– Ay, Dóri. -Se inclinó sobre la mesa y le cogió por la barbilla, obligándole a mirarla a los ojos-. ¿No somos amigos? -Él asintió, mohíno-. Pues escúchame. No vas a ayudar a Hugi involucrándote tú en el asunto. -Él la miró decidido y ella continuó con tranquilidad-. Piénsalo. Por mucho que te atormentes no vas a cambiar su situación así. Lo único que conseguiríamos es vernos metidos hasta el cuello. Eso sucedió mucho después de que lo mataran. A la poli no le interesa. A ellos les interesa el momento de la muerte. Nada más. -Le sonrió-. El entierro tendrá que ser pronto, y entonces quedarás libre de todo. -Dóri apartó la mirada y ella tuvo que levantarle la cabeza a la fuerza para que la mirase antes de continuar-. Yo no le maté, Dóri. Y no estoy dispuesta a sacrificarme en el altar de esos remordimientos tuyos. Eso de ir a la policía es la peor idea que has tenido jamás. En cuanto digas las palabras «droga» y «alcohol», estaremos con la mierda hasta el cuello. ¿Entiendes?
Dóri la miró fijamente y asintió con la cabeza.
– Pero quizá… -No tuvo ocasión de acabar la frase. Marta Mist le dijo que se callara.
– Nada de quizá. Ahora escúchame tú a mí. Eres un chico listo, Dóri. ¿Crees que la Facultad de Medicina te seguiría abriendo las puertas si se supiera que tomas drogas, por no hablar de otras cosas? -Sacudió la cabeza, apartó la mirada de Dóri y la dirigió a Bríet, que observaba absorta lo que pasaba, lista a mostrarse de acuerdo con quien dijese la última palabra, como de costumbre. Marta Mist se volvió para mirar a Dóri y dijo tan tranquila-: No te comportes como un niño pequeño. Como digo yo, lo único que le interesa a la bofia es quién mató a Harald. Nada más. -Hizo mucho énfasis en estas últimas palabras, y las repitió para mayor seguridad-: Nada más.
Dóri estaba como hipnotizado. Miró fijamente a los ojos verdes que le observaban sin parpadear desde debajo de unas cejas atravesadas por un aro. Movió la cabeza levemente, en señal de asentimiento: las manos de Marta Mist seguían sujetándole la barbilla e hicieron fuerza para obligarle a hacerlo. Por eso precisamente había dicho que iba a ir a la policía: sabía que ella siempre conseguía imponerle sus ideas. Apartó de su mente aquel pensamiento.
– Vale, vale.
– Ah, estupendo -murmuró Bríet enviándole una sonrisa a Dóri. Ya se sentía mucho mejor y le dio un pellizco de alegría a Marta en el brazo. Nada indicó que Marta Mist lo notase: su atención siguió centrada en Dóri, y su mano continuó en la barbilla del joven.
– ¿Qué hora es? -preguntó ella sin soltarle.
Bríet se apresuró a pescar el móvil rosa de un bolso que colgaba del respaldo de su silla. Desconectó el bloqueo y anunció:
– Va a ser la una y media.
– ¿Qué vas a hacer esta tarde? -preguntó Marta a Dóri.
– Nada -fue la breve respuesta.
– Vente a casa… yo tampoco tengo plan -respondió Marta-. Hace mucho que no pasamos un rato juntos, y sé que te gusta estar
Bríet se rebulló incómoda en la silla.
– ¿Y si nos vamos al cine? -Miró esperanzada a Marta, que no devolvió la mirada. Bríet notó que algo le pisaba con fuerza el empeine, y cuando miró hacia abajo vio que la bota de cuero de Marta ocultaba por completo su precioso zapato. Se sonrojó, comprendió que aquella tarde no se deseaba su presencia.
– ¿Quieres ir al cine? -preguntó Marta a Dóri-. ¿O prefieres pasarte un rato tranquilamente por mi casa? -Ladeó la cabeza.
Dóri asintió.
Marta sonrió:
– ¿Cuál de las dos cosas? Aún no me has contestado.
– A tu casa. -La voz de Dóri sonó ronca y pesada. Ninguno de los tres ignoraba de qué iba aquello.
– Me alegro. -Marta soltó la barbilla de Dóri y dio una palmada. Hizo una señal al camarero, que pasaba cerca, y pidió la cuenta. Dóri y Bríet no dijeron nada. Le acababan de hacer un feo bastante considerable. Tampoco Dóri tenía nada que añadir. Sacó del bolsillo un billete de mil, lo dejó sobre la mesa y se puso en pie.
– Se me ha hecho demasiado tarde. Nos vemos. -Salió, y las dos chicas se volvieron para verle irse.
Cuando se hubo ido, Marta se dio la vuelta y dijo:
– Vaya culo de mal asiento que es el chico. Tendría que dejarnos en paz más a menudo. -Miró a su amiga, que la observaba herida-. Por todos los dioses. No vayas a ponerte de morros ahora. Dóri tiene los nervios a flor de piel estos días, y eso es de lo más peligroso. -Le dio un cachetito a Bríet en la parte superior del brazo-. Está colado por ti y esto no va a cambiarlo.
Bríet esbozó una débil sonrisa.
– No, quizá no. Pero me pareció que estaba de lo más contento contigo.
– Cariño. Eso no tiene nada que ver con andar colado con alguien. Eres tú la que encandila a los tíos. Yo… bah… yo soy buena en la cama. -Se puso de pie y lanzó a Bríet una mirada gélida-. ¿Sabes una cosa? -No hubo respuesta-. Yo gozo del instante. Tú también podrías intentarlo. Deja de querer salvarte tú sola: goza de la vida.