– Nada más, y… gracias. -Ahora era su turno de reflexionar. Miró fijamente a Þóra, sin parpadear siquiera-. De acuerdo. Tú no dices nada y yo informo a la policía sobre la carta si no conseguimos demostrar la Inocencia de Hugi con tiempo suficiente, antes de que se abra el juicio oral.
¿La carta? ¿Otra carta más? Þóra habría empezado a pensar que el caso no era más que una pura farsa, a no ser por las fotos de la autopsia, que aún conservaba bien frescas en la memoria.
– ¿A qué carta te refieres? -preguntó-. Cumpliré lo prometido.
– La carta que recibió la madre de Harald poco después del crimen -respondió Matthew-. Esa carta demostró a los padres que el detenido no podía ser el culpable, pues se había enviado después de que Hugi pasara a prisión provisional, con lo que no le resultaba posible ir a correos. Dudo que la policía le hubiese dado permiso para mandar aquella carta… sobre todo porque es de suponer que antes habrían comprobado su contenido.
– ¿Y cuál era ese contenido? -preguntó ella llena de impaciencia.
– Lo que decía no era excesivamente interesante… con la excepción de que el texto era bastante poco respetuoso con la madre de Harald. Pero la carta estaba escrita casi toda en islandés y con sangre… con sangre de Harald.
– ¡Vaya! -exclamó Þóra sin poderse contener. Intentó imaginar cuál sería la sensación de recibir una carta escrita con la sangre de tu propio hijo muerto, pero fue incapaz de evocar semejante emoción-. ¿De quién era la carta… se supo? ¿Y cómo sabéis que la sangre era de Harald?
– La carta estaba firmada con el nombre de Harald, pero el perito grafólogo estimó que no era su letra. Sin embargo, no pudo confirmarlo con total seguridad, pues la escritura era bastante burda y no ofrecía un buen punto de comparación con la caligrafía de Harald. La carta se envió a analizar, de todos modos, entre otras cosas para intentar comprobar si la sangre era suya. Resultó serlo… sin ningún género de dudas. Claro que se encontraron también restos de sangre de pájaro, que al parecer había sido mezclada con la de Harald, según indicó el laboratorio.
Þóra abrió los ojos de par en par. ¿Sangre de pájaro? Aquello le chocó aún más que la presencia de sangre humana.
– ¿Pero qué decía la carta? -preguntó-. ¿La tienes?
– No tengo el original, si te refieres a eso -respondió Matthew-. Su madre no quiso desprenderse de ella, ni siquiera permitió que se hiciera una copia. Habría sido capaz de matar a alguien por aquello. Era una carta bastante repugnante.
Þóra le miró consternada.
– ¿Y entonces? Necesito saber lo que decía. ¿Alguien os la tradujo?
– Sí. Era un poema de amor que empezaba de forma bastante hermosa pero enseguida se volvía de lo más desagradable. -Miró a Þóra y sonrió-. Seguramente te alegrará saber que conseguí copiarlo… pues fue precisamente a mí a quien le encargaron la traducción… con ayuda de un diccionario islandés-alemán. Seguramente no me darán ningún premio por la traducción, pero al menos pudimos entender lo que decía. -Mientras hablaba, Matthew sacó del bolsillo de la chaqueta una hoja de papel DinA4 plegada. Se la entregó a Þóra-. A lo mejor no supe escribir bien algunas letras… aún no las conocía todas, pero esto debería de estar próximo a la realidad.
Þóra leyó el poema en voz alta. ¿Cómo habrían podido escribir todo aquello con sangre? No podía ni imaginar la cantidad que habría sido necesaria para escribir todas aquellas letras. Matthew las había transcrito en mayúsculas… probablemente de acuerdo con el original. En la hoja ponía:
Yo te miro
Y tú depositas en mí
Cariño y amor
Con tu alma entera.
No estarás tranquila
Todo te será insoportable
Si no me amas.
Por eso ruego a Odín
Y a todos quienes
Los arcanos femeninos
Saben descifrar
Que en este mundo
Todo te sea insoportable
Que nada pueda mejorar
Si no me amas
Con toda tu alma.
Así ardas entera
Hasta los huesos
Y en tu carne
Sufras aún más.
Padecerás la desdicha
Si no me amas
Se congelarán tus pies,
No hallarás nunca paz
Ni consuelo.
Arde para siempre
Que se pudra tu cabello
Que se rajen tus ropas
A menos que con todas tus fuerzas
Ansies mi compañía
Þóra levantó la mirada, asombrada por lo que acababa de leer… el poema era extrañísimo. Miró a Matthew.
– Desgraciadamente no lo conozco. ¿Quién puede haber escrito una cosa así?
– Te juro que no lo sé -respondió Matthew-. Era aún más repugnante en el original, estaba escrito sobre una piel… una piel de cordero. Sólo un enfermo es capaz de hacerle algo así a la madre de un hombre muerto.
– ¿Por qué a la madre? ¿La carta no estaba dirigida también al padre?
– Había más, pero estaba en alemán. No lo anoté pero recuerdo más o menos el contenido.
– ¿Qué decía? -preguntó ella.
– Era un texto breve… algo de este estilo:
Þóra miró a Matthew.
– ¿Qué regalo? ¿Había algo más, aparte de la carta?