Cuando iba a salir de la habitación, los ojos se le quedaron fijos en el umbral. La rendija era allí mayor que entre las tablas del suelo, y Laura se inclinó para pasar el paño por ella. Se atascó en algo. Se agachó más para ver cuál era el obstáculo. Había algo brillante, de color plateado, y buscó algo con lo que sacarlo de allí debajo. Vio una regla sobre una de las mesas y la cogió. Luego intentó empujar aquella cosita y lo consiguió finalmente, tras varios intentos. La sacó y se puso en pie. Era una estrellita de acero, del tamaño de la uña del dedo meñique. Se la puso sobre la palma de la mano y la estudió. La estrella le resultaba familiar, pero no podía recordar exactamente. ¿Dónde la había visto antes? No disponía de mucho tiempo para eso, porque tenía que seguir limpiando ventanas si no quería que se le hiciese demasiado tarde. Se metió la estrella en el bolsillo, decidida a entregársela a Tryggvi. Quizá él sabría de dónde era. Aquello no debía de tener ninguna relación con el asesinato… como tampoco la sangre de la manija, que sin duda tenía una explicación natural. ¿O no? Su dedo se movió hacia la frente. Se persignó y apartó de su cabeza el recuerdo de aquel horror. Tomó la decisión de hablar de ello solamente con Gloria. La chica tendría que trabajar sin peligro los festivos, y Laura también. Además, bien podía ser que supiese más de lo que les había contado a ellos y a la policía.

Marta Mist estaba apoyada en la pared del pasillo, cabreada por lo que tardaba en acabar la limpiadora. No es que hubiese precisamente mucho que limpiar allí dentro: sacar unas cuantas latas, fregar algunas tazas y lavar manchones de líquidos. Miró el reloj de su móvil. Maldita sea… a aquel imbécil no se le había ocurrido nada mejor que tumbarse en el sofá. Marta Mist buscó en su teléfono el número de Bríet y llamó con rápidos movimientos de los dedos. Más le valía que lo cogiera; pocas cosas la sacaban tanto de quicio como imaginar que la persona a la que estaba llamando miraba la pantalla, veía que era ella quien llamaba y no contestaba. Su preocupación resultó injustificada.

– Hola -respondió Bríet. Marta Mist dejó a un lado las cortesías.

– No la encuentro -dijo enfadada-. ¿Estás segura de que la pusiste en el cajón?

– Shit, shit, shit -repitió Bríet con desaliento en la voz-. Estoy completamente segura de que la puse allí. Tú me viste hacerlo.

Marta Mist rio burlona.

– Olvídalo, ni siquiera sabía lo que veía.

– La puse allí. Lo sé -respondió Bríet recalcando las palabras. Suspiró profundamente-. ¿Qué voy a decirle a Dóri? Se pondrá como una furia.

– Nada. No le dices ni una mierda.

– Pero…

– Nada de peros. No está allí, ¿y ahora qué? ¿Qué vas a hacer?

– Bueno… No lo sé -respondió Bríet derrotada.

– Es mejor para ti que sea yo quien lo sepa -dijo Marta Mist al momento-. Acabo de hablar con Andri, y él está de acuerdo contigo: no decimos nada, porque no se puedo hacer nada. -Prefirió no decirle a Bríet que había necesitado veinte minutos para decirle a Andri que no se lo contase a Halldór. Añadió con voz más suave-: No te preocupes. Si esto tuviese alguna importancia, ya habría salido a la luz.

La puerta del despacho se abrió y salió la mujer de la limpieza. A juzgar por su rostro, algo grande estaba pasando en el mundo de las limpiadoras. La mueca de su boca indicaba que seguramente la habían hecho tragarse algo gordo. «Menudo lío», pensó Marta Mist apartándose de la pared.

– Bríet -dijo en el teléfono-. La que limpia acaba de salir. Voy a buscar mejor. Luego te llamo.

Colgó sin darle a Bríet oportunidad de despedirse. Un demonio, como siempre.

<p id="_Toc166678645">Capítulo 11</p>

Þora estaba sentada en el escritorio de Harald Guntlieb repasando el contenido de los cajones. Dejó de mirar las hojas y levantó la vista, se giró hacia atrás y dirigió la mirada hacia Matthew. Éste se encontraba hundido en una butaca de un rincón del estudio, haciendo lo mismo. Habían decidido empezar mirando las cosas que se había llevado la policía en el registro de la casa y que acababan de devolver. Eran tres grandes cajas de cartón llenas de toda clase de papeles, y después de una hora de lectura, Þóra había perdido de vista el sentido de aquella ocupación. Los documentos eran de lo más variopinto, la mayor parte estaban relacionados con los estudios de una forma u otra, aparte de los papeles de los bancos, extractos de tarjetas de crédito y cosas por el estilo. Como la mayor parte estaba en islandés, Matthew no podía sacar mucho de aquellos papeles y se dedicaba a separar cosas para que Þóra las estudiase más tarde.

– Y en realidad, ¿qué estamos buscando aquí? -preguntó ella de repente.

Matthew dejó sobre una mesita el montón de papeles que tenía en las manos y se restregó los fatigados ojos.

– En primer lugar, estamos buscando algo que pueda dirigirnos en alguna dirección, algo que se le pasara por alto a la policía. Algo que explique, por ejemplo, qué fue del dinero que Harald se hizo enviar a Islandia. También podríamos toparnos con…

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