Sentado ahora a la mesa de su despacho, con las pruebas del libro de poesía ante él, sigue tras el pensamiento, aunque tal vez fuese más exacto decir que lo antecede, pues, sabiendo nosotros cuán rápido es el pensamiento, si nos contentamos con ir detrás de él, en poco tiempo le perdemos el rastro, estamos aún inventando la passarola * y ella ya ha llegado a las estrellas. Raimundo Silva intenta, pensando y repensando, percibir por qué desde las primeras palabras no pudo reprimir la agresividad, No sabe qué es el deleátur, le molesta sobre todo el recuerdo del tono con que lanzó la pregunta, provocador, grosero incluso, y después el duelo final, de enemigos, como si se estuviera dirimiendo una cuestión personal, un rencor viejo, cuando se sabe que nunca antes se encontraron estos dos, y, si sí, ni se fijaron el uno en el otro, Quién será, pensó entonces Raimundo Silva, y al pensarlo aflojó, sin darse cuenta, la rienda con que venía guiando el pensamiento, eso fue suficiente para que él se le adelantara y empezara a pensar por cuenta propia, es una mujer aún joven, menos de cuarenta años, no tan alta como primero le pareció, el tono de la piel mate, el pelo suelto, castaño, los ojos del mismo color, un poco menos oscuros, y la boca pequeña y llena, la boca pequeña y llena, la boca pequeña, la boca llena, llena. Raimundo Silva está mirando el estante que tiene enfrente, se encuentran allí reunidos todos los libros que revisó a lo largo de una vida de trabajo, no los ha contado pero forman una biblioteca, títulos, nombres, él es la novela, él es la poesía, él es el teatro, él son los oportunismos políticos y biográficos, él son las memorias, títulos, nombres, nombres, títulos, unos célebres hasta los días de hoy, otros que tuvieron su momento y para ellos se paró el reloj, algunos aún suspendidos del destino, Pero el destino que tenemos es el destino que somos, murmuró el corrector, respondiendo a lo que antes había pensado, Somos el destino que tenemos. De repente, sintió calor, pese a no tener enchufada la estufa eléctrica, se desató el cinturón de la bata, se levantó de la silla, estos movimientos parecían tener un objetivo y pese a todo, no puede haber otra explicación, apenas eran expresión de un inesperado bienestar, un vigor casi cómico, una tranquilidad de dios sin remordimientos. La casa se volvió de súbito pequeña, hasta la propia ventana abierta hacia las tres amplitudes, la de la ciudad, la del río, la del cielo, le pareció como un postigo ciego, y es verdad que no había niebla, e incluso la frialdad de la noche era temperante frescor. No fue en este momento, sino antes, cuando Raimundo Silva pensó, Cómo se llamará, a veces ocurre, tenemos un pensamiento pero no queremos reconocerlo, darle confianza, lo aislamos con pensamientos laterales como este de haber recordado al fin que ni una sola vez se había mencionado el nombre de la mujer, Esta señora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad, y, o por improbable falta de educación, o por efecto del nerviosismo propio y general, no hizo la presentación, Raimundo Silva, doña Fulana de Tal. Con estas reflexiones había ido atrasando Raimundo Silva la pregunta directa, Cómo se llamará, y ahora que la hizo no es capaz de pensar en otra cosa, como si, al cabo de todas estas horas, hubiera llegado finalmente a su destino, palabra que es utilizada aquí en el sentido vulgar, de final de viaje, sin derivaciones ontológicas o existenciales, sólo aquel decir de viajeros, He llegado, creyendo saber todo lo que les espera.

Ahora no se espere ni se exija explicación para lo que Raimundo Silva hizo. Volvió al despacho, abrió sobre la mesa el Vocabulario de José Pedro Machado, se sentó y, lentamente, empezó a recorrer desde la letra A las columnas de la sección onomástica, el primer nombre es el antropónimo Aala, pero fue omitido el género, masculino, femenino, no se sabe, éste fue un caso de revisión desatenta, o será nombre común de los dos, de todos modos una responsable de correctores no puede llamarse Aala. Raimundo Silva se quedó dormido en la letra M, con el dedo sobre el nombre de María, sin duda de mujer, pero asistenta, como sabemos, lo que no excluye la hipótesis de una coincidencia en un mundo donde tan fáciles son.

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