Þóra intentó parecer inmutable. Aquello de la sangre en la ropa de Hugi la había cogido completamente por sorpresa. No había encontrado referencia alguna a tal cosa en los informes de la policía ni en los otros documentos del caso a los que había tenido acceso. Se apresuró a tomar la palabra, para que el policía no percibiera su desasosiego.
– ¿No es para preocuparse que no haya consentido en confesar el crimen?
El policía la miró con franqueza.
– No, en absoluto. ¿Sabe por qué? -Continuó en cuanto ella dio muestras de que no iba a contestarle-. No recuerda nada. Se emperra en ello con la esperanza de no haberlo hecho. ¿Por qué iba a confesar un delito del que no guarda recuerdo alguno por mucho que intente recordar? Sólo pregunto.
– ¿Cómo explican el traslado del cadáver a la universidad? -preguntó Matthew-. El camello este no creo que tuviera acceso a las dependencias. Era día festivo y probablemente todo estaría cerrado.
– Robó las llaves de Harald. Muy sencillo. Encontramos un llavero en el cuerpo… en él estaba, entre otras, la llave, o, más exactamente, la llave de seguridad, porque tienen alarma antirrobos. Viendo el sistema fue fácil comprobar que la llave se había utilizado para entrar muy poco después del crimen.
Matthew carraspeó.
– ¿Qué quiere decir con «muy poco después del crimen»? ¿No podría haber sido «muy poco antes del crimen»? Las cronologías no son tan exactas en casos como éste.
– Claro que no, pero eso no cambia las cosas -respondió el policía, más seco que antes.
Matthew continuó… no estaba dispuesto a dejarlo en paz tan fácilmente.
– Supongamos que Hugi robó la llave y transportó el cadáver desde su casa, que en realidad está bastante cerca, hasta el edificio de la universidad. ¿Cómo creen que realizó el traslado? El cuerpo de un hombre adulto no es algo que se pueda meter en el bolsillo… ni llevarse en taxi.
El policía sonrió.
– Transportó el cadáver en su bicicleta. La encontramos delante del edificio de Árnagarður y, por si fuera poco, en ella apareció ADN de Harald. Se encontró sangre suya en el manillar. Afortunadamente la habían dejado apoyada sobre un costado y bajo una cornisa, de modo que no se cubrió de nieve.
Matthew no dijo nada, así que fue Þóra quien habló.
– ¿Cómo saben que la bicicleta era de Hugi? -Se apresuró a añadir-: Y si lo era, ¿cómo se sabe que la dejó allí la noche de autos?
El policía sonrió todavía más satisfecho que antes.
– Apoyó la bicicleta sobre el depósito de los cubos de basura, y allí seguía, apoyada en la puerta. La basura se vacía el viernes, y los trabajadores del servicio de recogida de basuras del distrito están todos de acuerdo en que cuando pasaron por allí no había bicicleta alguna. El mismo Hugi reconoció la bicicleta y admitió que había estado sin tocar en el almacén de bicicletas del edificio de apartamentos en el que vive todo el sábado… en ello coincide una señora de la casa, que señala que la bicicleta estaba en su sitio cuando fue al trastero con su hijo pequeño a buscar el carrito a la hora de la cena.
– ¿Y cómo demonios puede recordar un testigo qué bicicleta estaba en su sitio y cuál no? Porque yo he vivido en un edificio de pisos y difícilmente habría podido decir nada sobre el cuarto de las bicicletas, aunque entré allí muchas veces -dijo Þóra.
– La bicicleta llamaba la atención, y Hugi la utilizaba mucho. Invierno, verano, primavera y otoño. Carecía de toda formación profesional, así que no tenía mucho donde elegir. No era tampoco excesivamente cuidadoso al dejarla en el almacén: el día de autos la había colocado encima del carro de la señora. Ella la recuerda bien, pues tuvo que levantarla para recuperar el carrito.
Matthew carraspeó.
– Si Hugi robó la llave y ésta era la del sistema antirrobo, entonces imagino que también se apoderó del código, o número de acceso. ¿Cómo lo consiguió?
– Se trata precisamente de una de las dudas que teníamos al principio, pero que conseguimos resolver -respondió el agente-. En los interrogatorios a los amigos de Harald, se averiguó que al parecer les había comunicado esos datos a todos.
Þóra le miró escéptica.
– ¿Y quién puede creer tal cosa? ¿Por qué demonios iba a hacer algo semejante?
– Tengo entendido que había pensado un número rebuscadísimo. Y es que eligió el 0666, número que para él parecía poseer especial poder demoniaco.
– En realidad era cosa de magia, no tiene nada que ver con el demonio -puntualizó Matthew. Enseguida cambió de tema, para evitar una larga discusión sobre la naturaleza de la magia-. Hay una cosa que quizá podría usted decirnos. Encontramos la impresión de un mensaje electrónico de Harald, lo había enviado a un tal «Mal». ¿Averiguaron algo sobre este punto?
El policía le miró sin comprender.
– He de reconocer que no lo recuerdo. Repasamos una cantidad inmensa de documentos. Si lo desean, puedo revisar el asunto e informarles.