Þóra fue recorriendo la lista y vio que muchas de las fotos podían ser un tanto incómodas para los que aparecían en ellas, pues habían sido tomadas en distintas actividades sexuales. Se sonrojó en nombre de los participantes cuando vio más de aquellas fotos circulando por la pantalla. No se atrevió a ampliarlas, aunque sentía unos enormes deseos de hacerlo, por miedo a que entrase Matthew y se dedicara a espiarla. Además se encontró con un montón de fotos de la operación de lengua: entre otras, la que Harald había elegido como fondo de pantalla. No se podía distinguir quiénes estaban presentes, pero se veían los troncos de varias personas, de modo que Þóra metió en su USB una copia de esas imágenes. Otras mostraban toda clase de instantáneas tomadas en fiestas en las que, al parecer, pasaba de todo; y entre medias había fotos de la naturaleza islandesa y de excursiones al interior. Algunas estaban muy oscuras y no dejaban ver mucho, aparte de unos farallones grises… Al ampliar una de ellas, Þóra tuvo la sensación de que se podía distinguir una cruz grabada en uno de ellos. Una tarjeta entera parecía tomada en una aldea que Þóra no reconoció, muchas de las fotos en un museo que parecía exponer unos manuscritos, así como un pedrusco grisáceo dentro de una gran vitrina de cristal. Una de aquellas fotos era de un cartel, que Þóra amplió para saber si se podía distinguir de qué museo se trataba, pero lo único que consiguió fue más confusión; solamente ponía: «Prohibido hacer fotos». Þóra dejó las imágenes por el momento, había llegado a algunas bastante antiguas que difícilmente podrían tener relación con el caso. Abrió el correo electrónico para ver qué contenía. En la carpeta de mensajes recibidos había siete sin abrir. Seguramente habrían llegado algunos más desde el asesinato de Harald, pero la policía debía de haberlos abierto.
Matthew entró y Þóra levantó la vista, dejando el correo electrónico. Él se sentó en su silla y le sonrió con despreocupación.
– ¿Bueno? -dijo ella en tono inquisitivo, esperando lo que tuviera que llegar.
–
– ¿Cuál? -Aunque Þóra conocía la respuesta.
– Lo que voy a decirte es total y absolutamente confidencial y nadie más puede saberlo. Antes de decírtelo, me tienes que dar tu palabra de que guardarás el secreto. ¿Entendido?
– ¿Cómo voy a saber si puedo guardarlo sin tener la menor idea de lo que se trata?
Matthew se encogió de hombros.
– Pues me tienes que dar tu palabra. Puedo decirte con total sinceridad que desearás poderlo contar… para que sepas que no pretendo tenderte ninguna trampa.
– ¿Y a quién voy a quererle contar eso? -preguntó Þóra-. Creo que es una cuestión importante.
– A la policía -respondió él sin vacilar.
– ¿Tú o la familia de Harald sabéis algo que podría alterar el resultado de la investigación del caso, y que habéis decidido mantener en secreto? ¿Lo he comprendido bien?
– Pues sí -respondió Matthew.
– Pues enseguida te digo -dijo Þóra. Reflexionó. Se daba cuenta de que había unas normas éticas que la obligaban a poner en conocimiento de la autoridad cualquier testimonio que pudiera afectar a un caso legal abierto. De modo que tenía que rechazar aquella condición e informar a la policía de que Matthew estaba ocultando pruebas u otros detalles relacionados con el caso de asesinato. Por otra parte, comprendía con meridiana claridad que si rechazaba las condiciones, su participación en la investigación del caso habría concluido. Eso no beneficiaría a nadie. De forma que si adoptaba una postura ética más laxa, bien podía llegar a la conclusión de que tenía que jurar que no abriría la boca, para luego intentar por todos los medios solucionar el misterio al que se enfrentaban, utilizando como arma aquellos valiosísimos datos nuevos. Todos contentos. Þóra rumió en silencio la conclusión de sus razonamientos. Una conclusión más que dudosa, pero que era la mejor en aquella situación… los principios éticos tenían que saber adaptarse a las circunstancias ambientales, ya que el fin justificaba los medios. Si no… pues entonces ya iba siendo hora de cambiarlos-. Muy bien -dijo por fin-. Te prometo que no le diré nada a nadie… ni siquiera a la policía… sea lo que sea lo que vayas a decirme.
Matthew sonrió, satisfecho, y ella se apresuró a añadir, antes de que él pudiera levantar el velo del misterio:
– Pero, a cambio, tú me tendrás que prometer que ese secreto tuyo demuestra la inocencia de Hugi, y que no podríamos demostrarla por ninguna otra vía… y que entregaremos a la autoridad la información necesaria antes de que se lleve el caso a juicio. -Matthew iba a abrir la boca, pero Þóra le interrumpió-: Y que la autoridad no podrá saber que yo he sido testigo de todo esto. Y…
Matthew la detuvo.