Arrugó el papel, desdeñando el recado, y lo tiró al cesto. Luego se quitó la gabardina, se cambió, se puso una camisa gruesa, unos pantalones que sólo este servicio tenían, un chaleco de punto, no es sólo por el frío que hace, es por el frío que siente, verdad es que Raimundo Silva tiene esto de ser friolero, tanto que sobre todo lo puesto se coloca la bata de cuadros escoceses, muy envuelto quedó, pero confortable, aparte de que no espera visitas. Durante el trayecto de la editorial hasta la casa consiguió no pensar, hay quien no lo logra, pero Raimundo Silva aprendió el arte de hacer fluctuar ideas vagas, como nubes que se mantienen separadas, y sabe incluso soplar a las que se acerquen demasiado, lo que es preciso es que no se junten unas a las otras creando una sola, o, lo que aún sería peor, si hay electricidad en la atmósfera mental, la consecuente tormenta de relámpagos y truenos. Por algunos momentos había dejado que el pensamiento se ocupara de la señora María, pero ahora el cerebro está otra vez vacío. Para mantenerlo así, abrió la puerta de la salita donde tenía la televisión y encendió el aparato. El aire, allí, estaba aún más frío. Sobre la ciudad, gracias al cielo limpio, todavía brillaba el sol, puesto ya sobre el lado del mar, cayendo, lanzando una luz suave, una caricia luminosa a la que al cabo de un momento responderían los cristales de la ladera, primero como antorchas vibrantes, palideciendo luego, reduciéndose a un pedacito de espejo trémulo, hasta apagarse todo y empezar el crepúsculo a tamizar su ceniza lenta entre las casas, ocultando los aleros, borrando los tejados, al tiempo que el ruido de la ciudad baja se debilita y retrocede ante el silencio que se derrama desde estas calles altas donde vive Raimundo Silva. La televisión no tiene sonido, es decir, se lo ha quitado Raimundo Silva, hay sólo imágenes luminosas que se mueven, en la pantalla y también sobre los muebles, las paredes y sobre el rostro de Raimundo Silva que mira sin ver y sin pensar. Hace casi una hora que están pasando los videoclips de Tottaly Live, los cantantes, si esta palabra tiene lugar aquí, y los bailarines se agitan, expresan todos los sentimientos y todas las sensaciones humanas, dudosas algunas, todo lo tienen en la cara, no se oye lo que dicen pero no importa, es increíble la movilidad que puede tener un rostro, son crispaciones, sesgos, distensiones, carátulas amenazadoras, un pequeño ser andrógino, postizo y obsceno, mujeres maduras con largas melenas, frescas muchachitas de muslos, nalgas y tetas generosas, otras delgadas como mimbres y diabólicamente eróticas, señores maduros que muestran algunas arrugas interesantes y seleccionadas, todo esto fabricado con luces relampagueantes, todo sofocado en silencio, como si Raimundo Silva hubiese puesto las manos sobre esas gargantas, asfixiándolas más allá de una cortina de agua, también ella silenciosa, es el triunfo universal de la sordera. Ahora aparece un hombre solo, debe de estar cantando, pese a que apenas se le mueven los labios, el dístico decía Leonard Cohen, y la imagen mira a Raimundo Silva insistentemente, los movimientos de la boca articulan una pregunta, Por qué no quieres oírme, hombre solitario, y seguramente añade, Óyeme ahora porque después será demasiado tarde, tras un video clip viene otro, no se repiten, esto no es un disco que puedas hacer girar mil y una veces, es posible que yo vuelva, pero no sé cuándo y tal vez tú ya no estés aquí en ese momento, aprovéchate, aprovéchate, aprovéchate. Raimundo Silva se inclinó hacia delante, abrió el sonido, el gesto de Leonard Cohen fue como de agradecimiento, ahora podía cantar, y cantó, dijo las cosas que dice quien ha vivido y se pregunta cuánto y para qué, quien amó y se pregunta a quién y por qué, y, habiendo hecho ya las preguntas todas, se encuentra sin respuesta, aunque sólo fuese una, es lo contrario de aquel que afirmó un día que las respuestas están todas ahí y que nosotros no tenemos más que aprender a hacer las preguntas. Cuando se calló Cohen, Raimundo Silva volvió a cortar el sonido, e inmediatamente apagó el aparato. La salita, interior, se convirtió de pronto en noche negra, y el corrector pudo llevarse las manos a los ojos sin que nadie lo viera.

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