Le preguntó a Ethel qué le pasaba. El tántalo resultó ser un recipiente de plata con decantadores de brandy y whisky. Era engañoso, porque estaba provisto de un mecanismo de cierre para impedir que los sirvientes pudiesen beber a escondidas, le explicó. Ethel se lo agradeció enormemente, con emoción. Esa sería la primera de las muchas atenciones que Maud tuvo para con ella y, con el tiempo, Ethel llegó a encariñarse tanto con aquella muchacha algo mayor, que lo cierto es que sentía por ella verdadera adoración.

Ethel subió a la habitación de Maud, llamó a la puerta y entró. La Suite Gardenia estaba decorada con papel pintado de flores de intrincado diseño, pero que ya había pasado de moda con el cambio de siglo. Sin embargo, desde el balcón mirador se veía la parte más bonita del jardín de Fitz, el paseo del ala oeste, un largo sendero recto que atravesaba los macizos de flores hasta llegar a un pabellón de verano.

Ethel comprobó contrariada que Maud se estaba calzando las botas.

– Voy a salir a dar un paseo, y tienes que hacerme de carabina – dijo -. Ayúdame con el sombrero y cuéntame todos los chismes, anda.

Ethel no tenía tiempo para aquellas cosas, pero lo cierto es que estaba intrigada, además de molesta. ¿Con quién iba Maud a dar un paseo, dónde estaba tía Herm, su carabina habitual, y por qué se estaba poniendo un sombrero tan elegante solo para dar una vuelta por el jardín? ¿Era posible que todo aquello tuviese algo que ver con algún hombre?

Mientras colocaba los alfileres para sujetar el sombrero en el pelo oscuro de Maud, Ethel dijo:

– Esta mañana se ha armado un verdadero escándalo abajo. – A Maud le encantaba oír chismes del mismo modo que al rey le encantaba coleccionar sellos -. Morrison no se ha ido a dormir hasta las cuatro de la madrugada; es uno de los lacayos… el alto con el bigote rubio.

– Sé quién es Morrison. Y sé con quién ha pasado la noche. – Maud se calló, vacilante.

Ethel aguardó un momento y luego preguntó: – ¿Y no me lo vas a decir?

– Es que te vas a escandalizar.

Ethel sonrió.

– Pues razón de más.

– Pasó la noche con Robert von Ulrich. – Maud miró a Ethel en el reflejo del espejo del tocador -. ¿Te has quedado horrorizada?

Ethel estaba fascinada con aquella revelación.

– ¡Caramba! Nunca lo habría… Sabía que Morrison no parecía demasiado interesado en las mujeres, pero no creía que fuese uno de… «esos», no sé si me entiendes…

– Pues verás, Robert sí es uno de «esos», desde luego, y lo pillé lanzándole miraditas a Morrison varias veces durante la cena.

– ¡Y delante del rey, además! ¿Cómo sabes lo de Robert?

– Walter me lo dijo.

– ¡Pero qué clase de caballero le cuenta una cosa así a una dama! Desde luego, la gente lo cuenta todo… ¿Qué chismes circulan por Londres?

– El señor Lloyd George es la comidilla de todo el mundo.

David Lloyd George era el canciller del Exchequer, y estaba a cargo de las finanzas del país. De origen galés, era un brillante orador de izquierdas. El padre de Ethel decía que Lloyd George debería haberse afiliado al Partido Laborista. Durante la huelga minera de 1912, había llegado a hablar incluso de nacionalizar las minas.

– ¿Y qué dicen de él? – preguntó Ethel.

– Que tiene una amante.

– ¡No! – Esta vez Ethel estaba verdaderamente escandalizada -. ¡Pero si es baptista!

Maud se echó a reír.

– ¿Y sería menos escandaloso si fuera anglicano?

– ¡Sí…! – Ethel se contuvo a tiempo para no añadir «por supuesto» -. ¿Y quién es ella?

– Frances Stevenson. Entró a trabajar como institutriz de su hija, pero es una mujer muy lista, tiene una titulación en lenguas clásicas, y ahora es su secretaria personal.

– Eso es terrible.

– Él la llama «Conejito».

Ethel estuvo a punto de ruborizarse. No sabía qué decir ante aquello. Maud se levantó y Ethel la ayudó a ponerse el abrigo.

– ¿Y su mujer, Margaret? – quiso saber la doncella.

– Vive aquí, en Gales, con los cuatro hijos de ambos.

– Tenían cinco, pero uno se les murió. Pobre mujer.

Maud estaba lista. Recorrieron el pasillo y bajaron por la majestuosa escalera central. Walter von Ulrich las aguardaba en el vestíbulo, arropado por un abrigo largo y oscuro. Lucía un bigote corto y tenía unos vivarachos ojos azules. Mostraba un aspecto arrebatador con aquella vestimenta abotonada hasta arriba, al más puro estilo alemán; era la clase de hombre capaz de hacer una reverencia, dar un taconazo y luego guiñarte un ojo, pensó Ethel. De modo que era por eso por lo que Maud no quería que lady Hermia fuese su carabina…

– Williams vino a trabajar a la casa cuando yo era una niña, y somos amigas desde entonces.

A Ethel le gustaba Maud, pero decir que eran amigas era ir demasiado lejos. Maud era amable y Ethel sentía por ella una gran admiración, pero seguían siendo ama y criada. En realidad, lo que Maud estaba diciendo es que se podía confiar en Ethel.

Walter se dirigió a la doncella con la educada deferencia que empleaban las personas de su clase al tratar con los estamentos inferiores.

– Encantado de conocerla, Williams. ¿Cómo está usted?

– Gracias señor. Iré por mi abrigo.

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