Laura refunfuñó por la conducta de los que utilizaban aquel sitio: la manija no era sino un ejemplo más del comportamiento de aquellos guarros. Pero ¿quién podía tener unas manos tan sucias? Fuese lo que fuese aquello, se quitaba como si nada, y Laura pasó la bayeta por otros sitios, simplemente por cubrir el expediente. Miró satisfecha el acero limpio: sintió como si acabara de obtener una pequeña victoria sobre Gunnar. Cuando estaba a punto de volver a meterse el paño en el bolsillo, vio con claridad la mancha que se había formado dentro. Era de color rojo oscuro. El color parduzco se había diluido en el paño. Aquello era sangre, no cabía duda alguna. ¿Pero cómo había llegado hasta la manija? Laura no recordaba haber visto sangre en el suelo; quien hubiera agarrado la manija tenía que haber sangrado en algún otro sitio. Pensó si aquello podría tener alguna relación con el asesinato, pero le pareció poco probable. Las ventanas se habían limpiado varias veces desde entonces.
Le apremió una idea. No recordaba haber limpiado aquellas ventanas ella misma, lo que quería decir que lo había hecho alguna otra persona. Intentó quitarse la idea de la cabeza: ¿no habían limpiado el ala este el día después del asesinato? Claro que sí, qué ocurrencias». Naturalmente que lo habían hecho: la policía, encima, había interrogado a una de las chicas más jóvenes, esa Gloria que hacía los turnos de fin de semana.
¿Pero qué estupidez estaba haciendo? No le faltaba más que intentar explicar aquella ocurrencia en islandés. Para eso no bastaba con decir «frío» y «caliente». Además podía verse en problemas con las autoridades, simplemente por haber quitado aquello de la manija, eliminando así las posibles huellas digitales del asesino. También podría meterse en líos si intentaba hacer una montaña de cualquier cosa que pudiese tener una explicación sencilla. Aquello era un completo absurdo. Recordaba perfectamente la que montó Gloria con el interrogatorio al que la sometieron; hasta soltó unas cuantas lágrimas al contarles lo dura que había sido la policía con ella. En aquel momento, Laura pensó que las lágrimas habían sido más bien de cocodrilo, pero ahora no estaba ya tan segura. Repasó el suelo con la vista en busca de sangre. Si la encontraba, el asunto estaría resuelto, porque ella en persona había fregado aquel local varias veces después de cometerse el asesinato. Así que habría tenido que tratarse de algo muy reciente, que tendría su explicación natural.
En el suelo no había nada de sangre, ni siquiera en las rendijas entre las tablas. Laura se mordió el labio inferior, pensativa. Se animó a sí misma. La policía ya había detenido al asesino. Aquello no tenía la menor importancia. Si la sangre tenía alguna relación con el asesinato, no sería sino una prueba más en contra del culpable. Laura respiró hondo. Pensó en los periódicos que le solían mostrar con grandes aspavientos al llegar de Filipinas; traían entrevistas con una persona, su hijo o su hija, así como fotos suyas, en las que contaban las cosas más increíbles, como si tuviesen una necesidad urgentísima de decirlas a los cuatro vientos. Laura no podía verse a sí misma con la manija de la ventana al lado de su mejilla, en la foto, en uno de esos periódicos. No, aquello no era más que una locura y una tontería por su parte: alguno de los estudiantes habría sangrado por la nariz, se mareó y quiso respirar un poco de aire fresco. Laura respiró tranquila durante un minuto, basta que recordó a sus propios hijos cuando sangraban por la nariz. Se iban enseguida al baño… no a abrir una ventana.
Da igual. No había nada que indicase que el asesino del estudiante alemán hubiera intentado abrir la ventana, sino simplemente que alguno que no tenía nada que ver con aquello se había hecho una herida y había decidido buscar aire fresco. Laura cogió el paño y decidió comprobar si había sangre entre las tablas del suelo: además, si en aquel lugar había habido una agresión, se podía pensar que, por mucho que limpiasen, algo habría tenido que quedar, sucede siempre. Quien no tiene costumbre de limpiar se daría cuenta demasiado tarde. Se santiguó y decidió que si no aparecía más sangre en el paño, aquello sería otra prueba de que no tenía que sacar las cosas de quicio. Claro que tenía intención de contárselo a la policía, aunque aquello significara incordiar al bueno de Tryggvi. Laura se arrodilló y fue avanzando junto a las paredes de la sala. Nada. El paño salía siempre limpio de debajo de las tablas, aparte de pelusas y otras suciedades corrientes. Se sintió mejor y se puso de pie. Menuda tontería… naturalmente que había alguna explicación natural para aquella sangre. Que se le hubiese podido pasar por la cabeza una cosa como aquélla tenía que ver, sin duda, con el shock que sufrió cuando descubrieron el cadáver… aquel cadáver ultrajado y horroroso. Volvió a santiguarse.