– ¿Eso cree? Totalmente de acuerdo. Empecemos por tutearnos, si te parece. Eres una compañía mucho más entretenida que las que acostumbro a tener en mi trabajo. Los innumerables hombres y las pocas mujeres con las que suelo tratar son tan estirados que si haces una broma se descomponen.

Ahora le llegó a Þóra el turno de sonreír.

– Eres mejor que Bella, eso te lo aseguro. -Calló por un instante-. Dime una cosa. En la carpeta había un recorte de un periódico alemán que trataba de la muerte de un joven mientras practicaba el sexo con asfixia. ¿Por qué lo incluíste?

– Ahhh -Matthew alargó la palabra-. Esa mierda. El que se menciona en el artículo era buen amigo de Harald. Se conocieron en la Universidad de Munich y sin duda eran almas gemelas y andaban juntos en las imbecilidades con las que se entretenían. No sé cuál de los dos comenzó con esas extrañas prácticas, pero Harald juraba que era su amigo quien había empezado. Harald estaba presente cuando murió aquel joven, y se vio envuelto en largos interrogatorios y en habladurías de lo más molestas. Aunque sea una vergüenza decirlo, creo que logró librarse de las consecuencias a base de dinero… quizá te diste cuenta del gran desembolso que hay en esa época que señalé de modo especial. -Þóra asintió-. Lo incluí porque Harald murió estrangulado. Aquello podía ser de importancia para el caso. Quién sabe… a lo mejor murió de la misma forma que su amigo, aunque es más bien dudoso.

Dejaron el coche en el aparcamiento delante de la verja de la prisión de Litla-Hraun y se dirigieron al ala destinada a las visitas. El guardia les indicó que pasaran a una pequeña sala de espera en el segundo piso.

– Pensamos que podrían verse aquí; estarán muy bien, mucho mejor que en la sala de interrogatorios -les dijo-. Hugi es tranquilo y no tendría por qué causarles ningún problema.

– Muchas gracias, está muy bien -respondió Þóra mientras entraba. Se instaló en el sofá de cuero marrón y Matthew se sentó a su lado. Ella se extrañó de que se sentase allí, habiendo como había sillas de sobra.

Matthew la miró.

– Si Hugi se sienta ahí, delante de nosotros, lo mejor es que nos sentemos así. Quiero verle la cara. -Enarcó las cejas dos veces seguidas-. Y además se está estupendamente sentado aquí, tan cerquita de ti.

Þóra no llegó a responder, porque la puerta volvió a abrirse y apareció Hugi Þórisson acompañado de un funcionario. Este sujetaba por los hombros al joven, que iba totalmente encorvado, y lo hizo traspasar el umbral. Estaba esposado, pero Þóra indicó que sin duda alguna aquella precaución era totalmente innecesaria. El funcionario le dijo algo al joven y éste levantó la vista por primera vez. Se apartó de los ojos el pelo largo y Þóra vio que era muy guapo, con un aspecto completamente distinto al que había imaginado. Le parecía increíble que tuviese veinticinco años: diecisiete parecía más cercano a la realidad. Tenía cejas oscuras y grandes ojos, pero lo más llamativo de su rostro eran los pómulos prominentes, probablemente a causa de su extrema delgadez. Si había sido él quien asesinó a Harald, habría tenido que emplear todas sus fuerzas, pensó Þóra. A primera vista al menos, no parecía capaz de arrastrar un cadáver de ochenta y cinco kilos una distancia larga.

– ¿Te vas a portar bien, eh, amigo? -le preguntó amistosamente el vigilante. Hugi asintió con la cabeza y el vigilante lo atrajo hacia sí y le quitó las esposas. Volvió a poner las manos sobre los hombros del preso y lo condujo hacia la silla que había enfrente de Þóra y Matthew. El muchacho se sentó allí, aunque, más exactamente, se dejó caer en la silla. Evitó mirar a los ojos a sus visitantes, bajó la cabeza y fijó su atención en un punto del suelo al lado de la silla en la que estaba sentado, o más bien derrumbado.

– Estamos ahí, en la habitación de al lado, por si nos necesitan. No debería intentar nada raro. -El vigilante dirigió sus palabras a Þóra.

– Estupendo -respondió ella-. Sólo lo retendremos el tiempo necesario. -Miró su reloj-. Tenemos que acabar antes del mediodía.

El funcionario los dejó solos y después de cerrar la puerta no se oyó nada, excepto la respiración de los tres y el susurro que se produjo cuando Hugi se puso a golpearse rítmicamente las rodillas de los pantalones militares que llevaba puestos. El chico seguía sin mirarles.

Obviamente, los presos podían vestirse con su propia ropa, no como en las cárceles americanas, que Þóra conocía de la televisión y el cine, donde aparecían ataviados con unos monos que debían de estar hechos de cáscara de naranja. El chico seguía sin mirarles.

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