No tardó en telefonearme don Simón Pereira. La cuestión de mi pasaporte estaba resuelta. El cómo, no lo sé. Me dijo que fuese a Oporto, provisto del documento caducado y de dos fotografías, y que me presentase a un funcionario cuyo nombre me dio. Hice el viaje, y un mediodía soleado me hallé de nuevo con mis papeles en regla, y, lo que es más raro, sin ganas de instalarme en Lisboa. No sé si sería la vista del paisaje del norte lo que me hacía sentir morriña súbita del escondite miñoto, aunque la morriña y el deseo se enmascarasen en un interés repentino por el negocio de las vacas. Volví, pues, a Lisboa, recogí mis bártulos, hice las visitas oportunas y regresé al pazo. Había tenido una larga conversación con el director del periódico, a quien prometí seguir escribiendo, quien me prometió enviarme regularmente diarios y revistas extranjeros, de los que precisaba para mi indispensable información. Mis artículos cambiaron pronto de tono: eran las reflexiones de un hombre que vive en paz, lejos del mundo, como un monje, ante las locuras de los hombres. Quizá influyesen también ciertas lecturas de textos moralizantes que fui haciendo por el portugués en que estaban escritas, de las que saqué la conclusión de que las locuras del mundo habían sido siempre el pan nuestro de cada día. Ensayé un estilo más irónico, muchas veces sarcástico, que el acostumbrado. Fui recibiendo también, regularmente, los textos necesarios para seguir al tanto de la literatura, al menos de la francesa y de la inglesa, y lo que de las otras, española incluida, podía averiguarse por los dominicales especializados: que poca cosa había, preocupado como estaba todo dios por la política. También me llegaba la prensa española del bando franquista: me causó mala impresión. Al patetismo dramático de la republicana, lo suplantaba una retórica pueril del peor gusto y del más inesperado arcaísmo. Comprendí, o pude conocer, quizá tarde ya, el fenómeno lingüístico engendrado por la guerra. ¡Hubiera hecho feliz, su estudio, a alguno de mis maestros de la Sorbona! En cuanto a las noticias, eran menos fidedignas que las de la prensa extranjera. De la batalla del Ebro me enteré por los diarios ingleses. Los nacionales hurtaban el desarrollo de las batallas y sólo daban cuenta de las victorias.
Las obras de la vaquería avanzaban con ritmo regular. Pronto tuvimos listo el primer pabellón, provisto de adelantos cuya complejidad y eficacia yo no hubiera nunca sospechado. Para mí, la operación de ordeñar las vacas había sido siempre una tarea individual y manual, a la que había asistido, de niño, muchas veces, y en la que había colaborado. Ahora se hacía mecánicamente. Lo divertido era que teníamos los aparatos, pero no las vacas. Fue necesario pensar en comprar la cantidad que pudiera albergar el pabellón concluido, por razones de las que mi maestro no necesitó mucho tiempo para convencerme: como que eran obvias. La adquisición de las primeras vacas nos obligó a un viaje rápido a Holanda; a un montón de operaciones bancarias, y a las no menos complejas y embarazosas del desembarco, la carga en vagones y el traslado por tren hasta Valença, desde donde el transporte se hizo por métodos elementales: en tropel y por malos caminos, ante el asombro de los aldeanos. Mi maestro se mareó tanto en el viaje de ida como en el de vuelta. Los pocos días que estuvimos en Holanda nos bastaron para ver de cerca, o, al menos, de enterarnos, de cómo un miedo incierto penetraba día a día en todos los corazones, hasta llenarlos, hasta hacerlos a veces estallar en injusticias. Como habíamos acordado que la mitad de las vacas compradas fueran holandesas y la otra mitad fueran suizas, nos dimos prisa en concluir el segundo pabellón, no fuera a interponerse la guerra en el negocio. Esta vez el viaje se hizo por tren, y los encargados fueron mi maestro y la