María de Fátima se me echó a los brazos. «¡No fui yo, tienes que creerme, no fui yo!», susurró a mi oído. Me llevó a la habitación donde su madre yacía. El médico del pueblo la examinaba, llevaba un buen rato examinándola. Era un hombre joven, de esos que nada más verlos se advierte que caminan por el mundo cargados de suficiencia, al menos, profesional. Me miró. «Un paro cardiaco, no puede ser otra cosa.» El cuerpo no presentaba señales de haber sido golpeado, ni herido, ni envenenado. Lo habían hallado recogido en sí mismo, en postura prenatal. Don Amedio no estaba presente. «¿Saben ustedes si padecía de ahogos o si se desvanecía?» «No, señor doctor, nunca.» La voz de Paulinha era categórica. «Pues es raro… Se trata indudablemente de un paro del corazón. ¿Fumaba?» «¡No, jamás!» «¡Pues sí es raro…!» No obstante extendió un certificado y advirtió que ya podían avisar a la funeraria. María de Fátima, fríamente, le preguntó por sus honorarios. «¡Deje ahora eso…!» Había recogido un chaquetón oscuro de encima de una silla, se lo puso, dio el pésame y se fue. María de Fátima, sentada, más bien caída, miraba al aire inexpresivamente. Paulinha se acercó a la ventana y esperó a que el rumor del coche que llevaba al médico se perdiese en la lluvia opaca. Después se me acercó y me tomó de la mano. «¡Venga. Mire lo que le voy a enseñar!» Del tocador de Regina tomó una caja redonda, una caja de coral, maravillosa de labra. La abrió. «Ella se echaba de estos polvos por la nariz cuando estaba triste, o cansada.» Cogí una pulgarada, lo olí, lo sorbí de un respiro: fue una sensación súbita y creciente de plenitud, de euforia. ¿Cocaína? Yo no entendía de drogas, pero, sin duda, algo de eso era. Se lo mostré a María de Fátima. «Esto ha sido. Cocaína, quizá.» «Ahora lo entiendo. Ahora entiendo muchas cosas.» Cogió de mis manos la caja, la vació en el lavabo, la limpió bien. «¿Dónde solía tenerla?» «Ahí mismo, señorita, a la izquierda del espejo.» La dejó allí. «Habrá que decírselo a tu padre.» «Tú verás…» Paulinha me llevó a un pequeño despacho donde don Amedio, en pijama y bata, se hundía en el silencio. La bata era de color granate, de tela gruesa, brocada, una bata de parvenu. «¿Me concede usted unos minutos?» «¿Trae alguna noticia?» «Creo que sí, señor. El médico ha certificado la defunción por paro cardiaco. ¿Sabía usted que su esposa tomaba cocaína?» «Cada cual es dueño de hacer de su vida lo que quiera.» «Abusó de la dosis, es lo más probable. Quizá haya disuelto el polvo en agua y lo haya bebido.» «¿Le van a hacer la autopsia?» «No lo creo…» Se levantó con esfuerzo. «Habrá que enterrarla en Brasil. Esto me obliga a un viaje inesperado y desagradable. Nuestros tratos quedan suspendidos.» «Me lo explico, señor.» ¿Había llorado alguien la muerte de Regina?
Vinieron el maestro y la miss. Vinieron otras personas. El velatorio empezó sin el cuerpo presente, como una tertulia triste. Entre Paulinha y otra criada la amortajaron. Caída la tarde llegó de Lisboa un camión con un doble ataúd, de zinc y de caoba. Cuando estuvo metida en él, se organizó la capilla ardiente. Un cura aldeano dijo una misa. Gentes de los alrededores llegaban, se arrodillaban, rezaban largos rosarios, besaban a María de Fátima, marchaban. Así hasta el mediodía siguiente, en que un furgón vino por el ataúd. Lo cargaron delante de la puerta, entre diez hombres forzudos. Había un medio corro de contempladores. Marchó. Don Amedio iba detrás, solo en su coche. En el de María de Fátima íbamos Paulinha y yo. Paulinha en el asiento trasero. Viajamos hasta bien entrada la noche, atravesamos un Portugal lluvioso y tristón. Paramos todos en el mismo hotel. Alguien arreglaba los trámites. El ataúd quedó encerrado en un cobertizo del muelle, había que esperar tres días a que llegase el barco. Durante ese tiempo apenas vi a don Amedio, no vi a María de Fátima ni a Paulinha. Estuve solo en el hotel, melancólico. No visité a los Pereira. El día de la partida ya me había vestido y me disponía a salir, cuando llamó Paulinha a la puerta de mi habitación. Estaba lista ya para el viaje. «¿El señor me da su permiso para entrar?» Cerró tras sí. «Quiero despedirme del señor a solas, porque tengo que decirle que me hubiera gustado quedar con él.» Me abrazó, me besó en la boca y se fue. Media hora más tarde me reuní con ella y con María de Fátima, las acompañé al muelle, las dejé instaladas en el mismo camarote. No apareció don Amedio. Cuando sonó la sirena, ninguna de ellas se asomaba a la borda. De todas suertes, esperé a que el barco se alejase.
CAPÍTULO CINCO
Largo interregno contado algo de prisaI