Þóra no sabía a qué venía aquello y se limitó a seguir en silencio las manipulaciones. Cuando él tuvo bien cerrada la funda, la depositó cuidadosamente en el asiento trasero. Luego se despojó del abrigo y lo colocó encima de la funda de modo que la carpeta quedará bien cubierta sin asomar por debajo.
– ¿No convendría mover el coche? -preguntó Þóra para romper el silencio. Él se levantó a medias del asiento y se asomó fuera para mirar la calle.
Agarró el volante con las dos manos y resopló.
– Perdona el arrebato. No me esperaba para nada ver aquí estos documentos, en una simple caja de cartón de la policía. -Llegó a la calle y siguieron.
– ¿Y qué son esas cosas, si me está permitido preguntar? -inquirió Þóra.
– Son unas cartas antiquísimas, pertenecientes a la colección del abuelo de Harald, algunas de sus piezas más valiosas. En realidad, no son ni siquiera tasables, y es absolutamente incomprensible que Harald se las trajera a Islandia. Estoy convencido de que la compañía aseguradora sigue convencida de que están en la caja fuerte del banco, como estaba estipulado. -Matthew colocó el espejo retrovisor para no perder de vista aquel valioso cargamento-. Las escribió un aristócrata de Innsbruck en el año 1485. Las misivas tratan de la campaña de Heinrich Kramer contra las brujas de la ciudad, antes de que las cazas de brujas estuvieran tan generalizadas como llegarían a estarlo más tarde.
– ¿Y quién era ese Heinrich Kramer? -Þóra tuvo la sensación de conocer aquel nombre, pero no podía recordar exactamente quién era.
– Uno de los autores del
Þóra recordó el compendio que encontró en la red.
– Sí, es cierto. -Y entonces añadió, intrigada-: ¿Estas cartas tratan de él?
– Sí-respondió M.uiliew-. Fue a Innsbruck. Ese individuo. Pero no venció. En realidad, se marchó… puso en marcha una investigación caracterizada por la violencia y por un uso desenfrenado de la tortura, y las sospechosas, unas cincuenta y siete mujeres, no obtuvieron los beneficios de la defensa legal, que nunca se concedía durante la instrucción, la llevasen los clérigos o las autoridades laicas. Kramer llegó hasta tal punto de rigurosidad cuando tenía que vérselas con las actividades sexuales de aquellas supuestas brujas, que el obispo se escandalizó y acabó expulsándole de la ciudad. Las mujeres que había tenido encarceladas fueron liberadas inmediatamente después, pero para entonces se hallaban ya en un estado incalificable, a causa de las constantes torturas. Las cartas hablan de su maltrato a la esposa del escritor de las cartas. Como es fácil imaginar, no es una lectura muy divertida.
– ¿Y a quién estaban dirigidas en realidad? -preguntó Þóra.
– Todas las cartas están dirigidas al obispo de Brixen, Georg II Gosler. El mismo obispo que acabó por expulsar de la ciudad a Kramer. Desconozco si las misivas tuvieron algún papel en ello.
– ¿Cómo se hizo con ellas el abuelo de Harald?
Matthew se encogió de hombros.
– En la Alemania de posguerra se puso en venta toda clase de cosas. La familia Guntlieb se las organizó de tal modo que el banco no sufrió pérdidas por la devaluación que trajo consigo la guerra y que arruinó a casi todo el mundo. No es un banco corriente: la gente normal no tiene cuentas en él, nunca las ha tenido. Por muchos motivos, hay que agradecer al abuelo de Harald que los principales socios no se quedaran en la ruina en aquellos años. Fue suficientemente despierto para darse cuenta del cariz que estaban tomando las cosas… y por eso pudo poner a salvo los fondos sin que se los arrebataran. Así se encontró en una magnífica situación para hacerse con diversas cosas cuando empezaron a cambiar las circunstancias.
– ¿Pero de quién eran las cartas para que pudiese venderlas? Las cartas del siglo XV no son cosas que la gente conserve durante tantísimos años para luego darles un puntapié en cuanto humean las ruinas a su alrededor.
Matthew se encogió de hombros.