– Naturalmente, no sé exactamente lo que decía la carta que ha desaparecido; pero recuerdo que era del año 1510 y estaba escrita por Stefán Jónsson, obispo de Skálholt por entonces, a un sacerdote del obispado de Roskilde. Es la información que pude obtener del inventario que acompañaba a la colección cuando llegó aquí. Es así como descubrí, en realidad, que la carta había desaparecido; utilicé el inventario para comprobar si todo estaba bien empaquetado para proceder a la devolución de los documentos a Dinamarca.
– ¿No puede ser que nunca llegara aquí… que hubiera faltado desde el principio? -preguntó Gunnar.
– Descartado -fue la respuesta-. Yo estaba presente cuando se recibió la colección el año pasado, y se comprobó cuidadosamente con el inventario que la acompañaba. Todo se encontraba en el mismo orden, todo estaba en su sitio.
– ¿No será que la carta se ha prestado a alguien de algún otro sitio? -preguntó Gunnar-. ¿No puede ser que se haya mezclado con otros documentos por error?
– Pues mira -respondió Maria-, si no hubiera habido otras cosas más, habría sido una posibilidad, efectivamente. -Calló un momento y siguió con énfasis-: Cuando descubrí la desaparición fui inmediatamente al ordenador a ver la carta; supongo que sabrás que escaneamos todos los documentos, sin excepción, que caen en nuestras manos, nos pertenezcan a nosotros o los recibamos en préstamo-. Gunnar asintió y Maria continuó-. Imagínate… habían borrado el archivo… única y exclusivamente esta carta.
Gunnar reflexionó un instante.
– Espera un momento. ¿No querrá eso decir que la carta no estaba incluida en el envío? ¿No se escanearon las cartas nada más ni recibirlas?
– Pues sí, se hizo todo al día siguiente. Pero la carta sí que estaba, y se escaneó. Lo veo por el número que utilizamos para identificar los ficheros electrónicos. La colección recibe un determinado número de identificación y cada documento recibe además números correlativos que se ubican en el fichero según su antigüedad: el más antiguo va el primero. -Se pasó otra vez los dedos por el pelo-. Falta el número de serie asignado a la carta.
– ¿Y qué pasa con el archivo de seguridad de la red? Siempre nos están machacando con la seguridad frente a los accidentes informáticos. ¿No puedes encontrar el fichero en uno de esos archivos de seguridad?
Maria sonrió con desgana.
– Acabo de comprobarlo. Según el director de nuestra red, este archivo no se puede encontrar ni en los ficheros de seguridad de ningún día de la semana ni en el del último mes. Dice que hace como una semana han sobrescrito el archivo semanal, pues existe un archivo de seguridad especial del lunes, otro especial del martes, y así sucesivamente. En esos ficheros provisionales nunca hay archivos de más de una semana. Lo mismo sucede con las copias mensuales, también se sobrescriben, tenemos copias de un mes de antigüedad. De modo que este archivo se borró hace más de un mes. En realidad, en la base de datos del instituto se conservan las copias de seis meses. Aún no he ordenado que la busquen allí, porque hasta ahora no tenía claro lo serio que es en realidad el asunto.
– Aún no me has dicho qué tengo yo que ver en todo esto. -Fue lo único que se le ocurrió decir a Gunnar. Ordenadores y redes informáticas no se contaban precisamente entre sus entretenimientos favoritos.
– Naturalmente he comprobado quiénes trabajaron con esta colección. Como sabes, todo está registrado y archivado. De acuerdo con los datos, la última persona que tuvo acceso a ella fue un estudiante de tu departamento. -El gesto de Maria se tornó más sombrío-. Harald Guntlieb.
Gunnar se llevó una mano a la frente y cerró los ojos. ¿Y ahora qué? ¿Nunca iba a acabar aquello? Respiró profundamente y se esforzó por hablar despacio y con calma, sin perder el control de la voz.
– Tiene que haber habido otros más que estudiaran la colección. ¿Cómo puedes estar tan segura de que fue Harald quien se llevó la carta y no cualquier otro antes que él? Aquí trabajan ahora quince personas a tiempo completo, además de varios visitantes y estudiantes que están investigando.