Debo decir que no me dejó perplejo, ni asustado, ni divertido ni estupefacto. Por alguna razón yo había esperado algo semejante, una de esas esperanzas que no se piensan, lo había esperado desde aquella tarde de lluvia oscura, cuando Regina se marchó; y por esa razón quedé tranquilo, y pude saborear mi vino, y marchar fumando bajo el orballo. Regina había mentido para mantener sobre su hija aquella superioridad que yo no había acertado a darle, y Paulinha, discretamente, le había destruido la mentira. Las cosas estaban en su lugar. Olvidé preguntar a Paulinha por el estado de ánimo de María de Fátima. Sí. Fue un olvido inexplicable, pero tampoco tuvo consecuencias. Regresé al pazo, traté con la miss de alguna bagatela, me metí en la biblioteca y no hice nada. Ni siquiera fantasear sobre las noticias traídas por Paulinha. Aquella tarde regresó mi maestro: había estado también en Lisboa, venía cargado de ideas y de ilusiones, de soluciones teóricas, y me contó que, indirectamente, don Amedio le insinuara, por fin, la posibilidad de una colaboración en la empresa de las vacas, en el caso de que yo estuviera de acuerdo. No le respondí ni que sí ni que no, pero él interpretó esta ambigüedad como que sí, y convino por teléfono con don Amedio un almuerzo de los tres para el día siguiente en uno de esos restoranes escondidos en recovecos de las montañas, o a la capa de un santuario, que sólo conocen los exquisitos. Nos vino a buscar don Amedio, con el puro matutino ya en la boca. Conducía él mismo. Lo primero que nos dijo fue que, al día siguiente, en el cine de pueblo, se proyectaba en sesión privada la película que habían hecho para la Asociación de Vinateros, unos cineastas de Lisboa, y que a él le habían encargado de invitarnos, como socios que éramos. Que no nos asustáramos, pues no pasaba de dos rollos; total, media hora, aunque larga, porque después de la proyección habría un piscolabis. El restorán estaba a la vera de un bosque, en el rellano de una ladera, entre magnolios. De conocerlo antes, hubiera llevado allí alguna vez a María de Fátima y, quién sabe, a lo mejor estaba a tiempo de hacerlo. Una casa antigua, la comida casera. Nunca había imaginado a don Amedio comilón, pero engulló, además de caldo verde, un bacalao y un cabrito de raciones generosas, y, de vino, él solo dos botellas, las cuales no le soltaron la lengua, pues habló menos que aquella mañana de la bodega a solas conmigo; habló menos, pero concreto. Describió una empresa fabulosa y se ofreció a poner en ella tres veces el capital de mi préstamo. A su concreción opuse vaguedad, indefinición, aunque dejando bien claro que la sociedad que formásemos sería a partes iguales, y que cada cual respondería del capital aportado, y si alguno de los dos participaba por alguna razón con una cantidad mayor, aumentaría sus derechos de propiedad sobre la empresa en la misma proporción y respondería con su capital privado, bien entendido que ninguna aportación extraordinaria podía considerarse como deuda contraída por el otro socio con la sociedad. Yo no sabía cómo se llamaba, en términos jurídicos, aquella clase de contrato, pero tenía idea de su existencia y de su legalidad. ¿Sociedad limitada? No lo recuerdo. Sé que era el modo de salvaguardar el pazo en el caso de que la empresa fracasara y de que él tuviera que hacerse cargo de una parte del pasivo. Tomó muchas notas, añadió cálculos. «La empresa, en su arranque, será raquítica.» «Bueno: yo la llamaría modesta.» El acuerdo fue que cada parte estudiaría la propuesta, y, o haría otra, o iríamos juntos al notario. Todo a la semana siguiente.
Cuando estuvimos solos, mi maestro me reconvino, amable, pero firmemente, por mi desconfianza o por mi torpeza. «Ni una cosa ni otra. Lo único que hago es garantizaros a ti y a tu mujer, que nunca os echarán de aquí. Yo no voy a hacerlo, ni de vivo ni de muerto, y no me gustaría que lo hiciese otro. Tampoco me gustaría quedarme sin el pazo. Éstas son las razones de mis reticencias.» Mi maestro lo comprendió, quiero decir, comprendió las razones de mi actitud, aunque no sus términos. «¿Quieres que te confíe mi desconfianza en don Amedio? Pues ésa es la única causa de lo que llamo reticencias. Tiene fama de tiburón. ¿Por qué vamos a dejar que nos muerda?» No quedó muy convencido mi maestro, pero aceptó mi postura.