«¿Comprende que no pueda más? -dijo de pronto con una voz desesperada, cuyo dramatismo, un poco teatral, rebajó para añadir-: Usted es un hombre de mundo, usted entiende que esté desesperada.» No me miró al decirlo; en sus ojos seguían bailando las llamas del hogar. Hubiera preferido asentir con un gesto, o con cualquier ademán afirmativo, pero tuve que decir que sí, que la entendía. Tampoco entonces me miró. Bebió con calma el resto del vino, y con una furia súbita arrojó la copa a las llamas. Yo había aproximado mi sillón al suyo, aunque no tanto que pudiera detenerla, ni lo hubiera hecho aun teniéndola a mi lado. Muchas veces es necesario romper algo para no matar o matarse. Regina, repentinamente desalentada, pidió perdón, lo pidió con ese tono de voz que vale por un razonamiento largo, aunque siempre innecesario. Continuó sin mirarme, pero dijo: «Usted lo sabe todo de mí, ¿verdad?» «No, señora; no todo, aunque sí lo indispensable para abstenerme de juzgarla.» ¿Qué menos le podía decir? Pero ella habló como si no me hubiera oído: «Mi hija le habrá contado horrores, todos los de mi casa y los míos. No me diga que no: me lo confesó ella misma.» «No hay que tomar al pie de la letra la confesión de una muchacha que aún no sabe en qué mundo vive: lo que le dijo a usted, igual que lo que a mí me dijo, puede ser exagerado.» «Pero le descubrió que nos odiamos.» «¡Hay palabras que quieren decir tantas cosas!… Aparte de que nada está más cerca del amor que el odio, aunque ella no lo sepa todavía.» Entonces se volvió un instante, un solo instante, lo que tardó en decir: «Yo tampoco lo sé.» Y miró el fuego otra vez, en silencio, hasta que me pidió más vino. «No me lo sirva en copa fina, no vaya a darme otra vez la furia.» La copa en que se lo traje era igual a la que había roto. Me dio las gracias y la bebió. «Comprendo que haya momentos en que la gente necesite fumar.» «¿Quiere usted hacerlo?» «No, jamás llevé un cigarrillo a la boca, pero me gustaría estar acostumbrada para fumar ahora.» Sí, hubiera llenado el silencio que siguió echando al aire el humo como hacía su hija. Bocanadas largas de humo grisáceo, oloroso a esas mezclas con opio y miel que fuman los ingleses.

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