dijo Gunnar al despedirse. Salió y cerró la puerta tras de sí sin esperar el saludo de despedida de María.
Una cosa estaba clara. Tenía que encontrar aquella carta.
Capítulo 9
Þóra fue girando lentamente en redondo sobre el reluciente parqué del inmenso salón. Estaba decorado en el estilo minimalista que ahora se consideraba el más refinado. Los pocos muebles que había dejaban ver que habían costado un buen pico. Dos sofás negros de cuero, grandes y de depurado estilo, estaban colocados en el centro del salón; eran bastante más bajos que los sofás a los que Þóra estaba acostumbrada. Le entraron unos deseos tremendos de sentarse en uno de ellos, pero no quería que Matthew viese lo atractivos que le resultaban. Entre los dos había una mesa aún más baja que los sofás, que a Þóra le parecía imposible que tuviera patas: era más bien como si la mesa descansara directamente en el suelo. Buscó objetos de decoración y lo único que pudo descubrir fue lo que había en las paredes. Aparte de una gran pantalla plana en una de ellas, había obras de arte, todas ellas con siglos de antigüedad. Había además varios objetos antiguos, entre otras cosas un viejo mamotreto de silla de madera que Þóra imaginó auténtica, no de imitación. Empezó a pensar si Harald habría tenido algo que ver personalmente con la decoración, o si había sido un decorador de interiores quien se había encargado de todo. Combinar cosas tan antiguas con otras tan modernas convertía el espacio en algo de lo más infrecuente y le daba un toque personal.
– ¿Qué le parece? -preguntó Matthew despreocupadamen-ii ll tono daba a entender que, a diferencia de Þóra, él estaba acostumbrado a la opulencia.
– Es un apartamento realmente espléndido -respondió, y fue hacia una de las paredes pintadas de blanco para contemplar una plancha de cobre enmarcada, que parecía muy antigua. Miró detenidamente la imagen y al momento dio un paso atrás-: ¿Pero qué es este horror? -La plancha estaba repleta de figuras, y el artista había tenido que esforzarse para poder meter en aquel cuadro sin colores a toda aquella gente, especialmente varones, ordenadamente distribuidos en parejas, en las que uno se dedicaba a torturar al otro o a castigarlo de una u otra forma.
Matthew fue hacia ella y miró el grabado.
– Ah, ya. -Hizo una mueca y continuó-: Esto es una plancha de cobre que Harald heredó de su abuelo. Es alemana y muestra cómo eran las cosas en Alemania hacia 1600, cuando estaban en su apogeo las persecuciones por motivos religiosos. Como puede ver, no se andaban con chiquitas. -Matthew se dio la vuelta y se alejó de la plancha-. Lo que la convierte en algo especial es que procede de esa misma época y no es una interpretación, por así decir, posterior a los hechos representados. Esas otras representaciones suelen ser menos realistas y más exageradas. Claro que quizá esta plancha es un poco de ese estilo.
– ¿Más exageradas? -preguntó Þóra asombrada. ¿Qué podía haber más exagerado que aquello?
– Sí, ya, bueno -respondió Matthew encogiéndose de hombros-. A base de trabajar para la familia Guntlieb, he llegado a conocer esa época como si me fuera algo en ella; ésta de aquí no es, ni de lejos, una de las piezas más tremendas de su colección. -Sonrió fríamente-. En comparación con las peores, ésta podría ponerse de adorno en el cuarto de los niños.
– Mi hija tiene en la pared un póster de Minnie -dijo Þóra, y se acercó al siguiente cuadro-. Puede estar seguro de que un cuadro como ése no colgará nunca de una pared de su cuarto, ni en ninguna parte de mi casa.
– No, no es para todos los públicos -respondió Matthew, y siguió a Þóra hasta el cuadro que representaba a un hombre al que estaban desarticulando sobre un potro, delante de unos hombres encapuchados. Estos estaban sentados en un apretado grupo observando con cara de suficiencia a dos verdugos que hacían girar, aparentemente con gran esfuerzo, una rueda sujeta al potro. La intención era evidentemente, tensar los miembros del hombre para hacerle sufrir vez más. Matthew señaló el centro del grabado-. Éste muestra las torturas que se aplicaban en las investigaciones judiciales, y procede también de Alemania. Para ellos tenía gran importancia obtener confesiones, como puede ver. -Miró a Þóra-. Seguramente será interesante para usted, como abogada que es, comprender las raíces de la tortura, pues sus principios en Europa pueden considerarse parte del sistema judicial, bueno, hablando en sentido amplio.